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Sombras Innistrad: Una Mirada Vacua y Despiadada

Innistrad ha entrado en una nueva era de paz y prosperidad. Avacyn, un poderoso ángel que personifica la esperanza y la protección para todos los humanos, ha regresado de su prisión y ayudado a los humanos a combatir los horrores que acechan en Innistrad. Los vampiros están en retirada y la maldición de la licantropía ha sido paliada por la Callamaldición, un edicto mágico de Avacyn que dio a los licántropos a elegir entre dos alternativas: convertirse en licanos, los sirvientes lupinos de Avacyn, o, en casos más raros, curarse por completo.
Las gentes de Innistrad prosperan bajo la mirada benévola y solidaria de Avacyn, trabajando en pos de un nuevo amanecer permanente para los humanos...


Las oraciones de diez mil almas calaron en Avacyn como una llovizna, un susurro suplicante y pleno de esperanza y miedo. Avacyn, vela por mis hijos; Avacyn, haz que mis cosechas crezcan fuertes; Avacyn, alivia mi dolor; Avacyn, concédele una muerte tranquila; Avacyn...

Planeó en el aire frío y liviano, tan liviano que sus alas no habrían bastado para mantenerla en vuelo sin la ayuda de otro poder. Se encontraba en uno de sus retiros preferidos, un valle inhóspito en las cumbres meridionales de Stensia. El frío era asolador a aquella altitud. Una gruesa capa de escarcha cubría todas las superficies, impidiendo la presencia de vida. Avacyn no sentía el frío. Apreciaba la soledad, la pureza de aquel lugar desprovisto de compañía salvo el crujido del hielo, el silbido del viento y el murmullo de las oraciones.
Las oraciones siempre estaban presentes, insistiendo constantemente en el fondo de su consciencia. Habían aparecido apenas instantes después de despertar. Al principio eran pocas. Pequeñas, vacilantes, tentativas. Con el tiempo, las oraciones medraron en número y se tornaron más directas, más suplicantes. Protégenos, sálvanos, ayúdanos.
¡Ayúdame! Un ruego desesperado sobresalió entre los murmullos normales. Era la voz de una mujer, una mujer que sufría. ¡Avacyn, por favor! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Por favor, Avacyn mía! Avacyn se concentró en la oración, en la mujer que se la enviaba, y vio una imagen de la humana vagando y sollozando en medio de una extensa pradera. Avacyn se elevó sobre las cumbres y descendió en picado hacia el sur, rumbo a Gavony. Aunque oía miles de plegarias por todo el mundo, rara vez tenía tiempo de prestarles atención individualmente.
Desde el comienzo de su existencia, Avacyn se había regido por una palabra: PROTEGER. Incluso ahora, pensar en ella evocó la cascada de imágenes que habían acompañado sus primeros momentos de existencia. El destello de un mundo cubierto de otoño y sangre, y los numerosos depredadores que se disponían a desolarlo. El vampiro y el licántropo. El demonio y el zombie. El geist y el diablo. Todos ellos quedaron grabados en la mente de Avacyn, en su mismísima identidad, como una amenaza que debía combatir y perseguir. Y luego estaban las imágenes de los mortales en todas sus formas y tamaños, cuya humanidad se definía por su fragilidad y su devoción. PROTEGER. Con el tiempo, su comprensión de aquella palabra aumentó, cobró nuevos matices. PROTEGERLOS. Aquel concepto era la esencia de Avacyn.

A lo largo de los años, el propósito de su existencia se había desarrollado con una belleza cristalina. Su tarea no era enfrentarse a todos los monstruos ni detener todos los males. Eso resultaría imposible. En vez de ello, lideraba e inspiraba a los humanos, fortalecía la fe de sus incontables seguidores; a su vez, dicha fe potenciaba las guardas y los amuletos que la humanidad utilizaba como medio para protegerse del mal. Había ocasiones en las que Avacyn luchaba, cuando un mal intratable o poderoso requería su intervención personal. Mas siempre había demasiados conflictos, demasiadas oraciones como para que Avacyn pudiera responder a todo el mundo.
No obstante, en ocasiones había súplicas que llegaban hasta ella, oraciones imbuidas de tal fe o desesperación que Avacyn sentía la obligación de ayudar. Al principio de su existencia no había sido muy consciente de aquella obligación; tan solo sabía que debía resolver en persona ciertas situaciones. Sin embargo, con el paso de los siglos había adquirido más control sobre cuándo y dónde involucrarse. Avacyn sintió la fuerza de la oración de aquella madre, el pánico que se había convertido en un crescendo de necesidad. El temor de aquella madre por su hijo era puro y sincero, y dicha pureza se ganó la intervención directa de Avacyn.
Sobrevoló a toda velocidad los valles de Stensia, describiendo una trayectoria infalible hacia su suplicante; la fuerza de su oración era como un faro en la mente de Avacyn. El manto de nieve que cubría las montañas dio paso a los árboles; la tiranía del sinfín blanco se convirtió en una amalgama de verdes, marrones y naranjas que anunciaban la llegada de la luna de cosecha. Avacyn no era propensa a reflexionar, pero no pudo evitar sentir satisfacción por todo lo que se había conseguido desde que salió del Helvault. Los licántropos habían desaparecido, algunos curados y otros convertidos en licanos, valiosos aliados para Avacyn y sus ángeles. Los diablos y demonios se habían dispersado y no suponían una grave amenaza. Y una vez más, como pocas veces había ocurrido desde el despertar de Avacyn, los vampiros estaban retrocediendo. La humanidad se había librado del largo asedio de la oscuridad y la civilización florecía.
Había llegado una nueva era para los humanos. Para el mundo. Y Avacyn estaría allí, continuaría velando por los humanos y el mundo, como había hecho siempre. No le gustaba sonreír, jamás había entendido de qué servía, pero sospechó que aquella era la sensación que tenían los humanos cuando sonreían: una profunda y completa satisfacción. Le pareció... correcta.

La luz del sol comenzaba a atenuarse, pronto caería bajo los bosques del horizonte. La noche se alzaría en breve. Mientras descendía hacia una pradera descampada y próxima a un bosque oscuro, vio a una mujer que yacía en la ladera limítrofe con el primer anillo de árboles. Sollozaba y gritaba un nombre―. ¡Maeli! ¡Maeli! ―La mujer se levantó y caminó hacia el bosque mientras Avacyn aterrizaba.
―Suplicante, he oído tu llamada. ―El tono de Avacyn era tranquilo y reconfortante, pero la mujer se giró aterrorizada hasta que reconoció a quién tenía ante sí.
―¡Avacyn! ¡Mi señora, habéis venido! ¡Mi hijo! ¡Por favor! ―La mujer estaba fuera de sí y tardó un tiempo en calmarse y explicar lo sucedido. Su hijo se había escapado de casa y lo habían visto adentrarse en el bosque. Aunque el mundo era mucho más seguro desde el regreso de Avacyn, distaba de ser seguro. Especialmente para los niños. La mujer había estado a punto de adentrarse en el bosque en busca de su hijo, a pesar de que eso habría puesto en peligro la vida de ambos. Avacyn le aseguró que trataría de encontrar al niño.
El asunto habría sido una trivialidad si el joven rezase a Avacyn, pero cuando prestó atención a los cientos de súplicas que susurraban en su cabeza en ese momento, vio que ninguna de ellas era la de un niño perdido en el bosque. Aun así, había otras formas de encontrarlo.

Avacyn voló sobre la espesura hasta situarse sobre el centro. Entonces canalizó su poder a través de su lanza y el filo metálico refulgió. Brilló con más y más intensidad, hasta eclipsar la luz del sol poniente, y Avacyn canalizó incluso más poder, iluminando el cielo en lo alto del bosque. Oyó el graznido de los pájaros, el correteo de los animales y el retumbo de otros seres mayores bajo la enramada; todos trataban de alejarse de su luz. Avacyn proyectó poder hacia su voz.
―¡Maeli! ¡Soy Avacyn! ¡Rézame! ―resonó su voz entre la arboleda. Después calló. Escuchó en busca del llanto de un niño y esperó oír cualquier cosa, excepto un silencio y lo que eso auguraría.
Ninguna voz surgió entre la enramada, pero una oración sí lo hizo. Avacyn, por favor, me he perdido y lo siento, y tengo frío y... Avacyn determinó el paradero del niño en su mente, se elevó y descendió hacia un lugar a pocos minutos de camino. Allí encontró al niño, acurrucado entre las ramas de un árbol.
―¿Avacyn? ―preguntó incrédulo al verla a ella y su lanza resplandeciente.
―Ven conmigo, joven. Estás a salvo. Te llevaré a casa. ―La voz de Avacyn sonó aún más suave, lo más suave que podía ponerla. Siempre se había sentido más cómoda con los niños. Su inocencia y su sinceridad hacía más fácil comprenderlos. El niño se acercó y su indecisión desapareció cuando Avacyn apartó la lanza a un lado y extendió el otro brazo hacia él. Maeli saltó y Avacyn lo estrechó antes de levantar el vuelo y salir del bosque.
Apenas tardó en localizar a la madre en las afueras y devolverle a su hijo. Los dos lloraron al abrazarse mutuamente. Avacyn deseó que todos los momentos de todos los días fueran como aquel. Familias reunidas. Miedos vencidos. Felicidad creada. Por eso existía ella. Satisfecha al terminar su labor, se dispuso a regresar a su retiro en las montañas. Sin embargo, un violento resplandor sacudió su cuerpo y agitó su visión.
De pronto lo vio todo doble: los árboles, la madre y el hijo, las briznas de hierba. Los duplicados se duplicaron a su vez. Un malestar palpitante recorrió su cabeza y Avacyn se desplomó sobre el suelo, encogida de dolor. Un panorama blanco destelló ante sus ojos, seguido de una imagen de numerosos obeliscos de piedra flotantes con runas grabadas en sus superficies, todos desplazándose unos con otros... Y entonces volvió a ver el paisaje normal. Avacyn miró repetidamente de un lado a otro para encontrar al agresor. Pocos vampiros habían tenido tanto poder como para lanzar semejante ataque. Tal vez fuera un señor demoníaco...
Sintió un zumbido suave en los oídos. Un murmullo bajo y constante cuyo volumen no aumentaba ni disminuía. Tan solo... estaba ahí, como un acompañamiento desacompasado para las oraciones que susurraban en su cabeza. Avacyn sintió tensión en la nuca y unos escalofríos involuntarios reptaron desde la base del cuello hacia el resto de la cabeza, como para alertarla de un ataque. Sin embargo, no hubo ataque alguno. Sacudió la cabeza con la esperanza de disipar el zumbido, pero continuó oyendo el murmullo detrás de sus pensamientos.
Los dos humanos seguían abrazados, aferrados la una al otro, aparentemente inmunes a lo que fuese que había asaltado a Avacyn. Mientras los observaba, las lágrimas de la madre se secaron y su rostro se endureció de rabia―. ¡Pero ¿cómo se te ocurre meterte en el bosque?! ¿Qué se te pasó por la cabeza? ¡Serás tonto! ―lo acusó zarandeándolo. Al pequeño humano se le descompuso el rostro y entonces se echó a berrear.
Las semillas de los hombres están podridas. Avacyn no supo de dónde procedía el pensamiento. Era como una oración, un mensaje enviado directamente a su cabeza, mas ningún mortal lo había pronunciado. Las semillas de los hombres están podridas. Se fijó atentamente en el niño y, donde antes había visto inocencia, ahora reconocía otros detalles: las manchas de la varicela, la nariz moqueante, las costras del deterioro orgánico. El rostro llorón y lastimero que necesitaba consuelo a pesar de que el niño había hecho algo malo.
Volvió a fijarse en la madre, en el semblante enfadado que volvía a ablandarse y trataba de calmar a su hijo. Estos mortales pasan de la ira al remordimiento constantemente, pero ¿acaso mejoran su conducta? Avacyn miró al niño, que no desistía de su lloriqueo. Qué efímeras son las vidas de estos mortales. Hoy, aquel humano tenía la forma de un niño. Mañana sería un hombre, sucio, zafio, propenso a la ira y la crueldad. Pasado mañana, su carne serían gusanos, gusanos que se retorcerían entre el polvo...

Avacyn se alejó trastabillando, desequilibrada, con la mente nublada. Levantó el vuelo meciéndose a un lado y a otro en el aire, con una inusual falta de elegancia, y dejó abajo a los dos humanos. Trató de escuchar las oraciones, pero todas las palabras estaban impregnadas del zumbido. No podía distinguir entre las plegarias y el ruido constante. Volvía a oír las mismas palabras una y otra vez, clavadas en su cerebro como una lanza.
Las semillas de los hombres están podridas.
Avacyn voló, buscó refugio de su propia mente. No hubo donde encontrarlo.

Macher paseaba por el claustro interior de la iglesia. Una desazón mordaz lo carcomía por dentro a pesar de que, normalmente, el patio del claustro le ayudaba a serenarse. Albergaba un hermoso jardín florido en el que podía alejarse del dolor y los horrores mundanos, sobre todo en las noches frías y oscuras en las que ningún otro sacerdote recorría el pavimento.
Pero cuando el dolor procedía del alma, ningún lugar ofrecía amparo.
Macher se detuvo bajo el símbolo plateado de Avacyn, situado sobre una pértiga de hierro en el centro del patio. Bajo la luz naranja oscuro de la luna de cosecha, los extremos puntiagudos del símbolo parecían proyectarse y salpicar el suelo musgoso; una curiosa ilusión producida por la luz de la luna. La mente de Macher reflexionaba a menudo sobre la naturaleza de las ilusiones. "Avacyn es real, ¿verdad?".
Macher no dudaba de su existencia, por supuesto. La había visto, había visto a sus ángeles. No cabía duda de que Avacyn era real. "Sin embargo, ¿es digna de nuestra devoción? ¿Es nuestra diosa?".
No podía huir de aquellos pensamientos.

Había sido un auténtico creyente durante la mayor parte de su vida, desde que sus padres lo abandonaron en la puerta de la parroquia local cuando aún era un bebé; un pasado que compartían muchos jóvenes en aquel rincón de la provincia de Gavony. La iglesia lo había alimentado, vestido y protegido. Lo había instruido en la doctrina de Avacyn incluso antes de que aprendiera a leer.
Su inquietud había despertado el año anterior, tras la misteriosa desaparición de Avacyn. Había sido una época funesta en la que los horrores del mundo asolaron Gavony, que había estado a punto de sucumbir. Macher conocía a Mikaeus, el antiguo lunarca, y la noche en la que lo vio convertido en zombie había sido la peor de su vida. Pero entonces regresó Avacyn, y Gavony era ahora tan segura como había sido siempre. Incluso más. Entonces, ¿por qué le surgían dudas después de semejante triunfo?
Circulaban entre el clero rumores de que Avacyn había estado atrapada, encerrada en el mismísimo Helvault donde se habían sellado a numerosas criaturas de la oscuridad. Los sacerdotes narraban milagros, afirmaban que el poder de Avacyn le había permitido salir de su prisión y traer una nueva era de luz al mundo.
Pero ¿cómo era posible, para empezar, que hubieran encerrado a un dios?
Una oración acudió de forma espontánea a su mente y sonrió con arrepentimiento. "Avacyn, te ruego que existas. Te ruego que seas real". La luna llena y naranja brillaba en el frío aire nocturno. El símbolo de Avacyn estaba completamente enmarcado por la luna y pareció resplandecer y retorcerse bajo la luz. Macher observó el fenómeno, paralizado, y se quedó absorto bajo el suave brillo.
Entonces oyó un batir de alas detrás de él.
Macher se giró y se quedó boquiabierto al ver descender a un ángel. Tenía unos impactantes ojos blancos rodeados de negro, alas grandes y lustrosas y cabello blanco plateado, teñido de tonos naranjas y rojos a la luz de la luna. Portaba una gran lanza de platalunar que desprendía un brillo blanco, con chispas rojas en las puntas. Avacyn... La mismísima Avacyn descendía hacia el patio.
El ángel plegó las alas al aterrizar y clavó la mirada en Macher. Nunca había visto los ojos de Avacyn. Sus iris eran blancos como el marfil, pero los contornos oscuros llamaros su atención y no la soltaron. El tono negro se intensificó, se extendió. Los ojos parecían dos estanques manchados de tinta, un caos creciente que...
―¿Oyes a las abejas? ¿Oyes sus gritos? ―Las palabras de Avacyn salieron precipitadamente de sus labios y rompieron el hechizo de los ojos. Su mirada vagaba sin descanso de un lado del patio a otro.
―Avacyn... ―Macher no entendía a qué se refería ni por qué parecía tan inquieta―. ¡Avacyn, habéis venido! ¡Habéis acudido! ―dijo sin pensar. Sintió un inmenso alivio. Había rezado a Avacyn y esta se encontraba ahora ante él. Se sintió culpable por haber dudado de su diosa. "Ha venido a guiarme de nuevo a la luz, a la verdad".
―Me has rezado para que acudiese... ―dijo tras dejar de mirar hacia los alrededores y centrarse en Macher. Su rostro cambió. Su voz era fría, tajante―. Me has llamado. Lo has hecho porque dudabas de mí. ―Esta vez arrastró las palabras, hizo pausas antes de algunas, como si al mismo tiempo aguzase el oído en busca de algo, o como si escuchase algo. Entonces levantó su lanza―. Existen otras formas de acabar con tus dudas. ―Sus labios se torcieron hacia arriba, temblorosos, formando una extraña imitación de una sonrisa.
Macher se estremeció en la oscuridad, miró hacia la luna naranja que resplandecía a espaldas de Avacyn, y deseó estar en cualquier otro lugar.
―¿Eres puro? ―Las palabras de Avacyn fluyeron como la miel.
―¿Qué...? ―Macher no lo entendía. Había imaginado muchas veces cómo sería conocer a Avacyn, pero jamás había pensado en una situación como aquella.
―¿E-res pu-ro? ―Esta vez, cada sílaba sonó clara y cortante como el cristal.
―¡S-sí! ¡Soy puro! ―Macher se sintió aliviado. Su diosa se había enojado con él. Tenía motivos para hacerlo. Había dudado de ella, pero sus dudas habían desaparecido―. Puro en mi...
―Claro que no eres puro. ―Las palabras de Avacyn ahogaron las de él, no permitieron que sonaran―. ¿Cómo podrías serlo? Has nacido. ―El desprecio que desprendía la última palabra era inconfundible. Avacyn le miró a los ojos y Macher volvió a ver la oscuridad creciente, una negrura infinita que amenazaba con devorarlo... Sintió vértigo y se tambaleó, estuvo a punto de caer al suelo. Al perder el contacto visual, el vértigo pasó. Volvió a erguirse y procuró no mirar directamente a Avacyn. "No debes mirar fijamente a la divinidad".
»¿Has perdido la fe en mí tan fácilmente, mortal? ―Los labios de Avacyn dibujaron lo que en un humano habría sido una sonrisa desdeñosa.
Macher balbuceó, incapaz de componer una respuesta coherente.
―La cuestión más interesante es... ―Avacyn hizo una pausa y levantó la vista hacia el cielo nocturno, como si la luna le hablase―. ¿He perdido yo la fe en vosotros? ―Cuando terminó la frase, lo miró directamente. Macher quiso gritar, pero se había quedado sin voz. Sintió un chorro húmedo corriendo pierna abajo y formando un charco a sus pies. El terror se apoderó de él y se desplomó en el suelo musgoso hecho un ovillo, con los ojos fuertemente apretados.
A pesar del pánico y los ojos cerrados, sintió una luminiscencia que se aproximaba. Un frío gélido invadió su espalda y entonces gritó. Cuando se quedó sin fuerzas para seguir chillando, oyó un susurro―. Pronto... ―Y sintió en el rostro un roce suave como la de una pluma. Unas alas batieron el aire y la luminiscencia se desvaneció. Pasó mucho tiempo hasta que abrió los ojos. No se movió en el resto de la noche, envuelto en una aterradora certeza sobre la naturaleza de su diosa.


Liont despertó con el hermoso sol invernal. La luz tenue le bañó el semblante y reclamó su atención. Normalmente, las contraventanas evitaban aquellos despertares involuntarios, pero se había olvidado de cerrarlas la noche anterior. Una de ellas colgaba torcida. "Tendré que arreglarla después".
Preguntó a su esposa qué tal había dormido, pero no obtuvo respuesta. Se había quedado despierta hasta tarde. Era extraño que él se hubiera despertado primero. Lo más habitual era que Hilde lo despertara con una caricia o que las voces de los niños lo sacaran del sueño. Se levantó peleándose con las sábanas desgarradas y hechas jirones. Le esperaba un largo día de trabajo y quería empezar cuanto antes.
El negocio iba en auge; su herrería nunca había tenido tanta clientela. Liont se pasaba la mayor parte del día delante de la fragua y el yunque, y seguro que no tardaría en necesitar un segundo aprendiz. Desde que Avacyn había regresado hacía un año, la demanda de herramientas y arados se había disparado. Y desde el inicio de la Callamaldición, Liont era capaz de satisfacer esa demanda.
La Callamaldición... Todo había cambiado gracias a ella, a la bendición de la magia de Avacyn. Algunos licántropos se habían convertido en siervos de Avacyn, los licanos. Sin embargo, Liont se había curado por completo y todos los días daba las gracias por ello a Avacyn. Había regresado junto a su familia, a su hogar. Podía visitar el pueblo y mirar a la gente a los ojos sin nada que temer. La ausencia de miedos era maravillosa. Ya no cargaba con ninguna preocupación ni sentía un hambre constante carcomiéndolo por dentro. No miraba la luna preguntándose si la noche atraería la oscuridad, la auténtica oscuridad. Todo se había desvanecido en la luz gracias al poder benévolo de Avacyn. Liont volvía a tener una vida. Una vida con su familia.

Se vistió con las prendas que había dispersas por el suelo. "Hay que darle un remiendo a esto y esto. Se lo pediré a Hilde por la noche". Volvió a sentarse junto a ella para despertarla. Estaba adormecida, quieta, su voz sonaba débil debido al sueño.
―Buenos días, cariño ―susurró ella sin mover los labios. Liont quiso contarle una broma para ver su hermosa sonrisa, pero Hilde no tenía muy buen humor por la mañana.
―Me voy al taller, tengo que empezar con el arado de Nickers. Los niños todavía duermen. ―Hilde no respondió―. ¿Estás bien, cielo? ―Se acercó más a ella.
―Las plagas florecen ―dijo Hilde con un hilo de voz.
―Claro, cielo, claro. ―Liont la dejó tranquila―. Volveré a la hora de comer.
―Liont. ―Su voz sonó más alta, más fría―. Cuando llamen a la puerta, no abras.
Liont sintió un escalofrío en la espalda. "Cuando llamen a...", pero dejó de pensar en ello. Hilde volvía a dormir y yacía inmóvil en la cama destrozada. "Debió de estar despierta hasta muy tarde".
Fue hasta la cama de sus hijos pisando astillas de madera y fragmentos de cristal, que crujieron bajo sus pies. "Hilde se va a enfadar cuando vea este desastre. Lo barreré más tarde".
Se detuvo primero junto a Talia, tumbada boca abajo. No se movía, y sus ojos brillantes, que siempre se alegraban de verle, seguían cerrados mientras descansaba. La meció ligeramente y abrió los ojos.
―Buenos días, papá. ―Su voz era lánguida, monótona. "Debe de estar muy cansada. Le dejaré descansar".
―Perdona, hija. Vuelve a dormir. ―Se inclinó y la besó en la frente, fría al contacto de sus labios cálidos.
―Papá, cuando llamen a la puerta, no abras. ―Sus palabras ganaron fuerza. Sonaba asustada. Cuando se separó después de besarle la frente, vio que ya dormía de nuevo.
Liont se dio cuenta de que también tenía miedo, pero lo descartó. Era extraño sentir miedo en una clara mañana de invierno, con el sol entrando por las ventanas rotas y las grandes hendiduras de las paredes. "Qué frío hace aquí. Tendré que sellar esos agujeros".
Caminó al otro lado de la cama para despedirse de su hijo. Jan tenía tres años menos que Talia; la diferencia de edad perfecta para que quisiera hacer lo mismo que su hermana mayor, pero de una forma que a ella la sacaba de sus casillas. Lo normal a aquellas horas era que Jan corretease por la casa hasta que su madre le dejase ir a jugar fuera, en el patio cercado entre la casa y la herrería. Sin embargo, aquella mañana estaba quieto y en silencio.
Mientras Liont miraba a su hijo mientras dormía, los ojos del niño se abrieron súbitamente.
―Buenos días, papá. ―Liont apenas pudo oír su voz apagada. Se preguntó si su hijo estaría enfermo, si sería mejor que lo viese un sanador...
―Papá, cuando llamen a la puerta, no abras. ―Los ojos del niño se cerraron de nuevo y Liont se percató del silencio que reinaba en la habitación, excepto por la respiración ruidosa de una única persona. A pesar del sol que entraba y del viento gélido que silbaba entre las grietas de las paredes, Liont se sintió sofocado; en su cabeza había una presión que no cesaba.
Liont inclinó la cabeza bajo la presión dolorosa. La habitación estaba impregnada de un olor metálico y acre. Tenía que salir de la casa. Tres voces gritaron en su cabeza inclinada: "Cuando llamen a la puerta, ¡no abras!".
Llamaron a la puerta.
Liont levantó la cabeza. Miró hacia la puerta. Pero no había ninguna puerta. En su lugar solo había un espacio vacío e iluminado por el sol. Cuando llamen a la puerta, no abras. La puerta no solo había desaparecido, sino que las bisagras se habían doblado y retorcido. "Haré unas bisagras nuevas, pero primero tengo que terminar el arado de Nickers y...".
Llamaron a la puerta otra vez. Un sonoro golpeteo resonó en la habitación.
Cuando llamen a la puerta... Liont volvió a mirar el espacio vacío donde había estado la puerta. Algo iba mal. ¿Por qué estaba su casa hecha pedazos? "Ahora no puedo pararme a limpiar esto. Tengo que ir a la herrería". Más golpes. Toc. Toc. Toc. "¿Cómo es posible que llamen? Pero si no hay puerta". Un dolor recorrió su cabeza, tan intenso y súbito que cayó de rodillas bajo la presión. Cuando cerró los ojos con fuerza, vio una puerta brillante en su mente, una puerta brillante y que palpitaba con un tono rojo. Oyó que llamaban de nuevo, más golpes fuertes, y el origen del ruido estaba detrás de la puerta roja, la puerta de su mente. Solo tenía que abrirla para que dejaran de llamar. Todo iría bien si el ruido cesaba. Acercó una mano mentalmente para... no abras.
Liont sujetó el pomo de la puerta que había en su cabeza. Era metálico y frío como el hielo. Trató de girarlo, pero se negaba a ceder. Lo giró de nuevo, con la mano dolorida por el frío, y siguió girando con un gruñido. El pomo cedió.
Liont abrió la puerta. La realidad reprimida apareció súbitamente ante él. Vio lo que había detrás de la puerta.
"No no no no no no...". Aún de rodillas, se meció adelante y atrás, adelante y atrás, apretándose la cabeza con dolor y rabia. Había sangre por todas partes. En las paredes, en la cama, en el suelo. Sus manos y su torso estaban empapados. La sangre se extendía por la ropa hecha jirones que se había puesto hacía unos minutos. Miró horrorizado el cuerpo de Hilde, que yacía sin vida en la cama, con el rostro congelado por el terror.
"¿Quién lo ha hecho?". Sabía quién había sido el culpable. Unas imágenes febriles acudieron a su mente. Los rugidos, los gritos, las garras alzadas a la luz de la luna... Levantó la cabeza y aulló su agonía al frío sol invernal, el sol que sucedía a la luna del cazador.

"La Callamaldición... ¿Qué le ha ocurrido a la Callamaldición?". Lo que había hecho no tendría que haber sido posible. Él ya era libre. ¡Libre! Rugió una oración al cielo: "¡Avacyn! ¡¿Por qué me has abandonado?! ¡Avacyn!".
Permaneció de rodillas durante mucho tiempo, sollozando. Quería morir. Quería recuperar a su familia. Quería oír la risa de Talia y Jan. Quería oírlos discutir. Quería regresar al día anterior. "Por favor, permite que vuelva a ser ayer. Permíteme dormir y despertar siendo ayer. Me levantaré y me marcharé. Me iré y jamás regresaré. Solo permite que vuelva el ayer, que...". El tejado de la casa estalló por encima de él.
Liont levantó la vista y vio una silueta flotando en lo alto, una silueta con alas, cabello plateado y una gran lanza brillante. "¿Acaso es...? ¿Sería capaz de...?".
―Por favor... Por favor... ―graznó con la voz llena de dolor, apenas capaz de formar las palabras. El ángel, tal vez la mismísima Avacyn, no respondió; parecía que ni siquiera le había oído. Entonces apuntó la lanza en dirección a él. Las puntas se volvieron brillantes, más brillantes que el sol, y una energía punzante lo alcanzó en el pecho, abrasándole la ropa y la piel.

Liont gritó de agonía a pesar de que aceptaba el dolor. "Esto es lo que merezco". Sin embargo, el ángel quizá pudiera salvar a su familia. Su vista se tornaba borrosa. Tenía que...
―Clemencia, por favor. Clemencia para... ―Sus labios dejaron de moverse, la voz le falló. La súplica continuó en la oscuridad creciente de sus pensamientos. "... mi familia. Para mi querida familia. Por favor. Ellos merecen...".
El ángel dirigió de nuevo la lanza contra él. Sus labios se curvaron hacia arriba y pronunciaron las últimas palabras que Liont escucharía.
―¡Justicia! No habrá clemencia. ―El arma resplandeció.
"Clemencia", pensó Liont al morir.

"Se avecina una tormenta", pensó Sigarda. Un relámpago destelló en el cielo gris oscuro, pero el trueno no estalló. Era extraño ver una tormenta en pleno invierno, la estación dominada por la luna del cazador. El ambiente estaba cargado desde hacía días, las nubes grises no se agitaban, y ahora acababa de presenciar un relámpago sin trueno, una tormenta sin lluvia. Sigarda oteó desde las alturas el extenso bosque y se sintió intranquila.

Estaba en su residencia personal. Las paredes de piedra desnuda y los cuatro gruesos contrafuertes contrastaban con el panorama abierto de los bosques verde oscuro salpicados por zonas blancas cubiertas de nieve. Sigarda podía ver kilómetros de paisaje en todas direcciones y a menudo pasaba largos períodos allí, cuando buscaba meditar en silencio. La residencia se encontraba en lo alto de una torre abandonada hacía mucho tiempo en la provincia de Kessig; una torre construida siglos atrás, cuando los humanos eran más ambiciosos.
Su ambición había regresado en tiempos recientes. El regreso de Avacyn hacía un año había marcado el inicio de una era de paz y tranquilidad. Los humanos habían vuelto a extenderse por el mundo, construyendo nuevos hogares, haciendas y pueblos. Sin embargo, en las últimas semanas habían circulado noticias preocupantes por toda la región; noticias de revueltas, desapariciones y matanzas. Una sombra se cernía sobre el mundo y Sigarda quería descubrir la causa.
Un relámpago iluminó el cielo oscuro, y otro, y entre el primer destello y el segundo sintió que sus hermanas se aproximaban. Ambas aterrizaron en el santuario momentos después.
La pequeña Bruna, ataviada con su armadura ligera azul y blanca y su cola de seda con ribetes rojos. Empuñaba su bastón, cuya punta brillaba con poder, como si se dispusiera a abatir a un enemigo. La alta Gisela, vestida con los colores rojo y blanco de su Legión de la Noche Dorada, y con sus espadas gemelas ya desenvainadas. "Están preparadas para una batalla", pensó Sigarda. Entonces recordó a su otra hermana, la que había muerto hacía un milenio, y sintió un escalofrío.

―Hola, hermana mía ―saludó Bruna con un extraño tono cantarín.
―No respondiste a nuestro llamamiento ―dijo Gisela.
Sigarda no lo había considerado un llamamiento. Un ángel de la Noche Dorada había solicitado que visitase a Gisela hacía una semana, pero Sigarda estaba ocupada colaborando con las comunidades locales en la reconstrucción del interior de Kessig.
―Otros menesteres requerían mi atención, hermana. Ignoraba que se tratase de un asunto urgente. ¿En qué puedo ayudaros? ―Sigarda se preguntó si los otros ángeles habían sufrido un ataque. Eso explicaría la actitud de sus hermanas.
―Ya no importa ―dijo Gisela.
―Hemos venido nosotras ―añadió Bruna.
Cuando habían aterrizado en el santuario, las dos estaban muy juntas, casi hombro con hombro. Sin embargo, ahora se habían separado, caminando cada una hacia un lado distinto de Sigarda. La forma en que Bruna sostenía su bastón y Gisela empuñaba sus dos espadas hizo que echase muy en falta su guadaña, que descansaba en una sala del piso inferior. "¿Qué pretenden?".
―Solo hemos venido... ―empezó Bruna.
―A hablar. Hace mucho tiempo que no te vemos. Hermana ―terminó Gisela.
Las dos siguieron situándose a ambos lados de Sigarda, en los bordes de su visión periférica. No podía creer que sus hermanas se dispusieran a atacarla, pero la única explicación lógica para su comportamiento era que se preparaban para hacerlo. Sigarda nunca había luchado contra ninguna de ellas, pero estaba segura de que podría detener a Bruna si conseguía recuperar su guadaña. Bruna no era especialmente hábil en combate directo; sus puntos fuertes eran otras disciplinas. Gisela, sin embargo... Gisela sería el problema.

Más relámpagos centellearon en el exterior, y esta vez estalló un trueno ensordecedor. Cuando el estruendo cesó, Avacyn descendió sobre el santuario.
Sigarda no había sentido a Avacyn, no como sentía la proximidad de sus hermanas. Jamás había podido sentirla. Avacyn las lideraba, pero no era una de ellas. Lo había demostrado hacía mucho tiempo. Sigarda no podía negar que era poderosa, que era capaz de luchar contra los horrores de Innistrad y de inspirar a los humanos para que continuaran luchando. Pero Sigarda aún añoraba a su hermana.
Bruna y Gisela se habían situado a su espalda y Avacyn flotaba ante ella. Era alta, incluso más que Gisela, con una piel de alabastro perfecta y una impactante melena plateada. Su lanza de platalunar resplandecía, aunque Avacyn no necesitaba armas para luchar. Si la situación desembocaba en un combate, Sigarda no caería fácilmente, ni siquiera contra Bruna y Gisela a la vez. Pero si Avacyn había venido a luchar...
Si Avacyn había venido a luchar, Sigarda estaba muerta.
―Sigarda, la gran labor dará comienzo pronto. ―La voz de Avacyn tenía una entonación extraña. Casi como si la acompañase un leve siseo o zumbido. A primera vista, Avacyn parecía la de siempre, pero Sigarda percibió algunas rarezas. Las puntas de su lanza estaban torcidas. El metal parecía fluir mientras se fijaba en él. Se preguntó qué clase de poder canalizaba Avacyn a través de su lanza. No obstante, lo más perturbador eran sus ojos. Donde normalmente había un blanco puro, ahora se distinguían extraños brillos negros en los iris, una opacidad momentánea que devoraba la luz.
Los tres ángeles tenían una relación larga y complicada con Avacyn. Gisela, Bruna y Sigarda no eran realmente hermanas, no en ninguno de los sentidos que se aplicaban a los humanos. Sin embargo, procedían de la misma esencia, del mismo amanecer, y habían luchado juntas contra los horrores del mundo desde hacía muchísimo tiempo. Antes de que Avacyn apareciese por primera vez hacía un milenio, había cuatro hermanas; una de ellas era la más antigua y poderosa de todos los ángeles. Bruna. Gisela. Sigarda. Y aquella cuyo nombre ya no pronunciaban.
Al principio no sabían qué pensar de Avacyn. Era un ángel, una de ellas, mas no lo era. No podían sentirla como sentían a los otros ángeles. Era fría, opaca, reservada. Sigarda sabía que muchos humanos pensaban lo mismo de los ángeles, pues había muchos motivos por los que les resultaba difícil simpatizar con los mortales. En cambio, los ángeles solían gozar de un propósito compartido, de un vínculo que solo podían experimentar con sus congéneres.
Avacyn no compartía ningún vínculo con los otros ángeles.
Sin embargo, su poder era incuestionable. Imparable, de hecho. Las cuatro hermanas jamás habían visto un ángel con el poder y la seguridad que Avacyn poseía. Y en cada uno de sus primeros encuentros con ella, la seguridad de Avacyn había sido embriagadora. Siempre parecía confiar en todas las acciones que realizaba, en todos los planes que preparaba.
Los humanos no eran las únicas criaturas que necesitaban creer en un dios.
Y entonces fue cuando Avacyn se volvió en contra de su hermana. Sigarda admitía que era rebelde, que llevaba a cabo acciones cuestionables y formaba alianzas poco gratas. En ocasiones se asociaba con vampiros y brujas, o incluso con demonios y diablos. "Debemos conocer a nuestros enemigos si pretendemos derrotarlos", decía ella. Los demás ángeles a menudo desconfiaban de ella y la aborrecían, incluso sus tres hermanas. A pesar de todo, las cuatro compartían un vínculo fuerte y, aunque su hermana recorría una senda muy diferente, seguía siendo su hermana.
Y lo fue hasta el día en que se alió con un señor de los demonios, un acto que todas ellas condenaron. Avacyn la declaró hereje, cómplice de los monstruos que los ángeles y ella habían jurado derrotar. Las tres hermanas restantes se mostraron de acuerdo con Avacyn, pero no se unieron a la cruzada contra su hermana oscura. Avacyn no necesitó su ayuda. Hacía mil años, Avacyn había destruido en solitario a su hermana y su pequeña legión, y todas ellas habían prohibido incluso mencionar su nombre.
Y ahora, Avacyn quizá se dispusiera a hacer lo mismo con Sigarda.
―¿La gran labor? Ignoro en qué consiste. Ilumíname. ―Sigarda calmó su discurso, su respiración. Luchaba mejor cuando estaba tranquila. Gisela y Bruna ya no entraban en su campo de visión, pero podía sentirlas detrás de ella. El aire estaba viciado y cargado; un hedor a podrido emanaba de alguna parte, no disimulado por el olor intenso que traía la tormenta.
―La verdad estaba ante nosotras desde hace mucho tiempo, Sigarda, pero no podíamos verla ―dijo Avacyn con aquella extraña voz casi siseante―. Combatimos a los monstruos: vampiros, licántropos, zombies y brujas y nigromantes y diablos. Pero ¿por qué? Porque destruyen. Saquean y devoran. Actúan con violencia contra la tierra con el único propósito de sembrar el caos. ―Avacyn se detuvo, miró detenidamente a Sigarda, sus ojos volvieron a desprender destellos negros, y Sigarda sintió que la estancia encogía, la oprimía.
»Los hemos castigado y matado por sus crímenes. Pero los humanos son idénticos. ―Avacyn sonrió y Sigarda se dio cuenta de algo: en los mil años que habían transcurrido desde que conoció a Avacyn, jamás la había visto sonreír. Su sonrisa no era agradable. Era completamente incoherente con el resto de su rostro, con su mirada. Era como si una reacción involuntaria curvase hacia arriba la comisura de sus labios, sin que sintiera alegría ni felicidad.
»Se reproducen en su inmundicia, crean nuevos engendros para destruir los bosques, contaminar el agua, mentir, engañar y asesinarse entre ellos ―prosiguió Avacyn alzando la voz y marcando las palabras, perdiendo la pronunciación extraña de antes―. ¿Alguna vez han hecho algo digno? ¿Qué han logrado que merezca considerarse magnífico? Podríamos exterminar hasta el último de los susodichos "monstruos" de este mundo, a todos los vampiros y licántropos, pero ¿qué ocurriría entonces? ¿Habría paz? ¿Habría una luz duradera?
Avacyn vio confusión en el rostro de Sigarda, y su repulsión. Entonces se rio, prorrumpió en una carcajada estridente que casi sonaba como un graznido―. Conoces la respuesta, Sigarda. Conoces la verdad.
Y Sigarda conocía la verdad. Los humanos eran proclives a cometer actos horribles, actos de maldad intencionada y de negligencia accidental, ambos igual de devastadores. Era verdad que mentían, engañaban y asesinaban. Sin embargo, también hacían cosas maravillosas. Amaban y construían. Se sacrificaban por el prójimo y eran leales. Tenían libertad para hacer el bien o el mal, para establecer el orden o sembrar el caos, y esa libertad hacía de todos sus actos nobles un valioso diamante que relucía en las tinieblas de la noche.
Además, nada de aquello importaba. Incluso si los argumentos de Avacyn fuesen convincentes o interesantes, los ángeles no traicionaban a los humanos. Era como si Avacyn razonase que el sol debía nacer por el oeste, o que la luna ya no debía crecer ni menguar.
Sigarda no respondió. No vio de qué serviría. A Avacyn no le interesaba conversar. Ante su silencio, Avacyn continuó―. Lo entiendo, Sigarda. Estas verdades son duras, difíciles. Bruna y Gisela también tardaron un tiempo en entenderlas, pero finalmente vieron la luz.
Al oírla, sus dos hermanas intervinieron.
―Ahora creemos... ―dijo una.
―Hermana. La gran labor debe comenzar ―continuó la otra. Al no ver sus caras, Sigarda se dio cuenta de que ya no distinguía a quién pertenecía cada voz.
―Volveremos. Pronto ―dijo Avacyn―. Necesitaremos tu ayuda. Los impuros deben ser purificados, castigados. Abriremos un camino hacia la auténtica luz. Para nosotras y para quienes, como nosotras, puedan lograr y mantener la paz. Imagínalo, Sigarda. El fin de la violencia, de la guerra, de la oscuridad.
―La luz eterna ―dijo una voz detrás de ella, aunque no pudo distinguir quién había hablado. Tal vez lo hubieran hecho al unísono.

Avacyn levantó su lanza y la dirigió hacia el techo de piedra. Una explosión de fuerza surgió de ella y el tejado... desapareció. El poder de Avacyn lo había vaporizado. Solo cayó una fina capa de polvo que cubrió a los ángeles con una ceniza ennegrecida.
―Pronto ―dijo Avacyn, y se elevó hacia el cielo gris oscuro―. Pronto ―dijeron Gisela y Bruna detrás de ella antes de marcharse.
Sigarda permaneció de pie en su residencia destrozada, observando la danza de los relámpagos en los cielos grises, que seguían sin descargar lluvia alguna. De sus ojos manaban lágrimas que salpicaron el suelo de piedra cubierto de polvo. Pensó en su hermana oscura, fallecida hacía mil años, y se preguntó por qué no había luchado por ella; por qué ni siquiera lo había intentado.
"Se avecina la tormenta". Sigarda pensó en los ángeles de su legión y se preguntó si alguno de ellos ya se habría puesto de parte de Avacyn. Pensó en los humanos que podrían ayudarla a hacer frente a Avacyn. Eran pocos, muy pocos. Pero Sigarda sabía que no importaba, incluso si nadie se unía a su causa. "La tormenta ha llegado. Y esta vez voy a luchar".

―¡Maeli! ¡Maeli! ―La voz de Kelse resonó en el aire crepuscular. "¿Dónde se habrá metido este niño?". Kelse miró bajo los portales y buscó entre los arbustos. La mayoría de los aldeanos la ignoraron. "No puede haberse escapado otra vez", se dijo a sí misma con la esperanza de que fuese verdad. Kelse hizo un esfuerzo para no pensar en lo que había sucedido pocos meses antes, cuando que se había escapado. Cuando Avacyn había intervenido para salvar a su hijo.
La mayoría de los vecinos no la habían creído. Maeli y ella nunca habían recibido un trato fácil en el pueblo, sobre todo desde la muerte de Hanse. Desde que enviudó, no era más que la forastera extraña que venía de Kessig, con un hijo salvaje que se parecía demasiado a su madre. Y cuando regresó aquella noche con su hijo en brazos y divagando sobre la aparición de Avacyn... En fin, ella probablemente tampoco se lo habría creído si se lo contasen.
Sin embargo, Avacyn había acudido, había salvado a su único hijo. Maeli había nacido durante la luna nueva y siempre había sido un muchacho especial, vivaz y libre. Los vecinos tenían razón: Maeli se parecía a ella. Físicamente era como su padre, un parecido que a Kelse le proporcionaba una inmensa alegría, pero también un gran dolor. En cambio, su carácter era más parecido al de ella: inquieto, ansioso por explorar.
Lo que no había contado a los aldeanos era lo mucho que se había enfurecido con Maeli aquella noche. Claro que se había preocupado por él, hasta el punto de desesperar. El miedo a perder a su hijo había alimentado su plegaria a Avacyn, una oración tan fuerte que el ángel había respondido. Cuando Avacyn dejó a Maeli en sus brazos, lo único que sintió fue alivio, una alegría inmensa que la hizo llorar de la emoción.
Hasta que el cambio se apoderó de ella.
No podía describirlo, no podía explicarlo. Todo su amor y cariño se habían desvanecido repentinamente en la oscuridad y la rabia la había invadido, como un relámpago que la alcanzaba en el corazón. No era rabia lo único que había sentido, sino un resentimiento y un desprecio hirvientes; emociones que nunca había sentido con Maeli. Y lo que era aún peor: había mostrado aquellas emociones delante de Avacyn. De Avacyn, que había salvado a Maeli. Que la había salvado a ella.
Pero cuando Avacyn se marchó de aquella pradera oscura, la rabia se había desvanecido. Jamás había vuelto a sentirla. Lo único que le importaba a Kelse era que había recuperado a su hijo, la alegría de su vida. "Ahora solo tengo que volver a encontrarlo".

En la entrada de la aldea, las antorchas de la empalizada titilaban y crepitaban con el viento frío del invierno, mientras que las sombras se extendían a medida que caía la noche. Kelse se mordía el labio y se preguntaba dónde debería mirar a continuación, cuando de pronto oyó un chillido a sus espaldas. Se giró asustada, pero entonces vio a Maeli corriendo hacia ella con una gran sonrisa en la cara y chillando "¡mami, mami!", lleno de alegría.
Se lanzó a sus brazos y la abrazó con fuerza, y Kelse lo estrechó igual de fuerte. "Eres lo único que necesito en el mundo. Que los vecinos me desprecien y desconfíen. Me da igual. Porque te tengo a ti".
―¿Dónde te metías? ―Se esforzó para no permitir que aflorase su enfado por tener que ir a buscarlo. A Maeli le encantaba explorar y ella quería que lo hiciese. Quería que su hijo siempre...
Todas las antorchas se apagaron repentinamente; sus llamas se habían extinguido. No había sido por el viento. El ambiente frío se había vuelto completamente silencioso. Maeli se aferró a su madre y ella lo protegió entre sus brazos. Se oyó un grito en los alrededores. Entonces, Kelse captó un destello de luz en lo alto y levantó la vista hacia el cielo.
Un grupo de ángeles sobrevolaba la aldea.

Contrastando con el naranja y púrpura del cielo oscureciente, las alas de los ángeles batían en las alturas. Todos portaban armas; espadas, lanzas y bastones, y muchas de aquellas armas brillaban con una luz dorada o plateada. "Las estrellas descienden de los cielos", pensó Kelse. Bajó la vista hacia Maeli, que tenía los ojos clavados de asombro en el cielo.
Un ángel apuntó su lanza reluciente hacia la aldea y un rayo luminoso surgió hacia una de las casas. La vivienda quedó bañada en una luz brillante durante varios segundos, pero entonces el tejado de paja estalló en llamas. El ángel dirigió su lanza contra otra casa y hubo otro resplandor seguido de una explosión. Los demás ángeles descendieron en picado blandiendo sus espadas ígneas y la noche se llenó de gritos y aullidos. Maeli chilló entre los brazos de Kelse; su asombro se había transformado en terror.
Kelse no podía moverse; tenía los músculos congelados y las piernas clavadas en la tierra. Por un momento pensó que los ángeles quizá habían venido para erradicar vampiros, licántropos o algún otro mal, pero desde las afueras de la aldea vio morir a los vecinos a golpe de espada, o consumidos por la luz y las llamas doradas. "Vienen a matarnos". Maeli chilló de nuevo y la sacó de su parálisis.
―Maeli. Maeli, cariño, escúchame. Tienes que correr. Corre lo más rápido y lejos que puedas, métete en el bosque y no vuelvas. Pase lo que pase, no mires atrás, no vuelvas. ―Kelse oyó sus propias palabras como si las hubiera dicho otra persona y se sorprendió de lo tranquilas que sonaban. Hubo más explosiones y gritos en la aldea.
―Mamá... No puedo... ―balbució su hijo.
―¡Maeli, escúchame bien! ―repitió Kelse con voz clara y autoritaria―. ¡Vete! ¡Corre como nunca has corrido! ¡Hacia el bosque! ―Se separó de su hijo y lo apartó de ella. El niño la miró unos instantes con lágrimas en los ojos, hasta que se dio la vuelta y se marchó corriendo entre las zarzas y los setos del exterior de la aldea. Kelse sintió un profundo dolor en el corazón. "¡Corre, hijo mío!".
Miró hacia arriba y vio que el ángel que había dado comienzo a la destrucción la observaba desde el cielo. La miraba a ella y más allá, hacia el bosque. "¡No, no le hagas nada!". Kelse prorrumpió en gritos y echó a correr en dirección al ángel que flotaba sobre ella.
Avacyn, pensó Kelse. Tal vez aquellos ángeles estaban poseídos por espíritus malvados o eran una fuerza maléfica que trataba de engañarlos. Ocurriera lo que ocurriese, Avacyn vendría a salvarlos. De pie justo debajo del ángel, Kelse inclinó la cabeza. Avacyn, escuchad mi ruego. Ayudadme, ayudadnos. Por favor, Avacyn mía, ya salvasteis a mi hijo una vez. Os suplico que lo hagáis de nuevo. Salvadnos a todos.
―No necesitas rogarme para que oiga tus mentiras, criatura. Aquí me tienes. ―Kelse escuchó la voz justo encima de ella. Levantó la vista y vio un ángel con atuendo negro, alas empapadas de sangre carmesí y unos ojos oscuros y despiadados que no se asemejaban en lo más mínimo a los ojos compasivos que había visto pocos meses antes. La voz sonaba familiar y extraña a la vez, como si una especie de acento mancillara sus palabras.

Era Avacyn. Avacyn estaba allí. Avacyn estaba destruyendo su aldea.
"Esto no tiene sentido". Por un momento, Kelse creyó que tal vez se tratara de un sueño. Se fijó en la lanza de Avacyn, en sus largas hojas desigualadas y unidas a un símbolo de Avacyn que emitía un brillo hermoso. Sin embargo, el símbolo estaba retorcido, deformado, como si el metal se hubiera vuelto agrio. "Es imposible. El metal no puede retorcerse de esa manera. Esto tiene que ser una pesadilla".
Pero sabía que era real. Los ángeles se habían vuelto contra ellos. Los ángeles estaban matándolos.
―¡¿Por qué nos habéis abandonado?! ―chilló Kelse. Ignoraba si sus palabras iban dirigidas a Avacyn o al inclemente cielo nocturno, pero no obtuvo respuesta.
Los gritos aumentaban y cesaban repentinamente por toda la aldea a medida que los ángeles continuaban atacando con acero y fuego. Las llamas se elevaban detrás de Kelse y devoraban su hogar y los restos de su vida. Avacyn descendió lentamente, con sus alas rojas inmóviles y sus ojos de párpados negros―. La gran labor comienza. Cuán adecuado es que seas testigo de su gloria. ―Avacyn guardó silencio y miró por encima del hombro de Kelse―. ¿Dónde está la pequeña criatura? Debería encontrarse aquí.
―¡Ha huido! Está fuera de tu alcance, monstruo despreciable. ―Kelse sollozaba, luchaba por respirar entre el humo y la pena. "Huye, Maeli. Tiene que haber algún lugar seguro. Encuéntralo, cariño, ¡encuéntralo!".
―¿Fuera de mi alcance? ―Avacyn aterrizó a su lado. Kelse oyó un ruidoso zumbido que salía de alguna parte y se tapó las orejas, dolorida. Avacyn se agachó y le acarició las mejillas temblorosas―. Todo lo que existe está a mi alcance. Mis dominios no tienen límites. Y mis dominios están podridos. Putrefactos. Todo debe ser purgado. Todo debe ser purificado.
»No importa lo que haga la pequeña criatura. ―Avacyn retiró la mano―. Tarde o temprano la encontraré. Tarde o temprano os encontraré a todos. ―Retrocedió un paso y bajó su lanza hacia Kelse―. Todos arderán. Todos sangrarán. ―Las puntas centellearon con una luz roja y dorada.
Kelse cerró los ojos. "Hijo mío...". La luz era brillante, tan brillante... "Mi querido...".

Avacyn vio cómo se desintegraban los restos de la criatura mortal, cómo las cenizas se dispersaban y se arremolinaban momentos antes de caer al suelo. Del caos al orden. De la corrupción a la pureza. La paz crece.
El cielo le susurraba. Los ríos, los árboles, la hierba, la luna... Todo le susurraba la gloriosa verdad.
"Largo tiempo he escuchado los susurros de los mentirosos, y el mundo ha sufrido". Pero ahora escuchaba la verdad. Sabía que era la verdad porque todos los susurros decían lo mismo, a diferencia de las oraciones caóticas y contradictorias que había escuchado durante cientos de años. "¿Por qué no me había percatado de lo incoherentes que son estas criaturas mortales? Sus palabras cambian constantemente. Pero ya no importa". Ahora lo entendía.
Miró a la luna y la luna le susurró sus hermosas palabras. Todos arderán. Todos sangrarán. Avacyn repitió las palabras para sí misma, como una canción reconfortante que llenaba su mente de alegría. Todos arderán. Todos sangrarán. Sonrió y se rio mientras sus ángeles continuaban realizando la gran labor en la aldea en llamas.

Sombras Innistrad: Bajo la Luna Plateada

Halana y Alena son rastreadoras, cazadoras y protectoras que habitan en las profundidades de Ulvenwald, el bosque tenebroso que colinda con la provincia de Kessig. La espesura antigua de Innistrad es su territorio y tiempo ha que velan para que sus horrores no amenacen a los inocentes del exterior. Sin embargo, la situación en los bosques ha empezado a cambiar recientemente...


―¿Vosotros también habéis tenido esa sensación? ¿Esa sensación reptante? ―exponía el granjero Warin enfrente de la larga mesa de los ancianos junto a su esposa, una dama rolliza que tenía los ojos desorbitados. Los dos estaban de espaldas al consejo con el fin de dirigirse a los vecinos de Gatstaf que se habían congregado en la estrecha sala común de la parroquia. Halana observaba la escena desde el banco más próximo a la puerta, sentada junto a Alena.
»Es como si un escarabajo os trepara por el cuello ―Warin se estremeció al describirlo―, recto desde la base y directo a metérseos entre el pelo.


Hal consideró extraño que mencionara aquella sensación justo entonces, ese día. Jamás había oído hablar de tal cosa ni sabido que fuera posible; no hasta aquella esa mañana. Se había despertado con ella, una especie de hormigueo en la nuca que subía por la columna. Había llegado a inquietarla, lo cual era extremadamente raro. La sensación que la había perseguido desde el alba en el campamento hasta que cruzaron los bosques y llegaron al pueblo acababa de ser descrita apenas horas después; lo inusual de aquella situación fue suficiente para despertar un nuevo arranque. Hal reprimió un escalofrío.
―Es tan real que llegas a preguntarte si de verdad habrá algo ahí. ―El granjero Warin se rascó la nuca con preocupación. Al verlo, Hal se dio cuenta de que ella también lo hacía y entrelazó las manos en el regazo―. ¡Un ser horrible podría ocultarse bajo vuestra piel sin que lo sepáis!
Muchos vecinos se estremecieron y se movieron en sus asientos, sintiendo la picazón descrita por Warin.
―Sí, sí ―intervino el anciano Kolman moviendo una mano a un lado y a otro, como si espantara una mosca―, todos hemos tenido esa sensación, Warin, pero ¿qué tiene que ver eso con que os hayáis presentado ante el consejo?
―¡Por eso hemos venido! ―El granjero Warin se volvió hacia los once ancianos presentes. Faltaba una de ellos, ya que la anciana Somlon se había ausentado para atender la segunda jornada de los ritos funerarios que portarían a la buena lady Mary al Sueño Bendito―. ¡Por esa sensación sé que estábamos en lo cierto!
―¿Respecto a qué, Warin? ―le instó el anciano Kolman.
―¡Escúpelo de una vez! ―apremió el anciano Glather.
―¡Hay un animal poseso entre nuestro rebaño! ―La esposa del granjero Warin no pudo contenerse más―. ¡La vaca enloqueció en plena noche! ¡Devoró a otra! Pero primero la arrastró por todo el prado. Yo misma vi las huellas. El pobre animal debió de sufrir mucho. Y entonces la enloquecida la devoró. No dejó de ella más que los huesos y los dientes.
Se escucharon gritos ahogados entre los lugareños.
―¿Y cómo sabes que la vaca se comió a la otra? ―preguntó Kolman fingiendo paciencia.
―¡Vi que tenía sangre en el hocico esta misma mañana!
Más gritos ahogados.
Hal miró a Alena. No necesitaron palabras para comunicarse entre ellas. Las dos sabían que la granja de los Warin se encontraba a las afueras de la localidad. Ambas sabían que colindaba con la espesura de Ulvenwald. Y ambas sabían qué bestias habían resurgido en el bosque en tiempos recientes. En las últimas dos semanas, Alena y Hal habían despachado cada una a tres licántropos. Además, justo la noche anterior habían acabado con una manada entre las dos; pequeña, pero no cabía duda de que era una manada. No obstante, aquellos encuentros habían tenido lugar lo bastante lejos de Gatstaf como para no alarmar a los lugareños: Hal había seguido un aullido lejano, a medio camino del pasaje de la Enramada, mientras que Alena se había encargado de otro procedente de Parlaloma. Sin embargo, las miradas que compartieron decían que había motivos para creer que las bestias se habían vuelto más osadas, que trataban de abrirse camino hacia la periferia de los bosques, hacia las poblaciones y la gente. Aquello era intolerable. Ulvenwald era el territorio de Alena y Hal, y no permitirían que sus horrores oscuros salieran de allí para hacer mal a los inocentes.
―¡Es culpa de nuestros amuletos! ―La protesta de la señora Warin hizo que Hal volviera a prestar atención a la sala―. ¡Ella hizo esta chapuza de amuletos! ―El dedo acusador de la granjera señalaba en dirección a la buena lady Evelin, quien ahogó un grito de sorpresa y se llevó una mano al amuleto que llevaba al cuello―. ¡Pero no funcionan!
―¡No puede haber sido culpa de ellos! ―saltó en defensa de Evelin el hombre que estaba a su lado―. ¡Lady Evelin elabora los amuletos más eficaces y potentes que jamás hemos tenido en este pueblo! ¡Qué digo, en toda la región!
―¡Haya orden! ―gritó el anciano Kolman golpeando con su gruesa mano en la mesa, pero le ignoraron.
―¿Y cómo explicáis que una vaca estuviese poseída? ―repuso la señora Warin―. ¿Que haya huellas de que arrastrara a la otra por toda nuestra granja? ¿Que queden solo los huesos de la devorada?
―¡Eso, eso! ―secundó alguien entre la multitud.
―Los amuletos no hicieron su función ―acusó otra voz.
―Exacto, y por eso nuestra vaca fue poseída, sin duda. ―El señor Warin parecía haberse envalentonado después de oír que tantos vecinos apoyaban su causa―. Hemos sido víctimas de la negligencia de lady Evelin. ―Apretó su propio amuleto y se dirigió tanto a los vecinos como a los ancianos―. No podemos pasar más noches sin protecciones adecuadas.


Hubo un alboroto de aprobación.
Para Hal tenía sentido que los lugareños echaran la culpa a unos amuletos deficientes. O que creyeran que una res estaba poseída por un espíritu malvado. Aquellos eran fenómenos que podían explicar, situaciones que podían remediar. Sucesos que no alteraban el equilibrio delicado que creían que regía su mundo. Ellos no vivían en la misma realidad que Hal y Alena. Quienes vivían en una población no veían lo que ocurría en la oscuridad, en los bosques. Vivían en un mundo protegido por la luz del ángel Avacyn. Creían estar a salvo de los seres como los licántropos. Sin embargo, incluso en el mundo de Avacyn, los licántropos nunca se extinguían por completo. Su presencia en Ulvenwald seguía siendo constante, aunque hubiera disminuido de manera significativa. Hal y Alena lo sabían muy bien. Oían sus aullidos sobrenaturales entre los árboles, como si fuese una constante en las profundidades de los bosques.
Al pensar en sus aullidos, Hal se sintió incómoda; la sensación reptante había regresado a su nuca. Un aullido la había despertado, era lo que había suscitado aquella sensación desagradable. Al principio creyó que lo había soñado, como había repetido en sueños el combate de aquella misma noche contra la manada. Hacía tiempo que Alena y ella no se enfrentaban a una. También hacía tiempo que no tenían que lidiar con tantos licántropos en tan poco tiempo. Hal se había acostado viendo destellos de sus fauces, sus músculos y sus garras en su mente, así que no le sorprendió haberse despertado creyendo oír un aullido.
Sin embargo, ahora que observaba los ojos desorbitados de la señora Warin, le preocupó que el aullido no hubiera sido una figuración suya, un recuerdo o un sueño, sino el sonido de una bestia auténtica y real. La mismísima bestia, de hecho, que se había adentrado en el pueblo y había devorado a uno de los animales de los Warin. No podía permitir que ocurriera de nuevo―. ¿Vamos? ―propuso a Alena en voz baja.
El rostro de Alena se iluminó ante la perspectiva de iniciar la caza.
Se levantaron juntas. Hal sentía un hormigueo de expectación en los dedos y los acercó al pomo de la puerta... Pero esta se abrió de golpe justo antes.
El posadero Shoran y su esposa, Elsa, entraron estrepitosamente en la parroquia.
―¡Tocad la campana! ―chilló Elsa.
―Ha fallecido ―dijo él.
―¡La han matado! ―corrigió Elsa―. ¡Ha sido él!
El poco orden que había restablecido el anciano Kolman en los últimos minutos desapareció al instante. Los vecinos se echaron a gritar y se levantaron horrorizados.
―Pobre chica ―lamentó Elsa―. Hay sangre por todas partes. No puedo ni imaginar lo que le hizo. Sabía que era un hombre depravado y malvado, lo supe desde que pusieron un pie en la posada, en el pueblo.
―Los Palter ―susurró Hal.
Alena asintió para confirmar la sospecha.
Era obvio quiénes debían de ser la víctima y el acusado: los Palter de Gavony. Eran los únicos huéspedes de la pensión, los únicos que se habían alojado allí en el último trimestre. Hal y Alena se habían topado con el cátaro y su esposa hacía apenas una semana, mientras se adentraban en Ulvenwald por el pasaje de la Enramada. Por supuesto, les habían ayudado, escoltándolos hasta que salieron del bosque en dirección a Gatstaf y repeliendo los ataques de tres lobos, un necrófago y un roble poseído.


Hal sonrió al recordar lo rápido que Alena había despachado al árbol. La habilidosa rastreadora había mejorado tanto su destreza con el garfio en el último año que a Hal no le sorprendería que ahora pudiese derribar sin ayuda a un skaab gigante.
Los Palter se habían mostrado muy agradecidos con las dos, o al menos el señor Palter lo había hecho: su esposa estuvo tan conmocionada durante todo el trayecto por el bosque oscuro que había ocultado su frágil cuerpo bajo la capa de viaje. El señor Palter afirmaba ser un cátaro del Concilio Lunarca y había insistido en entregar a Hal y Alena un amuleto protector que él mismo había utilizado muchas veces durante su labor de vigilar el mausoleo. Hal y Alena habían aceptado el obsequio con cortesía, aunque le daban poca importancia, ya que ellas no creían en aquellas cosas... Y menos cuando se tenían la una a la otra.
―¡Tocad la campana! ―ordenó de nuevo la señora Shoran―. ¡Hay un asesino suelto en el pueblo!
Hal jamás habría considerado que ninguno de los Palter pudiera ser un asesino. El cátaro era un hombre bondadoso y su esposa era muy amable, si bien ligeramente frágil. ¿Cabía la posibilidad de que esto también fuese obra del licántropo? Parecía bastante probable.
―Vamos ―susurró Alena ladeando la cabeza hacia la puerta, que ya no estaba bloqueada. Los posaderos se habían metido en medio de la multitud de vecinos, que parecían ávidos por averiguar más detalles sobre el horripilante suceso.
Hal y Alena se escabulleron sin llamar la atención. Estaban acostumbradas a moverse sigilosamente; cruzaron la puerta en dos zancadas rápidas y ágiles y salieron a la calle adoquinada.
―Parece que el ser... ―empezó a decir Hal.
―O los seres ―añadió Alena.
―Sí, o los seres ―corrigió Hal―. Esto podría ser obra de una manada. Otra más... ―dijo en voz baja―. Con esta serían dos manadas muy próximas entre sí y actuando en la misma noche. Hacía tiempo que no sucedía. ―Lanzó una mirada a Alena, pero ella no se la devolvió de tanto que se centraba en el lugar al que se dirigían―. En cualquier caso, un licántropo o una manada atacó anoche en Gatstaf al menos dos veces: una en la granja de los Warin...
―Y otra en la posada de los Shoran, donde mató a la señora Palter.
Hal se detuvo de pronto y se tapó la boca con la mano. Acababa de percatarse de algo.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Alena mirándola de soslayo.
―Te sorprenderás, pero... ―explicó Hal apresurándose para alcanzar a Alena―. Aunque los parroquianos se equivocan respecto a la vaca poseída, creo que no iban desencaminados al señalar quién asesinó a la señora Palter.
Alena ladeó la cabeza, dubitativa.
―Ocurrió en la posada ―le repitió Hal su propia afirmación.
―En la posada... ―dijo Alena. Hal notó en sus ojos que su mente ataba los cabos―. En la habitación de los Palter... Tras una puerta cerrada.
―Y no mencionaron ventanas rotas ni que alguien entrase por la fuerza ―añadió Hal.
Cambiaron de rumbo y corrieron hacia la posada de los Shoran.

La campana municipal seguía tañendo mucho después de que tuviera sentido dar la alarma.


Por cómo sonaba, Hal pensó que la propia Elsa Shoran debía de haberse apoderado de la cuerda, quizá tras quitársela de las manos al campanero. Si estaba en lo cierto, mejor para Alena y ella, porque probablemente distraería a los ancianos, que tratarían de recuperar el control de la situación, y eso les daría más tiempo a ellas para examinar la habitación de los Palter.
Dejaron atrás la mesa de recepción y avanzaron en silencio por el pasillo. Hal señaló la única puerta entreabierta, que sin duda había quedado así cuando el posadero y su señora se marcharon atemorizados tras presenciar la escena del asesinato. Hal fue primero y Alena la siguió; ambas procuraron no alterar el ángulo de la puerta.
El olor metálico de la sangre invadió la garganta de Hal nada más entrar. Hizo un gesto a Alena para que la siguiera; rodearon una silla volcada en el pequeño recibidor y se dirigieron al dormitorio en penumbra. Alena estaba tensa. Aunque las velas estaban apagadas y las cortinas seguían corridas, había suficiente luz para ver el charco de sangre oscura en el suelo. Hal sabía que Alena no había entrado en tensión por miedo; no era la clase de chica que se asustaba al ver sangre. La quietud era su forma de aguzar los sentidos. Hal había desarrollado mucho su habilidad como rastreadora observando a Alena. La imitó y se quedó inmóvil para percibir mejor las pistas que había en el entorno. Al ver la mancha oscura, pensó en la mujer menuda a quien pertenecía aquella sangre. Solo dejó que su mente la recordase por unos instantes, en los que se permitió sentir dolor y lástima por ella. La señora Palter era inocente y había perdido la vida a manos de aquel en quien más confiaba. Hal miró de reojo a Alena. Cuán aterradores debían de haber sido aquellos momentos finales. Cuán horrible el entender lo que sucedía. Pero no podía dejarse dominar por la tristeza. Eso no ayudaría en su cometido inmediato.
Con cuidado para no tocar ni una gota de sangre, Hal recorrió el perímetro de la pequeña habitación cuadrada en el sentido de las agujas del reloj, mientras Alena hacía lo mismo en sentido contrario. Tres pistas llamaron su atención de inmediato: un trozo desgarrado de un lazo, una vela volcada sobre una mancha de su propia cera ya endurecida y un botón de plata. El botón fue lo que más intrigó a Hal. Cuando volvió a encontrarse con Alena al otro lado de la habitación, se lo señaló: estaba en el suelo, junto al charco de sangre―. Dime si me equivoco ―susurró―, pero ¿el cátaro Palter no llevaba un chaleco verde con tres botones como ese cuando lo encontramos en el bosque?
―Me temo que tu memoria es tan buena como siempre ―respondió Alena con pesimismo.
―Entonces era verdad. Su transformación tuvo lugar aquí. Mató a su propia esposa y después huyó. Pasó por la granja de los Warin, donde devoró al animal, y luego se adentró en el bosque.
―Eso parece ―susurró Alena, aunque Hal notó por su voz que albergaba dudas.
―¿Qué sucede? ―le preguntó―. ¿Has visto algo extraño?
―Fíjate bien ―susurró mirando hacia abajo―. Hay sangre, gran parte de ella en el suelo, pero ¿y los huesos, los restos de carne, pelo y tela? ¿Dónde está lo que la bestia no habría devorado?
Hal contempló la escena desde otra perspectiva. La duda de Alena era de lo más relevante. Sin embargo, antes de que su mente hallara una respuesta, otra cosa llamó su atención. Detrás de Alena, la puerta del armario empotrado estaba lo bastante entreabierta como para que Hal viese lo que había dentro. Al darse cuenta de lo que era, se le aceleró el pulso. Alena lo notó enseguida. Frunció el ceño y miró detrás de ella. Las dos observaron en silencio durante varios segundos. En el interior del armario había una silla. Parecía una silla normal, de no ser por el hecho de que la habían colocado allí. Sin embargo, eso no habría sido suficiente como para hacer que Hal se preocupase y el corazón le palpitara con fuerza. Lo que la había inquietado eran las tiras de cuero y las correas que colgaban del respaldo, los brazos, el asiento y las patas; había más de una decena, de longitudes distintas, y todas se habían partido y desgarrado. También había tres candados rotos, uno en el asiento y dos en el suelo.
―Ya no hay duda alguna ―susurró Alena.
―Él mismo lo sabía ―añadió Hal.
―Claro que sí ―dijo Alena en tono normal―. Tenemos que detenerlo. Vamos a...
No consiguió terminar la frase. En un solo movimiento, Hal le rodeó el torso con un brazo, la atrajo hacia su pecho y la llevó hacia las sombras. Permanecieron quietas y en silencio. Estaban tan acostumbradas a ocultarse de aquella manera que ralentizaron y acompasaron sus respiraciones instintivamente, volviéndose difíciles de detectar incluso para la más astuta de las criaturas.
El silencio había alertado a Hal. Más que el silencio, había sido el cese del ruido que había sonado hasta entonces. La campana ya no repicaba. Eso significaba que los habitantes de Gatstaf se disponían a investigar el asesinato. El estruendo de una multitud de pasos y voces lejanas lo confirmó: los lugareños se dirigían a la escena del crimen, la habitación en la que se encontraban Hal y Alena.
El chirrido de la puerta de la posada les indicó que no podían salir por donde habían entrado, al menos sin levantar sospechas innecesarias. Por lo general, trataban de evitar cualquier conflicto con los vecinos. Ellos toleraban a Hal y Alena, aceptaban la presencia de las rastreadoras en Gatstaf cada vez que visitaban la localidad porque habían acompañado a algún forastero o indígena en su viaje a través de Ulvenwald. A pesar de ello, los lugareños sabían que Hal y Alena vivían en los bosques oscuros y por eso las consideraban "desconocidas". Las miraban de manera extraña, compartían sospechas en susurros y recitaban oraciones al verlas pasar. Hal sentía tanto miedo como aversión en los olores de aquellos a los que se acercaba demasiado. Sería mejor que no las encontraran en la escena de un asesinato.
Alena inclinó la cabeza hacia la ventana al fondo del dormitorio, que daba a un callejón. Perfecto. Hal sonrió ante la infalible capacidad de Alena para sacarlas de situaciones difíciles. Antes de salir, Hal cerró con cuidado la puerta del armario. No había motivo para que los aldeanos vieran aquel objeto que los inquietaría. No hacía falta provocar el alboroto que sin duda se produciría si descubrieran el más mínimo indicio de la presencia de un licántropo. La gente no necesitaba creer que pretendían darles caza, puesto que no era el caso. Hal y Alena se encargarían de la situación. Ellas protegerían a los inocentes. Ulvenwald y sus peligros eran asunto suyo. Y se ocuparían de este.
Abrieron la ventana nada más oír el chirrido de la puerta del recibidor y salieron a toda prisa. El roce de la madera al bajar la ventana pasó desapercibido entre las pisadas de botas y las voces barítonas de los ancianos y otros parroquianos. Hal y Alena se marcharon por el callejón sin alertar a nadie de su presencia.

No tenían mucho tiempo. El sol ya besaba el horizonte cuando llegaron a su campamento en las profundidades de Ulvenwald. Con premura pero sin descuidarse, se equiparon cada una con su armamento de plata. Siempre portaban una pequeña arma, porque sería una imprudencia estar completamente desprovistas, pero hasta hacía pocos días no parecía haber necesidad de más. Ahora tenían tanto la necesidad como la intención de llevar casi todo consigo: flechas con punta de plata, espadas, lanzas y dagas. El metal relucía con poder.


En cuanto se prepararon, volvieron a marcharse del campamento. Recorrieron juntas el laberinto de zarzas que Hal había plantado alrededor de su hogar como medida de seguridad y se adentraron en la espesura que oscurecía paulatinamente.
Alena fue la primera en encontrar el rastro del cátaro Palter. A menudo era la que distinguía antes los olores. Su nariz, aunque pequeña y de una curvatura perfecta que daba luz a todo su rostro cuando reía, era aguda y perceptiva. Su olfato estaba bien entrenado. Hal reconoció instantes después un olor que había notado en la habitación de la posada, y entonces vio las huellas de unas botas. Siguieron juntas el rastro del licántropo homicida.
Las huellas serpenteaban entre los árboles retorcidos; parecían indicar que el licántropo se había perdido o, lo que era más probable, que luchaba consigo mismo, con el animal que tenía dentro. Hal imaginó que esa misma lucha interna fue lo que le había llevado a abandonar su vida en Gavony. Debía de haber matado allí. Seguramente más de una vez. Cuando se dio cuenta de las atrocidades que había cometido, no soportó mirar a las personas a las que había destrozado la vida. Por eso había huido. No era un comportamiento extraño para un licántropo. Lo más extraño era que hubiese llevado consigo a su esposa. Pobrecita... Hal no podía conciliar aquel comportamiento con el aura de amabilidad y compasión que había visto en el señor Palter cuando conocieron a la pareja en el bosque. Quería dar al cátaro el beneficio de la duda. Tal vez tenía intención de llevar a su señora a un pueblo seguro y alejarla de las sospechas que surgirían en torno a ella cuando él desapareciese; tal vez quería llevarla a un lugar donde pudiera empezar una nueva vida y ser feliz. Y puede que él pretendiera recluirse en los bosques... o algo peor. Hal imaginó que ella haría lo mismo si alguna vez le transmitieran la maldición: no estaba dispuesta a poner en peligro a Alena, de ningún modo. Antes se marcharía. No tendría más alternativa que irse a un lugar muy muy remoto. Y lo haría a sabiendas de que su corazón jamás lo superaría. El dolor de la huida tal vez fuera suficiente para hacer que su corazón dejara de latir. Eso sería un consuelo. Si aquella había sido la intención del señor Palter, Hal sintió por él una profunda compasión. El sentimiento duró un instante, hasta que recordó la sangre de la señora Palter derramada en el suelo. Fuese cual fuese su intención, el señor Palter había fallado a la persona que amaba. No había sido lo bastante fuerte y ese defecto había acabado con la vida de ella.
Como en respuesta a los sentimientos cambiantes de Hal por el cátaro, sus huellas también cambiaron. Estaba claro dónde había ocurrido su transformación, ya que Hal y Alena dejaron de ver las huellas de unas botas y ahora seguían las pisadas de una bestia. Fueron detrás del licántropo hasta que llegaron inesperadamente a una encrucijada. Hal y Alena observaron el rastro que se dividía en dos, visible gracias a la luz de la luna plateada.


El cátaro Palter había avanzado en dos direcciones distintas. Debía de haber seguido primero por un camino y luego, quién sabe si cerca o lejos de aquella intersección, había vuelto sobre sus pasos y tomado otro rumbo.
―Hacia el este se encuentra Gatstaf; hacia el oeste, la espesura ―dijo Alena―. Parece que la bestia estaba indecisa.
―Eso creo ―confirmó Hal. No le sorprendía que Alena hubiera llegado a la misma conclusión―. Entonces, ¿por dónde fue primero? ¿Dónde está ahora?
―¿Dejó que el hambre lo llevara al pueblo y luego se retiró a otro lugar? ―Alena miró hacia el bosque.
―¿O trató de resistir el hambre, pero sucumbió a ella y regresó al pueblo? ―Hal miró en dirección a Gatstaf.
―Tenemos que... ―empezó Alena.
―Ir al pueblo ―concluyó Hal.
Y echaron a correr.
El lugar en el que las huellas surgieron de Ulvenwald era la granja de los Warin. No las sorprendió. Era sabido que los licántropos regresaban a las zonas de alimentación que les parecían fértiles. Sin embargo, el señor Palter no se había alimentado allí aquella noche, al menos de momento. La prueba de ello era que la última de las dos vacas de los Warin seguía de una pieza al otro lado del prado, de espaldas a las huellas de la noche anterior, que Hal distinguía a la luz de la luna. Eran tal como las había descrito la señora Warin: profundas y curvadas, como si hubieran arrastrado un cuerpo grande por la hierba y aplastado las briznas. Pobre animal.
Hal se acercó a las huellas y siguió el camino que debía de haber recorrido el licántropo. Era un comportamiento extraño para un ser tan bestial. ¿Por qué no limitarse a devorar la res? Tal vez trataba de resistir sus instintos incluso entonces. Hal siguió componiendo su imagen del cátaro Palter. Era un buen hombre, una persona amable, un miembro de la iglesia. Parecía que sus intenciones no eran malas, incluso aunque no estuviera en sus cabales.
―He perdido su olor. ―Las palabras de Alena la sacaron de su ensimismamiento. Se unió a ella para tratar de recuperar el rastro y se recordó a sí misma que las intenciones no valían de nada si los actos no las acompañaban. Alena y ella tendrían que matar al licántropo.
―¡Un asesinato! ¡Ha habido otro asesinato! ―gritó en plena noche lady Elsa Shoran―. ¡El campanero! ¡El pobre Orwell ha muerto!
Entonces oyeron el repique de la campana municipal. La propia lady Elsa debía de ser quien volvía a tañirla.
Alena y Hal no perdieron tiempo; antes de que la voz de lady Elsa dejara de resonar, se movieron en la oscuridad como dos sombras. Ocultándose en los rincones oscuros, se acercaron a la multitud que se había reunido en torno al campanario. Se aproximaron en silencio y vieron entre el panorama de hombros y cuellos el charco de sangre oscura que había al pie de la torre. El patrón era inconfundible. Aquello había sido obra del señor Palter. El licántropo había vuelto a matar.
Como en respuesta a la conclusión de Hal, un aullido procedente de Ulvenwald rasgó la noche. Sin mediar palabra, Hal y Alena salieron disparadas hacia el bosque, pero antes de abandonar la plaza, Hal miró hacia atrás por encima del hombro. Había algo en aquella escena que la inquietaba. Sin embargo, no era el momento de preguntarse qué podía ser. Volvió la vista hacia los árboles. La caza continuaba.
Al adentrarse en la foresta por la granja de los Warin, les resultó fácil encontrar de nuevo las grandes huellas lupinas. Siguieron el rastro hasta el lugar donde se dividía y esta vez se dirigieron al oeste, a las profundidades del bosque. Hal se dio cuenta de hacia dónde se encaminaban: las ruinas de la antigua Avabruck, la capital perdida. Un lugar repleto de geists y carroñeros. Tal vez tendrían que enfrentarse a más enemigos que aquel al que perseguían. Mientras corrían, Hal tocó la empuñadura de su daga favorita, dispuesta a defender sus bosques.


Alena levantó una mano y se detuvo de repente. Hal estuvo a punto de arrollarla, pero consiguió detenerse justo a tiempo y vio lo que había alarmado a Alena. Delante de ellas, tirado en el suelo, estaba el cadáver del campanero. Orwell se había vuelto de un blanco fantasmagórico y su piel se había marchitado por la falta de sangre en el cuerpo; un cuerpo que parecía casi intacto. Tenía las extremidades extendidas, como si las hubieran colocado así a propósito. La vegetación y la hierba de los alrededores estaba aplastada; parecía que habían arrastrado por ella algo pesado.
Algo no encajaba. No tendría que haber un cuerpo. La bestia debería haberlo devorado.
Con los sentidos totalmente alerta, Hal y Alena investigaron la escena. Alena se ocupó del perímetro y Hal se acercó al terreno pisado. Se dio cuenta de un detalle antes de medir las huellas: su forma y su curvatura eran idénticas a las del rastro que habían visto en el prado de los Warin. Aquello no tenía sentido. ¿Acaso se trataba de una especie de ritual? ¿El señor Palter intentaba resistir el impulso de alimentarse? ¿A qué clase de licántropo se enfrentaban?
Hal se volvió hacia Alena para plantearle la pregunta, pero tenía la vista clavada en un lugar de los alrededores, apenas iluminado por la luna. Hal siguió su mirada y entonces lo vio: había un segundo cuerpo. Se acercaron juntas y, en el mismo estado en que habían encontrado al campanero, hallaron el cuerpo de la fabricante de amuletos, lady Evelin, también con las extremidades extendidas y la hierba aplastada alrededor. Un poco más allá estaba el cadáver de la anciana Somlon, dispuesto de la misma manera.
―La anciana Somlon tendría que estar... ―comenzó Hal.
―Atendiendo unos ritos funerarios ―terminó Alena.
―No debió de tener la oportunidad de hacerlo. Fíjate. ―Hal señaló un detalle que hizo que le temblase la mano: el lazo de la blusa de la anciana. Era idéntico al que habían encontrado en la habitación de los Palter. Y allí, en la manga de la blusa, había un desgarro donde habría encajado el trozo que habían visto.
―Si la víctima de la posada fue la anciana Somlon... ―aventuró Alena.
―Si aquella sangre era suya... ―añadió Hal.
―¿Qué le ocurrió a la señora Palter?
Hal volvió a notar la sensación reptante, que esta vez subió por toda la espalda hasta llegar al cráneo. El escalofrío que la recorrió se vio acentuado por las vibraciones del aullido que sonó en ese mismo instante.
―¿Y qué ha sido del señor Palter? ―preguntó Hal.
―Ha llegado el momento de averiguarlo ―sentenció Alena. Salió corriendo en dirección al origen del aullido y Hal fue detrás de ella.
Mientras atravesaban la espesura, Hal se dio cuenta de que avanzaban en paralelo a otro rastro. Se separó un poco de Alena para acercarse a las huellas. Eran marcas de botas. ¿Podían ser del señor Palter? Hal cayó en la cuenta de algo.
―¿Qué ocurre? ―Alena había notado su inquietud incluso al correr entre los árboles.
―Dudo del momento de la transformación. ―Su mente trabajaba a toda prisa, al igual que sus pies; ató cabos para tratar de encontrar la solución a una pregunta que no sabía responder―. Si ocurrió aquí... en los bosques...
―Lo hizo ―dijo Alena jadeando mientras corría―. Hemos visto pruebas. Había huellas humanas y luego otras lupinas.
―No ―corrigió Hal―, hemos visto huellas de botas... Y más tarde, de patas. Por separado.
―Sí, ¿y? ―dijo Alena con impaciencia.
―Si son de la misma persona ―continuó Hal―, ¿por qué no hay restos de las botas?
Alena aflojó el paso apenas imperceptiblemente, pero Hal se dio cuenta de ello; había llamado su atención. Señaló el rastro que había a sus pies―. ¿Y por qué vuelve a haber huellas de botas aquí?
Alena bajó la vista y se fijó en ellas.
―¿Y si...? ―empezó a decir Hal cuando creyó que Alena había tenido tiempo de llegar a la misma conclusión.
―¿No es el señor Palter? ―terminó Alena.
―¿Y si el licántropo es...? ―Hal no llegó a mencionar a la señora Palter, porque en ese momento llegaron a lo alto de una colina desde la que se divisaba un pequeño claro. Y en dicho claro vieron lo que parecía un altar improvisado, hecho con piedra retorcida.


El altar estaba desnivelado y tenía un aspecto rudimentario, y sobre él yacía el buen cátaro Palter.
Detrás de él, con la capucha cubriéndole la cara como cuando la habían conocido en el bosque, estaba la señora Palter. Tenía los brazos en alto sobre el cuerpo de su esposo y entonaba un cántico. Un cántico demoníaco. Hal reconoció un nombre entre los sonidos guturales: "Ormendahl. ¡Ormendahl! ¡ORMENDAHL!", recitó claramente. Aquella mujer había hecho un pacto con un demonio.
―Bes, por favor... ―Hal sintió un gran alivio al oír la débil voz: el buen cátaro Palter seguía vivo.
―¡Silencio! ―le espetó su esposa. Acto seguido desenvainó un puñal.
Hal y Alena se lanzaron hacia el claro corriendo colina abajo. La señora Palter levantó la vista al oírlas aproximarse, pero apenas llegó a distinguir sus siluetas justo antes de que la derribasen.
Aunque se debatió con más violencia y sus brazos eran más fuertes de lo que Hal pensaba, consiguieron inmovilizarla. Alena extrajo su daga.
―¡No! ―gritó el cátaro Palter desde el altar―. ¡No le hagáis daño!
―Trataba de acabar con usted ―le respondió Hal.
―Soltadla, por favor... No sabe lo que hace. No lo entiende.
―Ha sido ella, ¿verdad? ―preguntó Alena situando su daga en el cuello de la señora Palter―. Los ha matado. A todos.
El cátaro no lo negó.
―La sangre que había en vuestra habitación era de la anciana Somlon, ¿cierto? Os marchasteis de Gavony porque conocías los crímenes de tu esposa... y aun así la trajiste a Gatstaf. Trataste de contenerla, la encerraste en la habitación, pero las ataduras no resistieron el mal que la posee. ―Alena denunció una verdad tras otra―. Y entonces escapó. Intentó matar en la granja de los Warin; grabó sus marcas demoníacas en el suelo, pero la detuviste. Después no pudiste controlarla. La seguiste por el pueblo, incapaz y reacio a impedir que reuniera a sus víctimas, así que las trajiste aquí para ocultarlas. Para ocultarla a ella. Trasladaste los cuerpos uno tras otro. Tres muertos, Palter. Ha matado a tres inocentes.
―¡Es culpa mía! ―lamentó el cátaro Palter―. ¡Yo tengo la culpa de todo! El mausoleo estaba bajo mi custodia. Fuera lo que fuese la cosa que emergió de él aquella noche, podría haberla detenido.
Hal lo dudó mucho. No era la primera vez que oía el nombre del demonio, Ormendahl. Por lo que decían las historias que conocía, un único guardia no habría podido detenerlo por muy noble y bienintencionado que fuese.


Por tercera vez en la noche, Hal sintió compasión por el señor Palter. Sin embargo, aquello no bastaba para dejarla libre a ella, puesto que la mujer estaba perdida sin remedio; el ser que se retorcía bajo Alena y ella no era la señora Palter. A él le resultaría imposible comprenderlo. Hal asintió a Alena y esta se dispuso a clavar la hoja. Pero justo entonces el señor Palter medio cayó, medio se arrojó desde el altar y se desplomó sobre Hal y Alena.
En ese instante, su presión cedió lo suficiente para que la mujer maldita se liberase. La señora Palter se levantó de un salto y Hal sintió el poder que se acumulaba en el escuálido cuerpo de la mujer. Entonces abrió la boca con la mandíbula casi desencajada y rugió a Hal y Alena. El sonido era similar al aullido de un licántropo. Una idea acudió a la mente de Hal mientras Alena y ella se lanzaban sobre la mujer: "¿Dónde está el licántropo?". Las piezas no encajaban. Las huellas del bosque eran claramente lupinas. La vaca había sido devorada excepto los huesos y los dientes. Aquello no había sido obra de la señora Palter, ¿verdad?
Las reflexiones de Hal provocaron que no percibiera un movimiento evasivo de la mujer que podría haber contrarrestado si se hubiese centrado en el combate. La señora Palter se movió con más agilidad de la esperada y, antes de que Hal pudiera compensar el descuido, se abalanzó sobre su esposo y lo apuñaló en el pecho.
Hal y Alena se le echaron encima antes de que pudiera extraer el arma y apuñalarlo de nuevo, pero el daño estaba hecho. El débil gorgoteo del buen cátaro lo confirmó.
Era casi imposible inmovilizar a la mujer en el suelo. Sus sacudidas fortalecidas por el pacto demoníaco eran tan violentas que tuvieron que colaborar entre las dos para sujetar incluso un brazo. Sin embargo, Alena y Hal tenían mucha experiencia; aquello era como forcejear contra una monstruosidad de tumbamohosa y Hal había vuelto a centrarse en el combate. Aunque la señora Palter luchó con todas sus fuerzas por levantarse, lo único que pudo hacer fue levantar la cabeza. Cuando lo hizo, la capucha se deslizó a un lado. Hal y Alena vieron el rostro de la mujer por primera vez desde que la habían conocido en los bosques. Estaba tan desfigurado por el poder demoníaco, tan horripilante era la carne mudada, que Hal gritó. La señora Palter sonrió y empezó a entonar un cántico que hizo que sus iris cambiasen de un azul pálido a un negro tenebroso y reluciente. La oscuridad se expandió rápidamente por el resto de sus ojos. Hal miró a Alena, que también se esforzaba para contener a la señora Palter. No pudieron hacer nada cuando la mujer utilizó contra ellas el enorme poder demoníaco que había acumulado.
Hal salió despedida hasta que se estampó de lado contra el tronco de un árbol. Un dolor intenso le recorrió un hombro y la cabeza mientras caía al suelo.
Luchó para levantarse, para obligar a sus extremidades a moverse como les ordenaba, para hacer que su vista dejara de mostrarle manchas triplicadas. El dolor que sentía en el lateral del cráneo era como una hoja clavada en el resto de su cuerpo que la empujaba hacia el suelo. Pero no podía dejar que ocurriera, porque ante ella veía a Alena, quien se derrumbaba bajo los puñetazos demoledores de la señora Palter. Aunque Alena volvía a levantarse una y otra vez, no era rival para el torrente de fuerza que parecía fluir sin cesar a través de la mujer maldita. Entonces, la señora Palter recogió su puñal.
―No... ―El grito de Hal apenas fue audible, a pesar de su desesperación. Luchó contra la debilidad de sus extremidades y se obligó a ponerse en pie. Mas no fue lo bastante rápida. El puñal de la señora Palter descendió sobre Alena.
El grito entrecortado de Hal jamás llegó a oírse, puesto que se ahogó bajo el rugido de un licántropo. El puñal de la señora Palter se desprendió de su mano y la mujer se estampó en el suelo tras recibir el potente zarpazo de una garra lupina. La sangre voló por todas partes, proyectada por las dentelladas y las cuchilladas de la bestia gigante.
Alena rodó para apartarse de la refriega y Hal llegó junto a ella en un instante. Se abalanzaron juntas sobre la violenta y ensangrentada señora Palter y clavaron sus dagas en ella.
Cuando la maldición demoníaca abandonó las extremidades sin vida de la mujer, su cuerpo se marchitó y se consumió a sus pies. Entonces, Hal y Alena se encontraron hombro con hombro, cara a cara con un licántropo inmenso y jadeante.
Antes de que pudieran reaccionar o comunicarse sus intenciones la una a la otra, oyeron un rugido entre los árboles a su izquierda. Y luego oyeron otro desde la derecha. Uno a sus espaldas, dos delante de ellas. Entonces vieron que había ojos amarillos y brillantes por todos lados, donde se reflejaba y deslustraba la luz de la luna plateada. Estaban rodeadas. ¿Cuántos había? Una decena, quizá dos.


Hal sintió que Alena estaba tensa, pero no era su actitud firme habitual: estaba paralizada, crispada. Hal levantó su daga ensangrentada y cruzó la mirada con el mayor de los licántropos, el que tenían ante ellas. Si iban a morir aquella noche, lo harían luchando.
Sin embargo, antes de que Hal se preparase para atacar, el licántropo cambió de forma. Ocurrió tan repentinamente que Hal apenas vio la transformación. De pronto, la bestia era una humana de aspecto firme e imponente. La luna plateada se reflejaba en su piel pálida y resplandecía en las puntas blancas de su melena. Hal nunca había visto a un licántropo regresar a su forma humana en pleno combate. Jamás. Era imposible. Pero acababa de ocurrir.
Ninguna de las tres movió un músculo por unos segundos. Entonces Hal bajó su daga muy despacio y la dejó en el suelo sin perder el contacto visual con la desconocida. Alena lanzó una mirada inquisitiva a Hal, pero hizo lo mismo tras ver su convicción.
A Hal le pareció ver que la mujer desnuda asentía levemente antes de volverse hacia el resto de la manada, que aguardaba resollando, lista para la batalla, hambrienta. La mujer giró la cabeza breve y tajantemente a un lado. En respuesta se oyó un único gemido y la manada se alejó y desapareció entre la espesura de Ulvenwald.
Hal y Alena se quedaron a solas con la mujer que acababa de salvarles la vida.
Hal carraspeó. Quería darle las gracias, pero no le salieron las palabras. En vez de eso, desabrochó su gabardina y se la ofreció a la mujer.
―Gracias ―dijo la mujer aceptando el abrigo y echándoselo sobre los hombros.
―Gracias a ti por salvarnos ―respondió Hal con un hilo de voz.
―No lo he hecho por vosotras. La perseguía a ella. ―Señaló los restos de la señora Palter―. Y a otros como ella. Hay demasiados en nuestros pueblos.
―Entonces, el rastro era tuyo ―intervino Alena―. Y tú devoraste a la vaca.
―De no haber querido acabar con su miserable vida ―continuó la mujer, sin tener en cuenta los comentarios de Alena―, no habría salvado las vuestras.
La afirmación sorprendió a Hal.
―Pero ya que seguís vivas, os lo advierto: dejad de matar a mi manada.
―¿A los licántropos? ―preguntó Alena.
―Si no lo hacéis, me veré obligada a intervenir. Y si eso llega a ocurrir, acabaré con vosotras. ―El mensaje de la mujer no era una amenaza, sino una declaración.
―Este es nuestro bosque ―se enfureció Hal―. Ulvenwald está bajo nuestra protección.
―No podemos tolerar que haya licántropos en nuestro territorio ―añadió Alena.
―No tenéis elección ―sentenció la mujer―. Además, sois unas necias si creéis que podéis proteger solas este bosque contra lo que se avecina, o que incluso conseguiréis sobrevivir por vuestra cuenta. Marchaos del bosque, pequeñas cazadoras. Dejadlo en nuestras manos.
―Jamás. ―Alena apretó los puños.
―¿Qué se avecina? ―preguntó Hal con tono serio.
―No lo sé.
Alena bufó, pero Hal guardó silencio. Aquella mujer tenía algo que le hizo prestar atención a sus palabras.
―No lo sé exactamente ―continuó―, pero tanto vosotras como yo hemos visto suficiente como para saber que aquí hay cosas peores que los licántropos ―dijo señalando el altar de la señora Palter―. Este mundo nos necesitará pronto. Dará la bienvenida al clamor de nuestros aullidos y al músculo de nuestra manada. Quizá seamos la única fuerza que podrá enfrentarse a aquello que lo amenace.
―Nosotras lucharemos contra cualquier cosa que amenace Ulvenwald ―afirmó Alena―. No nos amedrentaremos ante nada.
―Si os quedáis aquí, moriréis ―dijo la mujer con un suspiro. Se quitó de los hombros la gabardina de Hal y la dejó caer al suelo―. Esta noche habéis sobrevivido solo porque he intervenido, solo porque un licántropo os ha ayudado. Reflexionad sobre ello. O no. Haced lo que queráis, pero os repetiré mi consejo: marchaos de Ulvenwald y no regreséis. Y rezad, si acaso lo tenéis por costumbre.
―No vamos a... ―quiso replicar Alena, pero la mujer ya había vuelto a asumir su forma lupina. El cambio fue totalmente distinto de las transformaciones violentas que Hal había visto en otros licántropos. Aquella mujer no era como los demás. Con un último rugido, les dio la espalda y se adentró en la arboleda.
Hal y Alena se quedaron solas en el claro iluminado por la luna en las profundidades del bosque. Hal notó una vez más la sensación reptante, esta vez como si fuesen dedos que recorrían su columna. No pudo contener un escalofrío. La sensación no había vuelto debido a la licántropa, sino por otro motivo totalmente distinto que aún no conocía o entendía.
Alena la observaba con audacia en los ojos, dispuesta a correr, pero Hal no sabía en qué dirección deberían ir.

Arlinn Kord surcaba la espesura a toda velocidad. Necias humanas... ¿Cómo podían estar tan ciegas? Esperaba no verse obligada a matarlas algún día. Eran fuertes y salvajes, características que ella apreciaba. En otra vida tal vez habría trabado amistad con ellas. Pero esta vida no se lo permitía; en esta vida, Arlinn no podía tener amigos.


Juramento Guardianes: Zendikar Renaciente

Los titanes eldrazi han sido destruidos. El plano de Zendikar se ha salvado. Y ahora, los cuatro Planeswalkers que lo han hecho posible deben decidir qué harán a continuación.



Tenía la garganta como una lija cuando tragó saliva. Seguramente había roncado. En la comodidad de su catre, envuelto en una cálida manta de piel de buey, Gideon dejó que sus ojos se abrieran. Todavía estaba oscuro en la tienda de campaña, pero retiró la manta y el aire, aunque tranquilo, le mordió la piel con una frescura que presagiaba el estado del mundo en el exterior. El frío que precedía el amanecer le puso la piel de gallina hasta que encontró su camisa y se vistió. Se lavó la cara con el agua que había en un cuenco que descansaba en la silla de la entrada y terminó de vestirse. Había dejado un pellejo de agua colgado en uno de los soportes de la tienda. Lo recogió y se lo ató a la espalda antes de apartar una de las pesadas cortinas de la entrada.
Cuando Gideon se dispuso a salir, un reflejo en el interior de la tienda llamó su atención. Giró la cabeza y vio la silueta de su coraza en un rincón, detrás del catre. Allí se quedaría, junto con las grebas, las hombreras, el escudo y el sural; al menos de momento. Ahora mismo no necesitaba nada de aquello y de pronto se dio cuenta de la ligereza que sentía en la espalda y los hombros. Era una sensación agradable.
El frío también lo era. Soplaba una brisa fresca desde el este, que disipó el calor que había encontrado bajo la manta. Por encima del silbido del viento, Gideon oyó la catarata que vertía el contenido de las masas terrestres que flotaban sobre el otro extremo del campamento. El horizonte empezó a volverse púrpura y Gideon respiró hondo para saborear el aire matutino, impregnado con el aroma procedente de las primeras fogatas donde se preparaba el desayuno.
Entonces echó a correr, con el pellejo golpeteando suavemente entre los omóplatos.
Aquel era su ritual, si es que se podía llamar así después de solo tres días: tras despertar antes del amanecer, Gideon corría sin el estorbo de las armas ni la armadura, libre de la logística de mantener un ejército. Podía concentrarse en respirar. Su única preocupación era que cada paso siguiera al anterior.
La ruta de Gideon le llevaba alrededor del perímetro de lo que había sido el gran campamento zendikari. El lugar era una aglomeración de islas flotantes que rodeaban un enorme edro abandonado que se había inclinado. Las diversas masas terrestres estaban conectadas mediante cuerdas y puentes.

En aquel lugar, que se había bautizado como Roca Celeste, las gentes de Zendikar habían formado un ejército sin precedentes para luchar juntos contra la destrucción que auguraban los Eldrazi. Antes de que el ejército marchara hacia Portal Marino, el campamento había crecido tanto que la tierra flotante no era suficiente para amparar a todos, por lo que se había levantado un campamento secundario a la sombra de Roca Celeste. Sus números habían disminuido desde entonces. Muchos habían encontrado su fin en Portal Marino y, aunque habían destruido a los titanes, más y más zendikari malheridos fallecían a diario.
En las alturas, las nubes anaranjadas bajo la luz del amanecer surcaban el cielo tenue. Siguió su rumbo con la vista hacia el horizonte, donde el sol amenazaba con atravesar la superficie del mar. Los ojos de Gideon se detuvieron en un punto intermedio: las ruinas de Portal Marino. Incluso a la luz baja de la mañana, podía ver lo que antaño había sido un dique de piedra blanca y reluciente, coronado por un gran faro; ahora no había más que vestigios de su antigua gloria, un diente podrido en la boca de la bahía.

Portal Marino. La cuenca de Halimar. Allí había ocurrido todo. En su mente, Gideon yuxtapuso la secuencia de acontecimientos recientes sobre el paisaje, incluida la destrucción de los Eldrazi. Jace debía de ver el mundo de esa forma, como una serie de situaciones que seguían una especie de orden lógico que podía distinguir. Jace había demostrado su valía. Se había quedado cuando otros se habrían ido. Había sido la persona adecuada para resolver el enigma de las líneas místicas. Además, ahora eran hermanos de juramento.
Gideon pensó en los Guardianes, aquellos tres Planeswalkers que compartían su visión. Además de Jace, Nissa, a quien conocía desde hacía poco, se había comprometido a ayudar a otros mundos más allá del suyo.
Y luego estaba Chandra. Al final había venido. Claro que sí.
Gideon corrió por un puente colgante que unía dos colosales rocas y las tablas de madera temblaron con cada pisotón. Después de cruzar se detuvo un momento, echó mano del pellejo y se lo acercó a la boca para beber.
―¿Hoy estás perezoso? ―dijo alguien por detrás de él. Unas botas pisaban con fuerza las tablas del puente y Gideon se volvió justo para ver pasar una silueta junto a él; se sobresaltó y derramó un chorro de agua que le empapó la camisa.
―Solo quería darte la oportunidad de alcanzarme, comandante-general ―respondió a Tazri. Sonrió y fue detrás de ella; ahora le tocaba a él alcanzarla. Puso las piernas a trabajar y corrió a toda velocidad. En cualquier momento llegaría su ocasión de burlarse al adelantarla. En cualquier momento... Sin embargo, por mucho que se esforzase, Tazri se mantuvo por delante. Y a Gideon le encantó.
Los dos soldados corrieron juntos sin hablar durante un rato. Recorrieron los alrededores del campamento al son constante de sus pisadas y su respiración.
El campamento despertó poco después. Se encendieron más fogatas y los sonidos típicos de un ejército al romper el día llenaron el ambiente―. Voy a hablar con los voluntarios ―comentó Tazri sin aflojar el paso. Gideon giró la cabeza hacia ella y siguió su mirada hacia el lugar donde un nuevo grupo, una compañía mixta de kor y elfos, se preparaba para partir hacia algún rincón remoto del plano.
―¿Cuántos crees que se quedarán? ―preguntó Gideon. Ulamog y Kozilek habían muerto, pero seguían recibiendo informes con avistamientos de engendros.
―No lo sé. ―Tazri soltó un sonido a medio camino entre un bufido y una risita―. Pero tengo la sensación de que dentro de pocos días acabaremos corriendo alrededor de un campamento vacío.
―Entonces deberías preparar tu discurso. ―Gideon le mostró una sonrisa, pero Tazri estaba en otra parte. Estaba en la tienda de mando, consultando mapas y debatiendo con sus oficiales. Estaba en el almacén, discutiendo sobre los suministros. Estaba en el campo de batalla, liderando desde la vanguardia. Y estaba en su mente, preparando discursos. La carga del liderazgo. Ahora era suya, de la comandante-general Tazri. Gideon creía que era la más capacitada.
―¿Y qué hay de ti, Gideon? ―preguntó ella―. ¿Puedo contar con que nos ayudarás a acabar con los últimos Eldrazi?
Cuando volvieron a encontrarse tras huir de la cueva del demonio, Gideon había notado un cambio en Tazri. En aquel momento no tenía manera de describirlo, pero ahora le parecía que era una sensación de calma. Acabaría envuelta en la vorágine que acompañaba al liderazgo, pero no se doblegaría ante ella. Tazri estaba decidida a resistir todo el tiempo que hiciera falta―. Estoy a tus órdenes, comandante ―dijo Gideon.
―¿Hasta...? ―dejó ella en el aire.
―Hasta ―confirmó él. Gideon no era nativo de Zendikar. Había viajado al plano para hacer lo que pudiese contra los Eldrazi, pero otras amenazas se cernían sobre más mundos y había prometido a los Guardianes que intervendría donde otros no podían hacerlo.
Volvieron a correr en silencio.
―Pues hasta entonces, me alegro de que estés con nosotros ―dijo Tazri unos momentos después. Esta vez fue ella la que sonrió y aceleró el ritmo de repente, y Gideon no fue capaz de seguirla.

Dos manos ásperas y callosas tocaron el hierro. En la piel apenas quedaban restos de la sangre reseca del campo de batalla, pero aún había algunas líneas rojas bajo las uñas. El hierro que tocaron no eran ni el pomo de una espada ni la superficie curva de un escudo, sino el fondo metálico y frío de un grueso caldero. Palparon la base rugosa y las patas robustas y bajas, subieron rozando el borde ancho y el cucharón de tamaño exagerado que colgaba en un lateral y se posaron a ambos lados del caldero. Allí, descansando contra el metal, las manos transfirieron su temperatura. Un calor constante fluyó desde los dedos y las palmas hasta el hierro negro, y desde él hasta el caldo frío del interior.
El caldo se templó lentamente hasta hervir y la tapa se agitó, desprendiendo un aroma reconfortante. Olía a hierbas, tubérculos y cebolla dulce; era una receta nacida de la necesidad, hecha con los ingredientes que habían traído algunos soldados de Tazri el día anterior. La prepararon allí mismo, en el lugar donde los titanes habían surgido y caído; el campo de batalla volvía a ser solo un campo.

Chandra separó las manos del caldero y se apoyó en los brazos para cambiar de posición en su asiento improvisado y no precisamente cómodo. Sujetó el desmedido cucharón con una mano y levantó la tapa con la otra. Tuvo que inclinarse un poco sobre la olla y sus lentes se empañaron al asomar. Hundió el cucharón generosamente para recoger la enjundia que se había depositado en el fondo y llenó un cuenco hasta el borde.
Sirvió el desayuno desde su asiento hasta que nadie más hizo cola. Cuando los exploradores regresaron con más raíces y hierbas y rellenaron el caldero, volvió a calentar el caldo y sirvió una segunda ración para todos, e incluso hubo quienes tomaron una tercera.
Chandra tenía los músculos doloridos de tanto estar sentada; además, el objeto que había decidido usar como asiento no hacía bien su servicio. Pero no le quedaba más remedio.
Cuando los soldados se llevaron el caldero, Nissa se acercó con un montón de mantas entre los brazos. Chandra le dedicó una sonrisa torcida y Nissa depositó en su regazo las mantas, capas y capas de lana áspera y fragante. Los ojos de Nissa eran tranquilos y reflexivos, de color verde sobre verde. A Chandra le gustaban sus movimientos armoniosos y sus manos amables.
Bajó la vista hacia la pila de mantas. Cerró los ojos, se centró... Y entonces se abrazó a las mantas con una sonrisa y hundió la cabeza en la lana. Mientras su cuerpo las envolvió y sus palmas (casi limpias de sangre) apretaron el tejido, las mantas se calentaron.
Le pareció extraño usar la piromancia de forma tan mundana, pero le gustó. Un hechizo sencillito para dar calor, conjurado con un simple hilo de maná... después de haberse convertido por unos instantes en el conducto humano para el maná de todo un mundo. Chandra se sentía fatigada, dolorida en una especie de músculo abstracto que no podía estirar. En cambio, esto le parecía...
Ínfimo. Modesto. Correcto. Un regreso a canalizar centellas de maná y aprender hechizos de calor. Casi como regresar a la normalidad.
Una ligero remolino de vapor brotó de la lana. Se separó de las mantas y Nissa volvió a recogerlas entre los brazos. Chandra observó a su nueva... ¿aliada? ¿Compañera? No, una persona que nos ayuda a sobrevivir es una amiga. Vio a Nissa caminar entre los convalecientes que descansaban en las tiendas de campaña y los catres improvisados, repartiendo las mantas calentadas mediante magia. Las colocó sobre los hombros magullados y los torsos temblorosos mientras los sanadores y clérigos zendikari realizaban sus curas.
Jace no se acercó a saludar. Estaba junto a un edro del tamaño de una roca, envuelto en su capa. Permanecía quieto, pero de algún modo parecía como si paseara, quizá recordando absorto los sucesos de los últimos días.
Por fin apareció Gideon, con el sural guardado en la cintura. Aquella mañana apenas llevaba armadura, pero Chandra se fijó en que seguía atento a los alrededores y comprobaba el estado del campamento y los accesos de Roca Celeste; "siempre vigilante, en la guerra o en la recuperación", pensó. Se puso al lado de Chandra, junto a su hombro―. He hecho una batida con Tazri. Aún quedan algunos engendros, pero hemos eliminado a la mayoría. Estamos a punto de acabar.
―Buen trabajo, lord-comandante-caballero-general. ―Le dio un golpecito en el bíceps.
―Vuelvo a ser solo Gideon. ―Apoyó los pulgares en las correas del peto―. ¿Esa cosa es cómoda?
―Bueno, quería sentarme en ella ―dijo Chandra encogiéndose de hombros. Se apoyó en los brazos para cambiar de posición en el asiento improvisado.
―¿Piensas volver a Regatha? ―cambió él de tema.
―Gideon, el otro día hablaba en serio. Hasta levanté la mano y todo.
―Lo sé, pero puedes regresar si tienes compromisos pendientes.
―Je, ¿acaso tienes que darme permiso?
―Lo que quiero decir es que nuestra labor ha terminado por ahora. Has cumplido tu parte. Podemos volver a reunirnos cuando nos necesiten.
―Voy a implicarme en esto, Gideon ―dijo dándole un codazo en las costillas―. Ahora formo parte de los Guardianes.
―Bueno es saberlo. ¿Qué tal las piernas? ―preguntó evitando bajar la vista.
―Meh... ―refunfuñó Chandra. Se llevó las manos inconscientemente a las rodillas. Tenía sensibilidad en las piernas, aunque muy poca, como si fuesen suyas solo en parte. Dio golpes suaves al suelo con los pies para demostrar que ya los movía―. Se recuperan. Los sanadores dicen que fue por culpa del hechizo, el grande; al parecer quemé más reservas de las que debía. Me han comentado que estaré bien dentro de unos días, pero yo creo que es cuestión de horas. Que intenten impedirme bailar.
Las cejas de Gideon se crisparon por un instante; no pudo disimular el gesto. Aquel hombretón creía que la preocupación era como la ropa interior y la ocultaba bajo capas de entereza y acero.
―Si no hubieses venido... ―Gideon dejó la frase inconclusa y negó con la cabeza.
―Pues sí, menos mal que me lo pediste ―comentó ella. Le pegó un puñetazo en el brazo.
Gideon se quedó quieto, tratando de encontrar algo que mirar en el horizonte.
―Eh ―lo llamó Chandra―, hemos ayudado a esta gente. Podemos ayudar a otros.
―Vale, pero no uses nada más que esos hechizos menores por un tiempo ―le dijo apretándole un hombro―. No hagas esfuerzos. Yo voy a... ―Miró alrededor―. Voy a hacer otra ronda. ―Y se marchó.
Chandra se ayudó de las manos para mover y cruzar las piernas. Se recostó en el "asiento", que daba la impresión de ser de hueso chamuscado, pero visto de cerca no parecía hueso. Se preguntó qué parte del cráneo de Ulamog había sido; quizá de la nuca, donde la musculatura espinal del titán había estallado en fragmentos de vacío. Chandra esperaba que fuese de la parte delantera, entre las protuberancias de la mandíbula; de la máscara que se había vuelto hacia ella mientras era pasto de las llamas. Se tumbó y apoyó la cabeza en sus manos ásperas y callosas.


Jace estaba al lado de un gran edro caído, alejado de la multitud de zendikari. Desde aquel lugar elevado veía el valle donde el glifo de líneas místicas de Nissa había quedado grabado en la tierra, brillando con una luz verde e intensa. Se preguntó si desaparecería con el tiempo.
Vio que Gideon se acercaba a Chandra, quien seguía confinada a su ridículo trono; no podía caminar desde que canalizó el maná de todo un mundo en un torrente de fuego descomunal. Jace se preguntó si eso también desaparecería con el tiempo. Le habían asegurado que sí.
Chandra estaba encorvada y se concentraba en la delicada piromancia de generar calor sin crear fuego. En cuanto vio a Gideon, sonrió, sus hombros se relajaron y sus manos siempre inquietas se calmaron. Cuando terminaron de hablar, Chandra estaba un poco más erguida. La historia de Gideon con ella era casi idéntica a la que había tenido con él, por lo que Jace había averiguado. Al igual que en su caso, Gideon había ido en busca de Chandra, aunque con el propósito de recuperar un pergamino robado. Ahora Chandra saludaba a Gideon con entusiasmo, mientras que a él seguía mirándolo con desconfianza.
Tal vez hubiese un componente mágico en lo que hacía Gideon, pero Jace creía que no era el caso. Había observado al comandante-general ayudando a sus tropas tras la batalla: compartía algunas palabras de ánimo, ponía manos firmes sobre los hombros, se arrodillaba en silencio al pie de las sepulturas y escuchaba las oraciones por los muertos. Sembraba alivio y esperanza allá donde iba. "Son dotes de liderazgo". Se preguntó si funcionarían con él igual que con los demás.
Jace debería ser capaz de reproducir el efecto usando la telepatía para deducir qué palabras debía decir o qué cosas podía hacer para ofrecer consuelo y ánimo. Para conseguir que la gente confiara en él. Sin embargo, Gideon no era un telépata, como todos sabían. Él tan solo entendía lo que debía hacer. Tal vez fuera ese el motivo por el que sus dotes funcionaban. Lo mejor sería dejar el carisma para el carismático y centrarse en proporcionar a Gideon la mejor información posible para que tomase sus decisiones honradas y sinceras. Jace notó una punzada de culpabilidad, porque ya había pensado en ganarse a Gideon durante alguna discusión hipotética en el futuro, para que él convenciera a los demás. Pero claro, eso era lo que Jace hacía siempre: trazar planes.
Precisamente por eso se sentía incómodo en la situación actual. No había ningún plan. Dos titanes eldrazi habían muerto; muerto de verdad, según indicaban las comprobaciones de Jace, la intuición de Nissa y la inmensa cantidad de vísceras eldrazi esparcidas por el valle. Solo quedaba una titán suelta; puede que continuara acechando en Zendikar, pero lo más probable era que no. Tampoco había rastro de Sorin Markov y Nahiri la litomante, los aliados desaparecidos de Ugin, y el propio dragón aún no se había dejado ver tras la caída de los titanes.
Los nuevos amigos de Jace parecían conformarse con ayudar a los zendikari a reunirse con sus familias, limpiar el desastre de los alrededores y dar caza a los vampiros subyugados, los adoradores de los Eldrazi y los pocos engendros que habían sobrevivido a la conflagración. Tareas loables, sin suda, pero tareas que los lugareños podían desempeñar por sí mismos. Buscar a los aliados de Ugin, descubrir el paradero de la tercera titán, atender otros problemas como el del Velo de Cadenas... Esas eran las amenazas que solo podían solucionar los Planeswalkers. Los Guardianes. Ese era su propósito, ¿no?
La voz de alarma de un centinela lo sacó de su ensimismamiento. La alerta sonó como un gorjeo, lo que indicaba la presencia de un enemigo volador. Jace levantó la vista dominado por el pánico. En el horizonte, apenas visible en el cielo azul despejado, había una silueta luminosa con alas que batían lentamente.
Ugin.
―¡No os enfrentéis a él! ―advirtió Jace―. ¡Es un aliado!
"O eso espero". De hecho, no había forma de saber cuál sería el ánimo actual de Ugin, pero Jace no pensaba permitir que su bando iniciase las hostilidades.
Los demás le hicieron caso. Las ballestas se bajaron y las bolas de fuego se disiparon cuando Ugin empezó a descender sobre el valle... directo hacia Jace.
Gideon, Chandra y Nissa entendieron la situación. Gideon llegó corriendo, Nissa pareció surgir de entre la maleza y Chandra se puso en pie con mucha dificultad, estuvo a punto de caer y se acercó tambaleándose, usando un largo hueso chamuscado a modo de bastón. Los tres se unieron a Jace antes de que el dragón de doce metros aterrizase con estrépito delante de él y sus garras abrieran un surco en el suelo.

―¿Qué habéis hecho? ―bramó el dragón espíritu. Una ola de calor alcanzó a Jace; los fuegos internos de Ugin ardían de ira.
A pesar del aviso de Jace, los soldados zendikari rodearon a Ugin; su tono furioso los puso alerta y echaron mano a las picas y las espadas. El dragón pareció no darse cuenta, lo que probablemente indicaba cuánto le preocupaban.
―Hemos salvado Zendikar ―respondió Nissa.
―¿Y que has hecho? ―replicó Chandra―. Desde hace un tiempo, quiero decir.
Jace se acercó unos pasos a Ugin.
―El plan lo tracé yo. Los demás solo tienen culpa de haber confiado en mí. Si tienes algo que objetar, págalas conmigo y solo conmigo.
―De eso ni hablar ―protestó Gideon.
―Matamos juntos a los titanes ―dijo Nissa―. Todos somos responsables de ello.
―Bueno, a los titanes los maté yo ―añadió Chandra con complicidad―, aunque los demás me echaron una mano.
―Beleren, explícate ―se hartó Ugin.
―Actué en función de lo que sabía ―dijo Jace intentando que no le temblara la voz. Por muy sabio, anciano e inteligente que fuese Ugin, seguía siendo un dragón y tenía el tamaño y el temperamento de uno. Y sus dientes―. Hicimos un esfuerzo conjunto para atrapar a Ulamog, tal como habíamos acordado tú y yo, pero un Planeswalker que no conocíamos frustró nuestro plan por una especie de venganza. Entenderás que no lo hubiésemos previsto.
Nissa apretó con fuerza su bastón. Ob Nixilis había escapado y Jace sabía que eso le remordía la conciencia. Un propósito más que añadir a su lista de compromisos extraplanares.
―Lo entiendo ―aceptó Ugin―. Prosigue.
―El otro imprevisto fue que Kozilek seguía en Zendikar ―continuó Jace―, un dato que no conocías o del que no me informaste. Con todo respeto, ninguna de las dos posibilidades me reconforta.
―La red de edros se encontraba en un estado lamentable y mi capacidad para buscar a los titanes era limitada ―argumentó Ugin.
―Entonces, ¿Emrakul podría estar en cualquier parte? ―preguntó Gideon.
―Puedo ocuparme de esto, Gideon ―dijo Jace.
―Vuestras correrías sacudieron este mundo como si fuera una campana ―respondió Ugin―. Pude llevar a cabo una inspección minuciosa utilizando los... ecos. Emrakul abandonó el plano hace tiempo.
Jace no sabía si sentir alivio o preocupación.
―En cualquier caso, Kozilek nos pilló desprevenidos ―dijo―. Tuvimos que ocuparnos de dos titanes, ya no podíamos demorarnos haciendo preparativos y tampoco sabíamos cuánto tiempo más permanecerían en Zendikar. Tú mismo dijiste que no debíamos permitir que se marchasen.
―Pero tampoco teníais motivo para creer que lo harían de inmediato ―objetó Ugin―. Deberíais haber tratado de contenerlos de nuevo.
―Al contrario ―replicó Jace―. Tenía motivos para creer que los defensores de Zendikar podrían actuar precipitadamente y ahuyentarlos, a pesar de mis esfuerzos por convencerlos de que no lo hicieran. Es más, una de nuestras aliadas lo intentó. No teníamos tiempo para construir una nueva trampa de edros, pero entre nosotros hay una animista capaz de alterar directamente las líneas místicas de Zendikar, sin la ayuda de los edros. Por eso pensé...
―Ya veo ―interrumpió Ugin―. Todo cobra sentido: podíais contenerlos mediante el glifo, pero sin los edros para absorber su energía y mantener en posición las líneas místicas, vuestras únicas alternativas eran permitir que los titanes se marcharan o traerlos completamente al espacio físico y destruirlos.
Jace pestañeó con perplejidad.
―Dijiste que no era posible.
―Afirmé que no podrías hacerlo ―corrigió Ugin―. Y tú me hiciste creer que no lo intentarías, así que ahórrate las santurronerías.
―Un momento ―intervino Nissa―. ¿Sabías que se puede matar a los titanes? ¿Lo sabías cuando los encerraste en el plano?
Ugin se irguió sobre las patas traseras y adoptó aires de maestro que se disponía a sermonear a sus alumnos.
―Habéis acabado con dos seres vivos que eran más antiguos que muchos mundos. No conocíais su propósito, su rol ni el impacto de sus vidas o sus muertes. Habéis puesto en riesgo este plano y preferido enfrentaros a consecuencias que ignoráis, todo con tal de matarlos. Y lo habéis hecho porque podíais.
Se hizo el silencio y la única que se atrevió a hablar fue Chandra―. Vaya que si lo hemos hecho.
Ugin volvió a apoyarse sobre las cuatro patas y soltó un suspiro.
―No hay fuerza más peligrosa y caprichosa en todo el Multiverso que los Planeswalkers ―dijo negando con la cabeza.
―¿Qué ocurrirá ahora? ―preguntó Jace.
―Lo desconozco ―respondió Ugin―. Por lo que sé, nadie había matado jamás a un titán eldrazi. Tengo teorías acerca de su naturaleza y lo que podría suceder ahora que dos de ellos han perecido. Las consecuencias tal vez no se manifiesten hasta mucho después de que vosotros fallezcáis, así que podéis considerar esto como una victoria si así lo deseáis. Por lo que a mí respecta, analizaré sus restos y haré preparativos de cara al futuro.
Los amigos de Jace pusieron cara de asco.
―Permíteme colaborar ―se ofreció él―. Comparte conmigo tus teorías sobre los Eldrazi y entre los dos...
―Jace Beleren ―lo amonestó Ugin―, has demostrado ser un socio en extremo arrogante y poco de fiar. Si insistes en ayudarme, lo mejor que puedes hacer es irte de aquí. De inmediato.
―¿Y qué pasa con tus antiguos aliados? ―preguntó Jace, incrédulo―. ¿Y con Nicol Bolas?
―No impediré que investigues su paradero ―respondió el dragón―. No obstante, he de advertirte que Sorin Markov y Nicol Bolas serán mucho menos indulgentes si interfieres en sus asuntos.
Ugin levantó una garra y señaló a los zendikari de los alrededores y el valle repleto con los restos de los titanes.
―Haz saber a todos que no deben interrumpir mi labor. Si solicito una parte de los cadáveres, mía ha de ser. Si digo que algo debe permanecer donde esté, allí se quedará.
Chandra se interpuso entre Ugin y el trozo del cráneo de Ulamog que usaba como asiento.
―Tendrás que acordarlo con los zendikari ―comentó Gideon.
―Dudo que prefiráis dejar el asunto en mis manos. ―Ugin soltó un bufido abrasador―. Adiós, asesinos de titanes. Espero que volvamos a vernos en circunstancias más cordiales... o que nunca lo hagamos. Ambas posibilidades me parecen aceptables.
Y así, el enorme dragón levantó el vuelo y se alejó sobrevolando la recién vaciada cuenca de Halimar.
―Ha ido bien la cosa ―dijo Chandra.
Jace hundió la cara entre las manos.
Gideon hizo un gesto a Chandra, Nissa y el resto de los zendikari para que se marcharan y volvieran a sus quehaceres. Luego se sentó en una roca al lado de su amigo.
Jace bajó la vista hacia él y tomó asiento a su lado.
―Parece que los problemas no han terminado ―comentó Gideon. Sentados, apenas era un poco más alto que Jace.
―No lo han hecho, no ―dijo Jace.
Le había hablado a Gideon acerca del Planeswalker dragón Nicol Bolas, quien al parecer había maquinado la liberación de los Eldrazi. También acerca de Sorin Markov y la litomante Nahiri, que habían ayudado a encerrar a los Eldrazi tiempo atrás y a quienes Ugin le había pedido buscar.
―Sé que quedan cosas por hacer en Zendikar ―aventuró Jace―, pero...
―Esos juramentos que hicimos... ―razonó Gideon―. No eran idénticos, porque no todos pensamos de la misma forma.
Jace se había dado cuenta de ese detalle. El juramento era una manera de unir a cuatro personas muy diferentes... pero "la justicia y la paz" y "el bien del Multiverso" representaban cosas distintas. Aun así, hablarían de ello cuando llegase el momento de hacerlo.
―Tengo que quedarme hasta estar seguro de que esta gente seguirá a salvo ―continuó Gideon―. Imagino que Nissa hará lo mismo hasta que sepa que la vida perdurará. En cuanto a Chandra... Bueno, supongo que no puedo hablar por ella ―dijo con una risa entre dientes.
»En cualquier caso, necesitamos saber cuál será la amenaza más inmediata ―prosiguió―. No basta con reaccionar al problema más reciente.
―¡Exacto! ―dijo Jace―. Entiendes lo importante que es recabar información.
―Por supuesto ―confirmó Gideon―. ¿Cuál crees que debería ser nuestra mayor prioridad?
―Nicol Bolas es terrorífico ―afirmó Jace con la cabeza baja―. Preferiría no enfrentarnos a él hasta conocer mucho mejor sus intenciones. Por otro lado, no podemos seguir a la tercera titán ni descubrir adónde podría dirigirse. Nos queda el asunto de Sorin y Nahiri, los aliados de Ugin. Iré a Innistrad y encontraré a Sorin. No sé si nos ofrecerá más ayuda que Ugin, pero tampoco puede colaborar mucho menos que él.
Gideon asintió despacio.
―Confío en tu juicio ―dijo mirando a Jace a los ojos―. ¿Cuándo estarías listo para partir?
―Hoy ―respondió Jace―. Solo necesito preparar mis provisiones y hacer algunas preguntas sobre Sorin.
―De acuerdo. Nosotros estaremos aquí.
Gideon se levantó y se marchó sin darle la palmada en el hombro que administraba cuando daba órdenes a los demás.
"Cuando da órdenes", pensó Jace. No se sentía como si le hubiera ordenado nada. ¿Acababa de...?
"Maldita sea", se percató Jace. También funcionaban con él.


La oscuridad hacía difícil que Nissa encontrara una distracción que mereciese la pena. Había logrado ignorar la carga que llevaba en el bolsillo mientras el sol brillaba en el cielo. Entre repartir mantas calientes a los zendikari, unirse a Gideon en sus numerosas rondas por el perímetro y lavar los primitivos platos en la catarata cercana... Y luego estuvo la providencial aunque inquietante aparición del dragón espíritu. No había tenido ocasión de estar quieta desde que despertó. Ahora que la noche había reclamado la consciencia de la mayoría de los moradores de Roca Celeste, el flujo natural de actividad había cesado y el murmullo constante y tranquilizador de las conversaciones había dado paso al silencio. No era el silencio que Nissa recordaba de las noches de su juventud. En aquella época, una noche solo era silenciosa en comparación con el día. Aunque la mayoría de los sonidos que hacían los elfos cesaban de noche, parecía que solo lo hacían con el propósito de dar paso a los sonidos de las criaturas que empezaban a despertar. En cambio, en este mundo, en el Zendikar posterior a los titanes, no había criaturas que empezaran a despertar. En vez de ello había montículos de corrupción blanquecina. No había árboles con ramas entre las que silbaba el viento; había espacios negativos, agujeros dispuestos en patrones antinaturales, repetitivos y cubiertos de un brillo aceitoso. En este Zendikar, el silencio de la noche era mucho más completo. Y ese silencio era lo que destacaba en los oídos de Nissa cuando cesaba toda actividad.
Era la primera vez que veía el glifo desde que había quedado grabado en el suelo. Los otros lo habían visitado. Había visto a Jace analizándolo, había visto a Gideon paseando por él y recorriendo ensimismado la curvatura de las líneas. Muchos zendikari se habían acercado a dejar pequeños amuletos en la linde y se descalzaban antes de pisar la hierba que brillaba suavemente. El alma de Zendikar también estaba allí. Nissa podía sentirla. La había esperado todo el día. Solo tenía que entrar en contacto con ella, pero no lo hizo. Aún no.
En vez de eso, caminó hasta el centro del glifo procurando no pisar las líneas. Una vez que llegó al triángulo de tierra despejada, se arremangó. La tensión de sus hombros desapareció cuando se arrodilló en el suelo, rodeada por todos lados de un cálido resplandor verde. Había llegado el momento. Nissa empezó a cavar.

Cuando terminó había cuatro hoyos en la tierra, uno para cada una de las semillas que el vampiro le había entregado tiempo atrás; se sentía como si hubieran transcurrido años. Nissa había separado los hoyos con cuidado, teniendo en cuenta el tamaño de cada planta. El jaddi era el árbol que más espacio necesitaba para crecer. Su enramada abarcaría algún día el diámetro del glifo y llegaría más allá. Proporcionaría desde su juventud una agradable sombra para los viajeros agotados y, con el tiempo, su espesura quizá se convertiría en el hogar de una tribu de elfos. O más bien de una tribu de zendikari, corrigió Nissa: una comunidad de elfos, kor, trasgos y humanos. Podrían vivir en el jaddi y alimentarse de los frutos de la arboleda de kolya, puesto que seguramente habría una arboleda. La semilla de kolya se nutriría del maná del glifo y sería la primera en brotar. El esbelto tronco del árbol crecería hacia el sol y sus flores no tardarían en convertirse en frutos tiernos y sabrosos que servirían de sustento para los habitantes de Zendikar. Por su parte, la peligrosa hermosura del mangle rojo mantendría a raya el ecosistema y a la gente. Y luego estaba el espino sangriento. Nissa contuvo el aliento al notar una sensación en su interior. El espino sangriento de Bala Ged. Una planta procedente de su hogar. Puede que la última de su especie. ¿Cuántas veces la había ignorado en su juventud? Ahora no quedaba más que una semilla. Ella estaría a cargo de defender con sus enredaderas espinosas el resto de la vida que subsistiría allí, al igual que sus congéneres habían ofrecido protección a los Joraga durante eras.
Nissa podía ver cómo crecería el nuevo bosque solo con sostener en la mano la bolsita con semillas. Algún día se convertirían en todas las cosas que soñaba. Algún día serían vastas y altas. Algún día serían frondosas y fuertes. Algún día se protegerían con espinas firmes. Pero ¿quién las protegería hasta ese día? ¿Quién guiaría Zendikar desde su situación actual hasta la que llegaría algún día?
―Por si sirve de consuelo, sé lo difícil que va a ser marcharte. ―La voz de Chandra sobresaltó a Nissa; estaba tan ensimismada que no la había oído acercarse. Le resultó extraño. Casi nunca la pillaban desprevenida. Más extraño todavía era que las palabras de Chandra habían alcanzado la capa más profunda de su conciencia; había palpado aquella sensación presente pero reticente a manifestarse por completo. Chandra era piromante, no telépata.
Nissa levantó la cabeza y se encontró con los ojos de Chandra. Eran grandes estanques ámbar de sinceridad y Nissa sintió que podían ver directamente en su alma. No estaba acostumbrada a que los demás entendieran su perspectiva de las cosas, y menos aún cómo se sentía. Chandra había hecho ambas cosas en cuestión de segundos. Tal vez por eso le respondió tan sinceramente―. No sé si puedo marcharme. ―Cuando las palabras surgieron de sus labios, Nissa contuvo el aliento.
Sin embargo, Chandra no dijo nada de inmediato. En vez de eso, se sentó en el suelo junto a Nissa. Estaban entre los hoyos que Nissa había cavado, pero no llenado, rodeadas de las líneas brillantes del glifo, que solo estaban allí gracias a Chandra. De no haber sido por la poderosa piromante, el glifo no solo no existiría, sino que la tierra en la que se había grabado habría quedado completamente devastada. Chandra había intervenido en el momento en que Nissa había sentido que el mundo se venía abajo. Chandra había formado con ella un vínculo que Nissa nunca había formado con ningún otro ser, ni siquiera con el alma de Zendikar. Juntas, habían combinado sus poderes para formar algo que fue capaz de destruir a los titanes eldrazi. Aunque lo habían logrado a duras penas. Las dos habían acabado terriblemente débiles tras el desenlace: Chandra no podía caminar y, por un tiempo, Nissa estuvo ciega y fue incapaz de impedir que sus extremidades temblaran. Pero allí estaban ahora, recuperándose. Al igual que Zendikar, salvo que el mundo necesitaría mucho más tiempo que ellas. Chandra quizá lo entendería. Nissa miró a la piromante, que seguía sin mediar palabra―. Ahora mismo es muy frágil ―intentó explicar―. Ha estado a punto de fracturarse. Todavía pueden surgir muchos problemas, muchos peligros. Lo que ocurra a continuación le dará forma, le ayudará a ser aquello en lo que se convierta.
―Me juego algo a que será impresionante. ―Chandra sonrió y se recostó en el colchón de hierba, con las manos detrás de la cabeza.
―No quiero perdérmelo ―dijo Nissa, sorprendida de admitirlo en voz alta―. Quiero estar aquí cuando suceda.
―Lo entiendo ―comentó Chandra.
―Además... ―añadió Nissa, porque creyó que debía hacerlo―. No quiero conformarme con observar. Quiero velar por él. Alguien debería estar aquí. Para protegerlo. Para ayudarlo a crecer. Yo puedo hacerlo. Debería hacerlo.
Se quedaron en silencio y Nissa acarició los pliegues de la bolsita con semillas. Pensó en el día en que se las entregaron, en el peso que había sentido, mucho mayor que el de cuatro semillas diminutas. En la responsabilidad. Y en el miedo a fracasar. Sin embargo, no había fracasado. Al menos por el momento. Todavía quedaban cosas por hacer, ¿o acaso no? Nissa rompió el silencio que se había formado entre Chandra y ella―. Si me quedo en Zendikar...
―Haz lo que tengas que hacer ―terminó Chandra―. No voy a reprochártelo.
―¿Y qué hay...? ―Nissa se aclaró la garganta―. ¿Qué hay de los demás? ¿Crees que lo comprenderán?
―¿Gideon y Jace? Claro que sí. Ni se les ocurriría obligarte a marchar.
Nissa suspiró con alivio. Aquello la preocupaba. Al fin y al cabo, habían hecho un juramento.
―A mí tampoco me obligaron a irme de Regatha ―continuó Chandra―, aunque al final decidí venir de todos modos.
―Me alegro de que lo hicieras ―dijo Nissa mirándola. No podía imaginar lo que habría ocurrido si Chandra no hubiera estado en Zendikar; tampoco quería imaginarlo―. Gracias.
―Pues estuve a puntito de quedarme. Tenía un montón de discípulos a mi cargo. Era la directora de un monasterio, la abadesa.
Nissa levantó las cejas, impresionada.
―Sí, ya sé que es una locura ponerme al cargo de nada.
―No es ninguna locura ―valoró Nissa―. Desde que te conocí, sé que estás vinculada a una gran cantidad de poder.
―Y justo por eso me marché ―respondió Chandra con una sonrisa. Se incorporó apoyándose en los codos―. Podría haberme quedado para ayudar a mis discípulos a convertirse en piromantes de primera. Se me habría dado muy bien, de hecho. Al menos habrían aprendido a convertirse en unos vórtices de fuego bien hermosos.
Nissa se rio, y entonces se dio cuenta de que hacía mucho tiempo desde la última vez. Le gustaba la facilidad de Chandra para hacerla sonreír.
―Pero bueno, la madre Luti y los demás también serán buenos maestros ―continuó Chandra―. Todos llegarán a ser piromantes; a lo mejor no se les dará tan bien canalizar el maná de todo un mundo, pero se las arreglarán. El caso es que tenía que hacer otra cosa, algo que la madre Luti y los demás no podían. Algo que nadie más podía hacer: venir aquí. Creo que eso era adonde Gideon quería ir a parar con todo el tema de nuestras chispas, nuestro poder y lo que representan. ¿No crees?
Nissa entendía exactamente a lo que se refería Chandra: al discurso que había dado Gideon tras salir de la caverna de Ob Nixilis y ver el mundo al borde de la extinción. Recordó sus palabras: "Tenemos que comprometernos a esta causa, a luchar juntos contra todas las fuerzas que amenacen el Multiverso. Nadie más puede hacerlo. Esta tarea recae sobre nosotros debido al poder que poseemos. A nuestras chispas".
―Nadie más puede hacerlo ―dijo Chandra, quien parecía haber vuelto a leer la mente de Nissa―. Pero tú puedes. Nosotros podemos. Juntos. Además ―añadió con tono travieso―, ¿no quieres ver cuánto tarda Jace en estallar con las palmaditas de Gideon?
Nissa volvió a reírse. La verdad era que quería ver a Gideon y a Jace; no hacía falta que Jace se enfadara, pero sería... ¿divertido? Sí, divertido. La compañía de Chandra, Jace y Gideon sería interesante, seguro que emocionante y, en ocasiones, divertida. Se dio cuenta que separarse de los tres Planeswalkers le resultaría tan doloroso como marcharse de Zendikar. Esa revelación la sorprendió. Hacía mucho tiempo que Nissa no sentía un vínculo tan fuerte con nadie, excepto con el alma del mundo. Aun así, no podía negar que había estrechado tres lazos más, recientes pero fuertes. Había tres almas más que contaban con ella y millones de otras que contaban con los cuatro.
―Me marcho, voy a empezar a calentar el desayuno ―dijo Chandra mientras se levantaba. Nissa no se había dado cuenta de que el sol había empezado a asomar mientras charlaban a la luz del glifo―. ¿Quieres que te traiga algo?
―No. ―Inspiró el aire matutino de Zendikar. Quería estar allí en persona―. Iré dentro de un momento.
―Como quieras. ―Chandra empezó a alejarse―. Nos vemos allí.
―¡Ah, Chandra! ―la llamó. La piromante se giró―. Muchas gracias.
―No hay de qué ―dijo Chandra sonriendo y encogiéndose de hombros―, pero no tardes mucho en venir a por la pitanza o Gideon se la zampará toda.
Nissa no tardaría. No esperaría a que el mundo se recuperase; lo haría y crecería tanto si ella estuviera como si no. Además, otros estarían allí con él. Pensó en Tazri, en Munda, en Seble y en Kiora.
Desplegó la capa superior del paño de seda y reveló las cuatro pequeñas semillas. Las plantó una a una en los hoyos que había cavado. Mientras lo hacía, les susurró los sueños que tenía para el bosque en el que se convertirían algún día. Les habló del mundo del que procedían, de cómo había sido Zendikar y la tragedia por la que había pasado. Y por último les habló de la piromante, el telépata y el líder intrépido que habían acudido en su ayuda, que habían convertido el mundo en un lugar seguro donde podrían crecer.
Finalmente, Nissa apoyó una palma en el suelo y entró en comunión con la tierra; había una última cosa que hacer. Rozó el alma de Zendikar. Le pidió que cuidara de las semillas. Pero antes de que pudiese responder, de que tirase de ella y la abrazase, retiró la mano y, con ella, su alma―. Nos volveremos a ver. Te lo prometo. ―Se levantó y se separó del mundo que conocía, dispuesta a ir al que la necesitase.


A medio camino hacia las fogatas, Nissa fue asaltada por una corriente de pensamientos preocupados e impacientes―. Nissa, tengo que hablar contigo. ―Jace entró en su campo de visión, en pos de sus pensamientos―. Necesito que me digas todo lo que sepas de Sorin Markov.
Nissa se sintió tranquila. Aquello era lo que tenía que hacer ahora, lo que era correcto. Miró a Jace a los ojos con una sonrisa―. Creo que sería más fácil mostrártelo. Sin un momento de duda, Jace se zambulló en su mente.