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Amonkhet: Hora de la Devastación

Los Guardianes, encolerizados por la creciente destrucción de Amonkhet, se enfrentan a Nicol Bolas para castigarlo por todas sus atrocidades a lo largo del Multiverso. Sin embargo, el dragón tiene sus propios planes.


Nicol Bolas descendió planeando hacia los héroes, deseoso de matar a alguien aquel día.
Se deleitaría con muertes, gritos y sangre, o quizá con algo mejor.
No esperaba conseguir ambas cosas. Uno no puede tenerlo todo, ni siquiera Nicol Bolas. No era avaricioso. La avaricia implica querer algo que no mereces.
Todo lo que él deseaba era completamente merecido.
Varias décadas atrás había visitado el plano de Amonkhet, un mundo atrasado, supersticioso y maldito que no interesaba a nadie importante, a nadie que prestara atención. Había hecho sus preparativos, capas y capas de ellos. Un puñado de vidas miserables, que no habrían tardado mucho en terminar de todos modos, simplemente habían tocado a su fin un poco antes y con una pizca más de violencia.
En circunstancias normales, el esfuerzo casi no habría merecido la pena. Sin embargo... Varias décadas no eran más que un pestañeo cuando aún gozaba de su pleno poder, cuando podía hacer uso de la divinidad que le correspondía. Pero tal como era ahora, apenas la sombra de la sombra de un dios, aquellas décadas habían parecido una eternidad.
Rumiar acerca de todo lo que había perdido avivó la ascua de odio que ardía en su pecho. Sentir la llama creciente le pareció bueno. El odio le pareció correcto. "Hoy dará comienzo", pensó Nicol Bolas.
Descendió al centro de una plaza en ruinas. Los escombros y cuerpos rotos aderezaban las estatuas derruidas y los obeliscos resquebrajados. En los bordes de la plaza, cinco Planeswalkers se habían desplegado contra él; sus rostros diminutos revelaban una determinación seria. Conocía muy bien a todos. Los había vigilado, estudiado, analizado y clasificado. Chandra Nalaar, piromante. Liliana Vess, nigromante. Jace Beleren, telépata e ilusionista. Nissa Revane, elementalista. Gideon Jura, soldado invulnerable.
Se hacían llamar "los Guardianes". Como si creyeran conocer la manera de vigilar el Multiverso, por alguna extravagante razón. O como si pudieran hacerlo.
"Los héroes", pensó Nicol Bolas. "Benditos sean todos y cada uno de ellos".
El batir de sus inmensas alas levantó nubes de polvo amarillento. Percibió cómo se abrían los ojos de Chandra al darse cuenta, aparentemente por primera vez, de lo enorme que era Nicol Bolas. La ingenuidad de aquella muchacha le pareció divertida. Una vez más, se preguntó si aquellos héroes serían adecuados para lo que él requería.
No importaba. Había otros, si fuera necesario.
Unas minúsculas perturbaciones le hicieron cosquillas en la mente: el tanteo cauto pero insistente de Jace. "Eso, mi querido niño, busca un punto de apoyo", imploró Nicol Bolas en silencio. Aterrizó con un suave ruido sordo y batió las alas lentamente una última vez. Hacía muchísimo tiempo que no las necesitaba para volar, pero disfrutaba con la sensación de emplearlas y desplegar toda su majestuosidad.
Levantó la cabeza hacia el cielo y soltó un rugido gutural que estremeció los edificios y encogió los corazones. Su bramido emuló a incontables depredadores a lo largo de las eras, depredadores que ya no necesitaban ser silenciosos. Nicol Bolas sabía que no le favorecía comportarse en exceso como un dragón, pero no sería divertido dejar de lado aquella faceta.
Los cinco Planeswalkers permanecieron en sus puestos, vacilantes. Extendió su mente y percibió las ondas de la comunicación telepática del grupo, orquestada por Jace. Podría interceptarla si quisiera, pero le pareció que sería más interesante aguardar y ver qué clase de estrategia se les había ocurrido. En vista de su indecisión y su demora, sospechaba que se llevaría una decepción.
Oh, probablemente tuviesen un plan, un plan tan complejo como "matar al dragón", siendo generoso. O quizá "tú lo quemas, tú mandas a tus zombies, tú usas los elementos, tú lanzas ilusiones y tú lo bloqueas". Con una buena dosis de indulgencia, aquellas ocurrencias se podrían considerar planes. Y los planes de competencia similar les habían bastado en sus correrías recientes. Nicol Bolas sabía apreciar la eficiencia. ¿Por qué molestarse en ser inteligentes cuando el Multiverso parecía conspirar para mantener viva su estupidez?
Chandra y Nissa empezaron a flanquearlo por ambos lados. "Claro, tácticas, faltaría más". Se preguntó cuánto aplastaría la moral de los cinco si aplaudiera. Metafóricamente, por supuesto: sus garras no se prestaban para dar aplausos.
No por primera vez, dudó cómo era posible que aquellos Planeswalkers hubieran sobrevivido tanto tiempo. Aquellos niños, aquellos Guardianes, eran hijos de una edad civilizada y castrada. No tenían ni la más remota idea de los peligros que aguardaban al acecho, dispuestos a matarlos... o algo peor. De algún modo, su falta de auténtico poder los había protegido de todas las muertes que habrían podido sufrir. Más bien, su falta de conocimiento sobre lo que debería ser el auténtico poder. Excepto Liliana, ninguno de ellos lo había paladeado.
Nicol Bolas se pasó una lengua serpenteante por los labios. Lo hizo puramente para impresionar, pero eso no lo volvía menos necesario.
Las de aquellos Planeswalkers habían sido unas vidas afortunadas. No obstante, el problema de las vidas afortunadas era que la suerte se tornaba en contra de uno tarde o temprano, como Nicol Bolas tenía razones de sobra para creer. El destino se oscurece. La fortuna te abandona. En esos momentos de infortunio e injusticia, resulta provechoso contar con un plan minucioso y muy bien trazado. Con muchos de ellos, en realidad. Con más que muchos, idealmente, aunque podría bastar con muchos si no eras un brillante Planeswalker archimago y dragón anciano.
O con uno solo. Un único plan. Incluso un fragmento de ingenio táctico o estratégico habría servido para que Nicol Bolas augurase esperanza para el futuro de los cinco. Sin embargo, su plan estaba escrito en los rostros de todos, en los ojos entrecerrados, los músculos tensos y las ondas crecientes de su cháchara telepática.
Habían optado por "matar al dragón". Nicol Bolas comprendió su perspectiva hasta cierto punto. A menudo, los planes sencillos eran fáciles de subestimar, sobre todo a ojos de los genios. Demasiado a menudo, sus adversarios más inteligentes habían perdido batallas por un exceso de complejidad en sus maquinaciones, mientras que los planes sencillos podían resultar devastadores en manos de un maestro.
Pero ¿qué ocurría con los planes sencillos cuando eran el último recurso de mentes simples y desesperadas? Las consecuencias de eso estaban a punto de quedar patentes. Nicol Bolas se deleitaría con sangre o con algo mejor. En cualquier caso, estaba deseoso de comenzar.

Hour of Devastation

Jace

El dragón aterrizó suavemente en la plaza y Jace sintió miedo.
El día no había transcurrido en absoluto como habían planeado. Demasiado horror, demasiada muerte y demasiadas vidas que no habían podido salvar. Habían intentado ayudar en la medida de lo posible, pero semejaban mosquitos luchando contra una tempestad. Jace nunca había presenciado tanta muerte.
Se sentía vacío por dentro, con la mente embotada por el dolor y la tristeza que la habían martilleado. Por un momento, las escenas regresaron a su cabeza: niños gritando, gente huyendo en vano y masacrada por sus perseguidores, el zumbido incesante de las... Se contuvo. Bloqueó las imágenes una vez más. Tenía una misión que cumplir.
Sin embargo, ahora se había vuelto más que una misión. Jace había insistido a Gideon en que necesitaban un plan. Le había advertido de que no podían enfrentarse a Nicol Bolas sin estar preparados, pero Gideon había estallado y su dolor había impregnado sus palabras cuando exigió plantar cara al dragón de inmediato.
―Pagará por todo lo que ha hecho. Tiene que pagar. ―La última afirmación era la que tanto había preocupado a Jace. Pero no había discutido con Gideon. Ninguno lo había hecho, ni siquiera Liliana. Todos se sentían vacíos y buscaban un significado en medio de la matanza, de los llantos de los niños. Exigían justicia.
La justicia tenía que existir en alguna parte, pues aquel día aún no la habían encontrado en Amonkhet.
¿Estás seguro? ―preguntó Jace a Gideon una última vez, con la esperanza de seguir un plan mejor.
Atacaremos con todo lo que tenemos. El dragón caerá ―respondió Gideon mentalmente. Jace nunca había sentido tanta ira en él, pero ahora notaba la cólera que envolvía su determinación habitual. Se dejó arrastrar por la corriente y se obligó a creer que podían salir victoriosos.
Comenzaron. Gideon cargó contra Nicol Bolas envolviéndose en su escudo de fuerza dorada mientras Chandra escupía ráfagas de fuego. Del suelo brotaron vástagos, cortesía de Nissa, que se convirtieron en raíces y enredaderas que atraparon las patas del dragón. Liliana empezó a reanimar a los muertos; no había escasez de ellos tras la masacre de la ciudad.
Jace intentó asaltar la mente de Nicol Bolas.
La muralla que protegía los pensamientos del dragón era lisa, uniforme y oscura como la obsidiana. Parecía no tener acceso alguno, ni siquiera un punto al que aferrarse. Jace nunca se había topado con una mente tan inexpugnable, excepto... Vislumbró un ínfimo fragmento de un recuerdo, el de una mente impenetrable y cegadora como una muralla de cristal. Sin embargo, en cuanto el pensamiento acudió a su cabeza, este se borró a sí mismo y Jace no pudo recordar dónde había presenciado tal cosa... ni de qué podía tratarse.
"¿Pero qué...?". Jace se sobrepuso a la fuga repentina que había experimentado. No parecía haber provenido de Nicol Bolas, sino del interior de sí mismo. "¿En qué acabo de pensar?", se preguntó, pero no pudo recordarlo. La mente del dragón seguía elevándose ante él, cerrada y protegida de sus intentos inútiles por encontrar un punto de apoyo.
A sus amigos no les iba mejor.
Nicol Bolas asestó a Gideon un coletazo rápido como un relámpago y lo golpeó con la fuerza de un báloth a la carga. Gideon se estrelló contra una gruesa pared en el borde de la plaza. Su escudo lo mantuvo ileso, pero no pudo hacer nada más que estamparse contra la roca una y otra vez. La cola del dragón parecía un palo golpeando una pelota y los escombros de la pared volaban y se partían con cada impacto.
La pared se vendría abajo antes que Gideon, pero ninguno de los dos podría hacer otra cosa por el momento.
Nicol Bolas ignoraba el fuego de Chandra, aplastaba a los muertos de Liliana y partía las enredaderas de Nissa. No se movía para atacar, tan solo seguía estrellando a Gideon contra la pared. Entonces lanzó una mirada a Jace, consciente de lo que el telépata intentaba hacer sin éxito. Su voz retumbó en la mente de Jace con la sutileza de una avalancha y quebró sin esfuerzo gran parte de sus defensas.
No has vivido más que un pestañeo, pero ¿crees que podrás tocar mi mente solo porque posees un ápice de talento natural? Y pensar que algunos me llamaban arrogante a mí... ―El dragón soltó una risa ácida que marcó la mente de Jace.
Se esforzó en levantar unos escudos psíquicos más robustos, perplejo por la facilidad con la que Nicol Bolas había atravesado sus defensas exteriores. Sin embargo, movido por la arrogancia, el dragón tal vez hubiera cometido un error: había dejado un rastro, un hilo metafísico que unía su mente a la de Jace. Quizá pudiera ser el asidero que necesitaba.
Siguió el rastro, desesperado por abrirse camino y salvar a sus amigos.
¡Lo consiguió! Encontró una minúscula grieta en los impenetrables escudos de obsidiana. Se concentró para ensancharla. Solo necesitaba...
Si quieres entrar, niño, solo tienes que pedirlo. ―Las palabras de Nicol Bolas eran como peñascos derrumbándose montaña abajo.
El escudo de obsidiana desapareció y Jace se precipitó inesperadamente hacia la mente de Nicol Bolas, donde este aguardaba con una sonrisa malévola.
El dragón aferró la mente de Jace, quien trató de repelerlo. Se encogió de dolor, furioso consigo mismo por lo fácilmente que había mordido el anzuelo. "Tengo que hacerlo mejor". Aún podía huir de la trampa, solo necesitaba un poco de tiempo. Segundos, solo necesitaba unos segundos y...
Unos segundos de los que no dispones ―susurró Nicol Bolas en su mente―. El Multiverso solo perdona a los necios por poco tiempo. Una lección útil, en caso de que sobrevivas. ―El dragón envolvió la mente de Jace bruscamente y la estrujó.
Las sinapsis se quebraron. El dolor floreció. La demencia amenazó. Una inmensa ola de oscuridad se elevó a lo lejos. Jace supo que ser barrido por ella significaba la disolución. La muerte mental. Sin pensar conscientemente, se dispuso a huir viajando a ciegas entre los planos, sin conocer su destino ni darle importancia. Tenía que evitar aquella oscuridad.
Sintió el tirón de la Eternidad Invisible justo en el momento en que la ola de oscuridad rompió sobre él, y entonces no supo absolutamente nada.
Jace's Defeat

Liliana

Liliana miró con perplejidad el espacio vacío que Jace había ocupado apenas un momento antes. El combate contra Nicol Bolas estaba abocado al desastre, como temía que sucedería. Había albergado la esperanza de que a Jace se le ocurriese algún plan, hasta que oyó su grito de agonía. Era un grito que conocía bien: el de los moribundos, el grito primitivo de la vida que no quería extinguirse.
Sintió un escalofrío. "No puede haber muerto. Ha viajado entre los planos antes del fin. Lo he visto. Está vivo".
―Ese era vuestro especialista en magia mental, ¿correcto? ¿Tenéis alguno de refuerzo? No me importa esperar, aunque siempre podéis coordinaros a gritos; prometo ignoraros. ―Nicol Bolas arrastró las palabras y su voz retumbó en toda la plaza, solo interrumpida por las constantes colisiones de Gideon contra la pared.
Liliana estaba furiosa por dentro. Sabía que enfrentarse al dragón era una idea nefasta. Todas las infructuosas intervenciones y distracciones para intentar ayudar a los habitantes condenados del plano solo habían acentuado lo evidente. El grupo estaba agotado, desalentado y mal preparado para luchar contra un Planeswalker tan poderoso como Nicol Bolas. Liliana ya se habría marchado si no hubiera llevado al límite las tensiones con los demás debido a sus maquinaciones para acabar con Razaketh. Había sopesado muchas veces si le convenía permanecer con ellos o abandonarlos, pero creía que su inversión en el grupo justificaba quedarse.
Tal vez hubiera tomado la decisión equivocada.
Sin embargo, esa no era la única razón para sentirse furiosa. Tiempo atrás, en Innistrad, había comparado sus sentimientos por Jace con los que sentiría por un perro, por una mascota. El comentario había herido al muchacho, como ella pretendía.
Pero a Liliana le importaban sus mascotas. Normalmente, hacer daño a quienes le pertenecían era un error fatal. Ardía en deseos de demostrar al dragón las consecuencias de su afrenta.
Sí, utilízanos. Libera todo tu poder ―susurró el Velo de Cadenas, que colgaba en su cadera.
Nunca has sido tan necia como para creer que puedes ganar esta batalla, Liliana ―dijo por otro lado el Hombre Cuervo.
Y esa tal vez fuera la mayor razón de su furia. Quería que su mente volviera a pertenecerle solo a ella.
Si pretendía enfrentarse a Nicol Bolas, sabía que estaría obligada a recurrir al Velo de Cadenas y a los espíritus de los muertos onakke. El artefacto le otorgaba un gran poder, pero siempre a cambio de un precio. Cada vez que lo utilizaba, se arriesgaba a morir o a dejarse subyugar por los espíritus que moraban en él. No toleraría ninguno de aquellos destinos.
Hubo una interrupción en el combate cuando Chandra y Nissa lidiaron con su propio asombro por haber perdido a Jace. Ninguna de las tres había conseguido afectar al dragón por el momento. Nicol Bolas se volvió hacia Liliana y sonrió mostrando los dientes y una arrogancia que la nigromante encontró repulsiva, en parte porque sabía que ella también era dada a sonreír así a los enemigos derrotados.
―Liliana Vess, me complace encontrarnos de nuevo. Tienes un aspecto asombrosamente... sano. ―El dragón ni siquiera intentó disimular su desdén.
―Voy a matarte, Bolas ―le espetó ella bajando los dedos hacia el Velo―. Veré cómo te retuerces y reanimaré tu cadáv...
―Oh, por favor... ―la interrumpió él―. Estos niños perdieron la batalla incluso antes de nacer, y lo sabes. Eres la única de ellos que entiende lo que era el auténtico poder. Solo tú conoces lo que puede ser de nuevo.
El dragón no mentía, pero Liliana pensó de nuevo en el grito final de Jace, en el muchacho que había escapado a ciegas entre los planos. Las runas grabadas en el cuerpo y el rostro de Liliana emitieron un brillo púrpura oscuro y los susurros del Velo insistieron.
No puede oponerse a tu poder. ¡Utilízanos!
El dragón inclinó la cabeza y se acercó a Liliana para hablarle en un tono suave.
―Te comprendo. Te uniste a ellos confiando en tus dotes de manipulación, pero el problema de rodearse de ineptos es... precisamente esto ―dijo él girando la cabeza hacia el resto de la escena mientras Chandra y Nissa se situaban codo con codo para discutir un nuevo plan.
Todas y cada una de las palabras del dragón eran ciertas y la verdad le resultó insoportable. Tocó el Velo de Cadenas y comenzó a extraer el poder que necesitaría.
¡Sí, sí! ―exclamaron las voces en el interior de los eslabones dorados―. ¡Lo destruiremos!
―Dime ―continuó Nicol Bolas con calma―, ¿sabes cómo emplear el Velo de Cadenas de modo que no te agriete la piel ni drene tu vida? ¿Sabes obligar a los onakke a servirte como maestra e impedir que intenten destruir tu alma y tu cuerpo? Yo sí, Liliana. Yo sí.
¡Miente! ―bramaron los onakke en su cabeza―. ¡Es un embustero! ¡Lo aplastaremos!
Sabes que dice la verdad. Puede ayudarte ―replicó el Hombre Cuervo.
¡Callaos! ―rugió Liliana a las voces en su cabeza, que por suerte guardaron silencio. Estaba confusa, exhausta. ¿De verdad sabía Nicol Bolas cómo dominar el Velo de Cadenas? El artefacto la mataría algún día. Cada vez que lo usaba, este demostraba que no era su dueña resistiéndose a su voluntad y causando estragos en su cuerpo.
―Un arma peligrosa en manos inexpertas, a decir verdad ―prosiguió el dragón―. El hecho de que sigas viva es testimonio de tu poder y tu competencia. Pero yo puedo ayudarte a desatar su poder, Liliana. Su auténtico poder.
Liliana dejó que el Velo colgara de nuevo en su cadera. El gesto llamó la atención de Gideon. Permanecía estoico durante su calvario como juguete de Nicol Bolas, aunque este continuaba estampándolo sin descanso contra la pared a medio derruir. "Necesito algo más de ti que un silencio estoico, Gideon", pensó ella. Odiaba no saber qué camino tomar.
El dragón la observó con los ojos negros como pozos de malicia.
―Te garantizo lo siguiente: tanto si utilizas el Velo como si no, morirás hoy si te opones a mí. Soy mejor telépata que vuestro mago mental, más destructivo que vuestra piromante, más poderoso que vuestra elementalista y mejor estratega que vuestro supuesto experto en táctica. Vuestras vidas dependen simplemente de lo útiles que podáis resultarme.
Nissa y Chandra avanzaron juntas un paso. Los ojos de la elfa desprendieron un fulgor verde y la tierra se estremeció a sus pies, alzándola varias pulgadas.
―Mientes, dragón ―rugió con el rostro descompuesto en una insólita demostración de ira.
Nicol Bolas se giró hacia ella, molesto.
―¿Mentir? ¿Yo? Mira a tu alrededor y contempla mi obra, elfa. ¿Qué necesidad tengo de disimular lo obvio? ―El temblor bajo los pies de Nissa creció en intensidad.
El dragón se irguió y su silueta gigantesca volvió a cernerse sobre todos.
―Liliana, márchate. Vete si quieres vivir. El lugar más seguro del Multiverso es aquel donde tengas utilidad para mí.
Ese día no saldrían victoriosos. Nicol Bolas lo había dejado claro. Como él mismo había dicho, aquellos niños habían perdido la batalla incluso antes de nacer. Y era verdad. ¿Para qué iban a seguir luchando? ¿Para morir? Era ridículo incluso para ellos. Liliana volvió a mirar el espacio que había ocupado Jace y los gritos agónicos del muchacho se repitieron en su mente. Sintió una ligera humedad en los ojos, pero la contuvo. Se negaba a mostrar debilidad ante nadie.
No comprendió la razón que la llevó a dirigirse a los demás, pero lo hizo de todos modos y las palabras surgieron antes de que pudiera detenerlas.
―Venid conmigo. Hemos perdido. Lo entendéis, ¿verdad? Hoy no vamos a ganar. Podemos reagruparnos, encontrar a Jace y buscar alternativas. ―No le importó que el dragón la escuchase. Él sabía que no tenían ninguna posibilidad de hacerle frente ahora mismo y seguramente creyese que no la tendrían en el futuro.
Está en lo cierto ―susurró el Hombre Cuervo. El Velo de Cadenas guardó silencio.
Chandra no quiso mirarla a los ojos. Nissa negó con la cabeza. La rabia en la expresión de Gideon era evidente, pero no discutió con ella ni le rogó que cambiase de parecer. Liliana no estaba acostumbrada al remolino de emociones que sentía en ese momento. Habría sido mejor marcharse sin más, sin preocuparse por el destino del resto.
―Por favor... Si os quedáis, moriréis. No tiene sentido. ―Odiaba el tono suplicante de su voz, pero no se retractó.
Los demás no respondieron. Finalmente, Liliana levantó la cabeza en dirección al dragón.
―¿Adónde...? ¿Adónde quieres que vaya? ―Tragó saliva con esfuerzo. Aquellas palabras resultaron tan difíciles de articular como las anteriores.
―¡No! ―gritó Chandra―. ¡Ni hablar! ¡Confiábamos en ti! ¡Confié en ti! ¡No! ―La cabeza y las manos de la piromante volvieron a estallar en llamas. "Sabías quién soy, niña. Lo sabías". Pero aquellas palabras no pudo articularlas.
―Lejos ―respondió Nicol Bolas―. Da igual adónde. Te encontraré y entonces hablaremos. Hay muchos asuntos útiles que tratar. Y ahora, vete, Liliana Vess.
Sus decisiones siempre la conducían a lo mismo: otra traición, otra decepción, otra trampa. En eso consistía la comodidad que ofrecían los muertos. No podían sentirse traicionados. No podían llevarse decepciones. No podían mirarla con dolor e ira en los ojos.
Bajó la vista hacia Chandra y se preguntó si tendría que acabar con ella para sobrevivir. El aire que rodeaba a la piromante se estaba volviendo abrasador. "No quiero matarte, Chandra".
En ese caso, márchate ―susurró el Hombre Cuervo.
Fue una de las pocas veces en las que dio la razón a aquella maldita voz. Se rodeó de una nube brillante de energía oscura y se desvaneció en el vacío. Finalmente, sus lágrimas tuvieron libertad para derramarse en el espacio vacuo entre los mundos.
Liliana's Defeat

Chandra

Quería que terminase aquel día tan espantoso y horrendo. Nada había salido como estaba previsto.
El plan de Gideon le había parecido brillante, sin los detalles inútiles que siempre terminaban cambiando de todos modos. Era un plan sencillo y breve que se centraba en los puntos fuertes de todos. Perfecto.
Incluso si resultaba no serlo, le daba vía libre para quemar cosas. Necesitaba quemar algo para afrontar todo el horror y el derramamiento de sangre que había visto aquel día. No podía quemar el dolor. No podía quemar el terror. No podía quemar el sufrimiento.
En vez de eso, había decidido quemar a Nicol Bolas.
Sin embargo, tampoco podía hacer eso. Sí, entendía que era un dragón, pero creía tener bastantes posibilidades de causarle daño. Al fin y al cabo, no estaba hecho de fuego. Tenía que esforzarse más.
Nicol Bolas los miró desde arriba y sonrió.
―Y ahora quedáis tres. He preferido no comentarlo delante de vuestra querida nigromante, pero, entre nosotros, también poseo ciertos conocimientos de nigromancia. ¿Tenéis alguna vacante en los Guardianes? ¿Hay algún proceso de solicitud?
―¡Cierra el pico! ―gritó Chandra. Odiaba a la gente que hablaba y hablaba solo para demostrar lo ingeniosa que era. También odiaba a las nigromantes traidoras que fingían ser tus amigas. Y, sobre todo, odiaba perder; lo detestaba.
Su fuego se tornó de un blanco cegador, ríos centelleantes de llamas que azotaron al dragón. Los ojos de Nicol Bolas se entrecerraron y se vio obligado a retroceder por primera vez, lo que permitió a Gideon caer al suelo mientras el dragón se defendía.
"¡Le he hecho daño! ¡Lo he conseguido!". Fue la primera satisfacción que sintió en todo el día.
―¡Gideon, Nissa, podemos vencer! ―Gideon ya se había levantado y regresaba junto a ella. Nissa estaba inusualmente callada. Chandra no sabía qué tramaba la elfa, pero confiaba en que se le ocurriese alguna idea.
―Ya basta, niña ingenua. ―El dragón se elevó en el aire, fuera del alcance de sus llamaradas más intensas, pero eso no le impidió seguir arrojándolas. Se sentía bien al esforzarse.
»Chandra Nalaar, tenías muchas características útiles. Eres poderosa, emocionalmente inestable, fácil de manipular y predeciblemente impredecible. En verdad me parecías prometedora. ―La voz de Nicol Bolas retumbaba en el aire. "No soy fácil de manipular", pensó ella encolerizándose cada vez más. Sus llamas iluminaron el cielo nocturno.
»Pero ¿fuego? ¿Contra un dragón? Un dragón. Tengo determinados estándares. ―Nicol Bolas se elevó todavía más y extendió las alas.
Cuando terminó su ascenso, descendió en picado hacia Chandra aplastando las alas contra su inmenso cuerpo. "Vamos, ven aquí", pensó ella. Aquello era lo que esperaba, la oportunidad de librarse de sus restricciones y quemarlo todo. El fuego surgió de ella, libre y sin reservas.
Si iba a morir de ese modo, se llevaría por delante a aquel malnacido.
La tierra se elevó por todas partes.
Una gran aguja de roca, tierra y raíces emergió del suelo con intención de empalar al dragón. Este viró en el último momento, pero nuevas agujas brotaron como lanzas dispuestas a matar. También consiguió evitarlas, aunque a costa de interrumpir el picado para volar en círculos.
―¡Sí! ¡Vamos, Nissa! ―Lanzó una mirada al otro extremo de la plaza en ruinas y vio a su amiga completamente envuelta en un aura verde mientras blandía la tierra contra el dragón. Sabía que Nissa tendría una idea grandiosa. Chandra estaba ahora defendida, situada entre muchas columnas de roca gruesa y preparada para abrir fuego a discreción―. Podemos conseg...
Con un potente coletazo, el dragón partió las columnas rocosas como si fueran de cristal. El golpe de Nicol Bolas provocó una avalancha de rocas y tierra que volaron en dirección a Chandra. Instintivamente, desató una explosión de fuego para repeler el alud, pero parte de este cayó sobre ella y la estrelló contra la roca a sus espaldas.
El dolor recorría su cuerpo. Tenía varias costillas rotas. Aturdida, luchó para mantenerse en pie y vio a Nicol Bolas serpenteando entre las agujas quebradas. Su agilidad era pasmosa para alguien tan enorme. El dragón se abalanzó sobre ella y la atrapó en una de sus grandes garras.
Chandra intentó convocar más fuego, pero el dolor era insoportable. Nicol Bolas la estrujó entre sus dedos y el crujido de otra costilla la hizo gritar de agonía.
―Presta atención, Chandra ―dijo él con una sonrisa siniestra―. Te demostraré lo que puede hacer un dragón.
Un inmenso elemental de tierra emergió detrás de Nicol Bolas y descargó un puñetazo contra la mandíbula del dragón. Bolas gruñó y se giró para enfrentarse al elemental, dejando caer a Chandra en el suelo.
"Agh, demasiado dolor...". Necesitó hacer un esfuerzo para levantarse. Tenía que ayudar a Nissa. La cabeza le daba vueltas y tropezó una vez más. El suelo temblaba mientras el dragón se enfrentaba al elemental. Detrás de ellos, Chandra vio surgir otros titanes de tierra dispuestos a unirse a la batalla.
Chandra sonrió a pesar del dolor. Tal vez pudieran conseguirlo de verd...
―De acuerdo. He sido modesto en demasía. No soy solamente un dragón. ―Nicol Bolas pronunció una única palabra que abandonó los oídos de Chandra en cuanto la oyó. Unos zarcillos negros surgieron del suelo y se enroscaron alrededor del torso y la garganta de Nissa, estrangulándola mientras se revolvía con violencia.
"No, no, no, tengo que...". Chandra dio un paso hacia ella y aulló de dolor. Apenas podía moverse.
Nissa vio en qué estado se encontraba y le gritó.
―¡Vete! ¡Escapa! ―Los zarcillos atacaban sin cesar y, aunque Nissa consiguió partir algunos con su magia, otros surgieron para reemplazarlos.
"No...". Chandra tosió y vio sangre en el suelo, motas rojas que rociaron los escombros quebrados. Intentó erguirse y resistir el impulso de vomitar. "¿Dónde está Gideon?". Miró alrededor en busca de él y comprendió que iba a desmayarse en cuestión de segundos.
―¡Huye! ―insistió Nissa―. ¡No te preocupes por mí! ¡Te va a matar! ¡Márchate!
Chandra no veía a Gideon. Tampoco podía salvar a Nissa. No tenía manera de vencer al dragón. Ni siquiera conseguiría mantenerse consciente.
"Si me quedo, moriré". No quería morir. Huyó entre los planos envuelta en una llamarada. El único rastro de su presencia era la sangre que manchaba los escombros, hasta que esta también se evaporó bajo el calor abrasador.
Chandra's Defeat

Nissa

Nissa sintió alivio cuando Chandra abandonó el mundo. Le resultaría imposible salvar a Gideon y a sí misma si tenía que proteger a la malherida Chandra al mismo tiempo. Incluso ahora, no estaba segura de si podría salvar a Gideon y a sí misma.
La batalla no marchaba bien. Nissa apenas era capaz de resistir el hechizo de Nicol Bolas y sus elementales se habían quedado inmóviles, pues no podía dirigirlos mientras luchaba por sobrevivir.
Al principio de la contienda, cuando resultó obvio que cualquier invocación superficial no surtiría efecto contra el dragón, había tratado de establecer una comunión más profunda con la tierra. Había sido como sumergirse en un fango espeso. De algún modo, la presencia del dragón había intensificado la oposición de la tierra al tacto de Nissa.
Sin embargo, al final lo había conseguido y se había hecho con el control suficiente para mover la tierra a voluntad, hasta que Nicol Bolas frustró sus esfuerzos con una sola palabra. Nissa había llegado a creer que su destino sería diferente en aquel mundo. Había pensado que su paso por el templo de Kefnet ofrecería posibilidades hasta entonces inimaginables... Pero no. Kefnet y el resto de los dioses yacían en las calles y sus hilos habían sido cortados sin llegar a explorar las posibilidades.
En cuanto a la batalla, aquella confrontación con el mal que encarnaba Nicol Bolas... Los Guardianes habían resultado expuestos.
Nissa nunca había cuestionado el propósito de los Guardianes. Siempre se habían enfrentado a necesidades inmediatas, injusticias que enmendar, maldad que derrotar. Y lo habían conseguido. Lo habían hecho bien. Hasta entonces. Hasta que un dragón de inmenso poder e intelecto les había demostrado las consecuencias de actuar sin preparación ni el poder suficiente.
Tal vez hubiera un camino mejor.
Meditó sobre aquellas cosas mientras luchaba por recuperar el control de la tierra. Si quería tener alguna posibilidad de presentar batalla, sería mediante la tierra.
Los pensamientos de Nicol Bolas, fétidos y empalagosos, penetraron en su cerebro.
Esta tierra no es tuya, elfa. Me pertenece, y tú no tienes permiso para tocarla. ―Una tenebrosa energía necrótica recorrió las líneas místicas mientras intentaba controlarlas. La corrupción la invadió, marchitando carne y tejidos. Nissa gritó de dolor.
Entonces comprendió la verdad: nunca había tenido ninguna posibilidad. La tierra se había entregado a Nicol Bolas mucho tiempo atrás, lo había aceptado como maestro. Tenía que escapar, huir, pero los zarcillos de corrupción la retenían.
El dragón se acercó lentamente, mostrando una amplia sonrisa.
―Me he hartado de fingir. Considérate afortunada por ser testigo del origen del comienzo, Nissa Revane. Es un privilegio que pocos mortales pueden atribuirse.
Algo se estrelló contra el costado del dragón con fuerza y a baja altura, haciéndole perder el equilibrio. Era Gideon, pero Nissa no tuvo tiempo de pensar cómo ayudarle, puesto que los zarcillos asfixiantes acababan de dejarla sin aire. Aprovechó la intervención de Gideon para huir de aquel mundo, de aquella cáscara muerta.
Nissa's Defeat

Gideon

La ira lo consumía. En toda su vida, Gideon solo se había sentido así de impotente en una ocasión. Había decidido que jamás volvería a ver morir a sus amigos, como cuando Erebos había aniquilado a quienes más le importaban. Sin embargo, aquella contienda había sido una pesadilla desde el principio, ya que el dragón le había mantenido fuera del combate. Gideon solo había podido observar con impotencia mientras Nicol Bolas despachaba a Jace y luego persuadía a Liliana para abandonarlos sin luchar.
Había visto a Chandra y a Nissa escapar de una muerte casi certera y sentido alivio al saber que habían huido. No podía imaginar lo que significaría enfrentarse de nuevo a la pérdida de sus amigos, sobre todo siendo consciente de que él habría tenido la culpa.
Trepó por las patas del dragón, buscando desesperadamente una oportunidad de clavarle el sural en el cuello. Nicol Bolas lo atrapó en una de sus enormes garras y lo estampó contra el suelo para apresarlo. La invulnerabilidad de Gideon había servido de muy poco contra un oponente del tamaño, la fuerza y la masa de un dragón. Se resistió y se revolvió bajo la garra de Bolas, pero no pudo liberarse.
―No vencerás. Conseguiremos derrotarte. ―Escupió aquellas palabras desafiantes, pero sonaron vacías incluso para él. Tenía que seguir luchando.
―¿No venceré? ¿Que no venceré? ―La carcajada de Nicol Bolas hizo temblar la plaza entera―. Gideon Jura, eres pésimo analizando la realidad. Me he enfrentado a miles de generales, miles de tácticos, estrategas y maestros del combate. Puede que seas el peor de todos. Permíteme ayudarte. Ignorar la realidad evidente es un error fatal en nuestra línea de trabajo. Por supuesto, comprendo la importancia de las... aspiraciones, pero saber evaluar con exactitud los hechos que tienes ante ti es una habilidad imprescindible en este oficio.
Gideon era consciente de que el dragón pretendía avivar su ira y hacerle perder la calma, pero ya había logrado ese objetivo. Hacía un buen rato que había dejado de pensar de forma lógica. "Y por eso he perdido".
―Te has aliado con un ilusionista, pero quien realmente se hace ilusiones eres tú. Te consideras invulnerable, ¿verdad? Es un simple truco de conjurador, Gideon. Te demostraré lo vulnerable que eres.
Una de las garras de Nicol Bolas comenzó a brillar e hizo presión contra el escudo invulnerable de Gideon. La garra empujó y empujó hasta que el escudo se deshizo como mantequilla derretida. La aguda punta de la garra perforó sin distinción el escudo, la armadura y la carne. La conmoción y el dolor se reflejaron en el rostro de Gideon, pero no gritó.
―Puedo matarte en cuanto se me antoje, pero intuyo que no te importaría morir, por la forma en que juegas tan descuidadamente con tu vida. Y con las vidas de los demás. ―Gideon se retorció y sacudió la cabeza adelante y atrás, desesperado por huir.
»Hoy será mucho mejor dejarte vivir. Hacerte ver lo lastimoso e inútil que eres. Mejor aún, te demostraré lo poco que me importa. Te ofrezco la posibilidad de elegir: quédate y muere o márchate y vive. Ambas opciones me satisfarán. ―La sonrisa del dragón se abrió como una herida fresca.
Gideon se sorprendió al entender que una parte de él ansiaba quedarse. Quería dejar de sentir la culpa de haber perdido a Drasus, Olexo y el resto de sus Milicianos. A toda la gente que había visto morir en Zendikar. No quería cargar con más muertes en sus manos. Solo tenía que... rendirse.
Un torrente de imágenes angustiosas pasaron por su mente. Drasus mirándolo fijamente y escupiendo una palabra: "¡Cobarde!". Erebos cerniéndose sobre él mientras en su cabeza reverberaba la risa del dios de los muertos: "¡Adelante, cobarde! ¡Ven a mí!". Chandra gritándole a la cara: "¡Traidor!".
Podía quedarse y morir... o marcharse y vivir. Y aprender, y luchar. Nicol Bolas pensaba que su decisión no importaría. Al final, la indiferencia del dragón fue el factor decisivo. Le demostraría que se equivocaba.
Gideon arrojó su cuerpo a través de la Eternidad Invisible. El agujero que Nicol Bolas le había dejado en el hombro solo era la más visible de sus heridas.
Gideon's Defeat

El silencio reinaba en la plaza, apenas iluminada por los fuegos aún encendidos tras el arrebato de Chandra. Algunos minutos más tarde de lo deseado, Tezzeret apareció viajando entre los planos.
―Te has retrasado ―lo amonestó Nicol Bolas―. ¿Acaso tenías dudas?
El mago del metal le había servido el tiempo suficiente como para saber cuál era la respuesta adecuada.
―No, amo, en absoluto. Tan solo... me he retrasado. Los habéis derrotado tan pronto como preveíais. ―Su esbirro echó un vistazo alrededor en busca de varios cadáveres que no encontró―. Puedo averiguar adónde han...
―No, no importa. Esto ha sido mejor que la sangre.
Tezzeret lo miró sin comprender, pero sabía que no obtendría más explicaciones.
―Amo, debería poneros al corriente sobre...
―Más tarde. Márchate y dile a Ral Zarek que venga a verme. Está progresando demasiado despacio. ―Tezzeret odiaba que lo utilizaran como recadero y eso era parte del motivo por el que Nicol Bolas disfrutaba tanto haciéndolo. Un Tezzeret desequilibrado era un Tezzeret eficiente. Cada vez que se sentía satisfecho, no tardaba en volverse inútil―. Vete. De inmediato.
Tezzeret inclinó la cabeza y desapareció. En la calma de la noche, la primera noche de verdad que Amonkhet había visto en años, el dragón pasó revista a los cadáveres, la destrucción y el silencio. Había forjado bien su creación sesenta años atrás. Había obrado bien aquel día. El puente entre planos se hallaba en su poder. El ejército estaba preparado. Los Guardianes se habían dispersado por el Multiverso.
Rugió hacia el cielo nocturno, liberando una llamarada surgida de las profundidades de su pecho. Gran parte de los actos de Nicol Bolas eran una interpretación para un público, un factor crucial de sus tácticas en cualquier enfrentamiento. Sin embargo, aquel rugido estaba dedicado a sí mismo. No más sombras. No más acechar. No más ocultarse.
Nicol Bolas, dragón anciano, genio, archimago y Planeswalker, al fin daría sus primeros pasos visible y abiertamente.
"Que todos tiemblen ahora. Más adelante se inclinarán ante mí". Se elevó en el cielo nocturno para contemplar toda la devastación que había causado. Durante ese momento, se sintió satisfecho.

Amonkhet: Resistencia

"El mundo fue aplastado bajo el talón del poderoso Dios Faraón y una Hora nunca mencionada comenzó cuando el sol rojo sangre tiñó la tierra de carmesí. Y así imperó la Hora de la Devastación y el Dios Faraón culminó su gran proyecto, dejando ruinas a su paso mientras la oscuridad consumía y destruía por completo la ciudad".


Samut corría sin detenerse.

El pequeño grupo de supervivientes la seguía. Djeru corría al ritmo de los más rezagados para proteger la retaguardia.
"Tenemos que huir de la ciudad y llegar al desierto".
La orden de Hazoret ardía en un rincón de sus pensamientos mientras avanzaban. Djeru y ella habían obedecido a la diosa y se habían separado de ella para poner rumbo a la periferia de Naktamun. Sus números crecían en el trayecto a medida que otros supervivientes se unían a la lucha.
Pero sus números también mermaban a medida que la destrucción provocada por los dioses arrasaba la ciudad.
"Llegar al desierto".

Para la gente de Naktamun, las dunas interminables y las arenas asfixiantes siempre habían sido símbolos de muerte y peligro, además de un recuerdo de insensatez y pérdida para Samut. Sin embargo, el desierto se había convertido en la última esperanza para sobrevivir.
El variopinto grupo de ciudadanos llegó a un edificio situado cerca de donde la Hekma se alzaba apenas horas antes. El cuartel, donde hasta entonces habían residido los visires de Kefnet que ayudaban a cuidar y reparar la barrera, parecía completamente abandonado excepto por algunos enjambres de langostas que se habían pegado a varias superficies. Samut hizo un gesto a los demás para que se refugiasen tras un muro y escaló la superficie irregular de piedra para llegar al tejado y otear los alrededores.
Ante ella, los desiertos de Amonkhet se extendían hasta el horizonte. El viento empujaba nubes de arena y las dunas ondulantes proyectaban sombras extrañas, aunque Samut no distinguía si se debía a la luz, al viento o a que ocultaban algún horror desconocido. Lo que sí sabía era que había ruinas en las afueras de la ciudad, lugares en los que podrían refugiarse temporalmente, pero más allá de eso, no conocía nada del exterior.
Hazoret aún creía que el Dios Faraón tal vez regresaría para salvarlos a todos de la oscuridad. Algunos miembros del grupo parecían compartir su opinión y todavía mencionaban al Dios Faraón en sus gritos de batalla o susurraban plegarias para que enmendase aquella catástrofe. Sin embargo, Samut conocía la verdad.
Oyó varios gritos procedentes de la calle. Samut miró hacia abajo y vio que todos los supervivientes señalaban atrás, en dirección a la ciudad. En el cielo había un vacío tenebroso y de aquel abismo incomprensible surgió una inmensa criatura dorada. Por un momento, Samut arrugó la frente, confusa. Entonces reparó en los cuernos dorados del ser.
La sangre abandonó el rostro de Samut.
"Ha llegado".

Nicol Bolas, the Deceiver
Parte del grupo prorrumpió en vítores. Algunos echaron a correr de nuevo hacia el corazón de la ciudad, hacia el lejano Dios Faraón.
Entonces, el dragón alzó las garras y una lluvia de fuego negro descendió de los cielos.
Samut gritó por encima del estruendo y apremió a los supervivientes para que se refugiaran en el interior del edificio. Contuvo su desesperación al ver cómo una explosión de fuego aniquilaba a un joven minotauro que intentaba volver junto a ellos. Samut saltó a la calle y corrió a recoger en brazos a una niña aven, para luego regresar al cuartel a toda velocidad y llevarla junto a los demás. Una vez que todos se pusieron a salvo, entró con ellos. Djeru los estaba reuniendo en el centro de la estancia, lejos de ventanas y puertas. El escalofriante estruendo de los proyectiles estallando contra las paredes y los edificios cercanos reverberó en los huesos de todos, acompañados de los sollozos de los más jóvenes.
―Por... ¿Por qué nos hace esto el Dios Faraón? ―dudó con pánico en los ojos un joven naga que apenas tenía edad para ser un discípulo.
―El Dios Faraón es un embustero ―afirmó Samut en voz lo bastante alta como para que todos la oyeran―. No es el gran redentor: es un intruso, un farsante de otro mundo.
―N-no puede ser verdad. Esa... bestia no puede ser nuestro Dios Faraón ―protestó un hombre robusto que Samut conocía: era Masikah, de la simiente Ahn.
―¿Acaso no tienes ojos para ver y oídos para escuchar? ¿Tu corazón no siente nada? ¡Las muertes de nuestros dioses! ¡La destrucción de nuestra ciudad! ¡Este hechizo de fuego infernal, procedente de las garras del mismísimo Dios Faraón! ―exclamó Samut con una convicción gélida mientras miraba a Masikah a los ojos.
―¡Nos han traicionado! ―gritó alguien del grupo―. ¡Nuestros dioses han sido traicionados! ―Varios gritos furiosos secundaron la opinión.
―Los dioses oscuros son sus heraldos, no sus adversarios. ―Samut pasó un brazo por los hombros de Masikah―. Tenemos que afrontar la verdad y luchar por sobrevivir.
Entonces se volvió y se dirigió a todos los presentes, mirándolos a los ojos uno a uno.
―He descubierto la historia encubierta de nuestro pueblo. He visto ruinas y lugares ocultos en las arenas. ―El tono de Samut se suavizó poco a poco―. Esperaba equivocarme, haber caído en la locura y que los sacrilegios que había descubierto no fueran ciertos. Pero mis mayores temores se han hecho realidad.
Los supervivientes murmuraron entre ellos. Algunas caras se endurecieron con ira, mientras que otras se volvieron hacia Samut y aguardaron sus siguientes palabras. Abrió la boca para continuar la arenga, pero entonces sintió un dolor punzante en el pecho. Samut se encorvó y luchó por respirar, con los dientes apretados. Cuando levantó la cabeza, vio a los refugiados aferrándose el pecho, todos ellos con el rostro congelado en una expresión de agonía. Uno de los más jóvenes vomitó.
"¿Cuál de ellas ha caído?".
Samut pronunció sus próximas palabras con resolución.
―Cuatro de nuestros dioses han muerto. ¡Cuatro! ―gritó por encima de los gemidos y llantos del grupo. Algunos sacudieron la cabeza, tratando de negar la verdad que Samut acababa de anunciar. Otros simplemente enmudecieron, con la mirada perdida. Samut insistió.
»Yo vivo por la gloria de mis dioses. Rechazo las mentiras del falso Dios Faraón. Tenemos que presentar batalla y proteger lo que es nuestro. Debemos sobrevivir. Debemos oponernos al Gran Intruso.
―Yo lucharé a tu lado.
Samut se giró, sorprendida y con el pecho lleno de emoción. Tras ayudar a un joven a recuperarse, Djeru se puso en pie y se dirigió a los demás.
―Samut es mi más vieja amiga, pero, más que nadie, consideré un vil sacrilegio sus palabras contra el Dios Faraón. Ahora he visto más que suficiente para comprender que dice la verdad.
Se hizo un silencio incómodo entre los supervivientes, hasta que el joven naga intervino.
―Pero ¿qué haremos? ―preguntó mirando al resto.
―¿Qué podemos hacer? ―balbuceó alguien. Se oyeron murmullos de duda entre el grupo.
―Buena pregunta ―añadió una voz clara y firme―. ¿Qué podemos hacer contra unos dioses oscuros que asesinan deidades y contra un dragón que provoca lluvias de fuego?
Varios supervivientes se hicieron a un lado cuando Hapatra dio un paso al frente. Samut miró a Djeru antes de responder a la visir.
―Hazoret nos pidió a Djeru y a mí que protegiéramos a quienes pudiésemos y nos ocultáramos en las arenas del desierto. Que sobreviviéramos. Nos opondremos al intruso manteniéndonos con vida.
Algunas cabezas asintieron con aprobación.
―Pero yo voy a regresar a la ciudad ―añadió Samut.
Caminó a zancadas hasta la puerta mientras desenvainaba sus khopeshes y se volvió para dirigirse a todos.
―No os pido que me acompañéis. Escapar y sobrevivir honraría la petición de Hazoret y sería un valiente acto de desafío al intruso. ―La voz de Samut se quebró al decir sus próximas palabras―. Pero no podría soportar la muerte de nuestra última diosa. Aunque Hazoret nos ordenó huir, yo regresaré para intentar defender a quien me ha cuidado desde siempre.
―Iré contigo, hermana ―afirmó Djeru desenvainando su arma antes de volverse hacia los demás―. Los hijos de los dioses nunca hemos temido la muerte. Yo dediqué mi vida gustosamente a la búsqueda de un glorioso más allá. Ahora la dedicaré con orgullo a defender la auténtica divinidad.
Otros guerreros se pusieron en pie y desenfundaron sus armas o empuñaron sus bastones con absoluta determinación en el rostro.
―Yo no os acompañaré.
Todos se volvieron hacia Hapatra.
―Mi corazón anhela la más mínima oportunidad de vengar la muerte de mi añorado Rhonas, pero sé que mis venenos estarán mejor empleados al servicio de los supervivientes. ―Desenvainó un puñal y lo sostuvo con reverencia delante del pecho mientras una pequeña serpiente se deslizaba brazo arriba―. Soy el colmillo quebrado de Rhonas y sé dónde golpear para detener a los muertos vivientes y otros monstruos. Acabaré con cualquiera que amenace a nuestra gente mientras buscamos refugio entre las arenas. ―Hapatra miró a Samut con una intensidad ardiente―. Dejo la seguridad de nuestra diosa en tus manos, Samut.
La guerrera correspondió el gesto con sus khopeshes.
―No es fácil conocer nuestras propias fortalezas y sacrificar nuestros deseos por el bien de los demás. Agradezco tu valentía.
Entonces se volvió hacia los supervivientes y alzó un arma.
―¡Los demás, conmigo! ¡Encontraremos y defenderemos a nuestra última diosa!

Samut apretó los dientes. "Son imparables".

Djeru's Renunciation
Djeru derribó a dos de un empujón, pero un tercero ya cargaba contra él, lanza en alto. Samut le gritó una advertencia y su amigo consiguió desviar el golpe del minotauro recubierto de lazotep. Corrió en su ayuda y estampó los khopeshes contra el guerrero muerto viviente, dejando dos cortes dentados en su torso. El golpe no pareció afectar en lo más mínimo al minotauro, que giró sobre sí y derribó a Djeru y Samut con una potente patada giratoria.
Mientras se levantaba atropelladamente, Samut advirtió que solo quedaban otros cuatro combatientes; el resto habían muerto a manos del interminable ejército de guerreros eternos. La cruel broma de las Horas prometidas reptó por los pensamientos de Samut. "La Hora de la Eternidad, en la que los muertos dignos se alzarán de nuevo en un glorioso más allá", pensó con rabia. "Salvo que el «glorioso más allá» consiste en masacrar a todos tus semejantes".
El minotauro conjuró una llama intensa que envolvió la punta de su lanza. Djeru se levantó y se situó junto a Samut.
―Nunca... Nunca había visto muertos vivientes capaces de usar la magia.
―Y yo nunca había visto cadáveres de campeones recubiertos de lazotep y enviados a destruir la ciudad ―contestó ella―. Hoy es un día de descubrimientos.
―Qué suerte la nuestra ―añadió Djeru con una sonrisa falsa.
―Si de verdad son nuestros antiguos campeones, este tiene que ser él ―comentó Samut.
Djeru y ella retrocedieron a medida que el minotauro avanzaba, haciendo girar su lanza por detrás de sí con una mano para crear un círculo cegador de luz. Djeru asintió. Un campeón brutal con una lanza llameante: solo podía ser Neheb el Digno, un iniciado legendario, experto por igual en combate cuerpo a cuerpo y hechicería. Samut y Djeru todavía eran niños cuando Neheb superó las cinco pruebas. "El mejor guerrero de su generación", les enseñaban los maestros. "Luchad como Neheb", les decían los instructores de combate.

Neheb, the Eternal
―Esto es inútil ―susurró Samut a Djeru mientras ajustaba el agarre de sus dos armas.
―Podemos derrotarlo, hermana ―dijo él adoptando una postura defensiva sin quitar los ojos de encima a Neheb.
―Pero ¿de qué serviría? No podemos vencer a todos los antiguos campeones de Amonkhet, ni en sueños. Lo más importante es encontrar a Hazoret.
Neheb blandió su arma con fuerza y envió un arco de fuego contra Samut. La guerrera saltó a un lado para esquivarlo, pero Neheb no les dio ni un respiro y descargó una lanzada contra Djeru. Este levantó su arma para desviar el golpe y el minotauro embistió para asestarle un puñetazo tremendo en la cara que hizo caer a Djeru de espaldas. Samut soltó un rugido y cargó dispuesta a lanzar un tajo desde arriba con sus dos khopeshes, pero Neheb respondió inclinando el torso hacia atrás y propinándole una patada en el estómago. La fuerza del golpe lanzó a Samut a varios metros de distancia y la dejó sin aire en los pulmones. En un abrir y cerrar de ojos, Neheb aprovechó la oportunidad para enarbolar su lanza, dispuesto a empalar a Djeru antes de que se levantara.
Un destello deslumbró a todos los combatientes. Samut se levantó de un salto y vio que el forastero Gideon se había interpuesto entre Neheb y Djeru; el brillo dorado de su invulnerabilidad había interceptado la lanza llameante del minotauro. Junto a él, los otros cuatro forasteros se unieron a la batalla y sus hechizos volaron por doquier en su asalto contra los eternos. Neheb descargó golpe tras golpe contra Gideon, pero ninguno conseguía atravesar la luz dorada.
Samut no dejó escapar la oportunidad. Corrió hacia el minotauro eterno y lo apuñaló en la espalda con ambos khopeshes, haciéndole hincar una rodilla en el suelo. Las hojas agrietaron la armadura de lazotep y dejaron dos agujeros profundos. Samut extrajo las armas y apuñaló de nuevo, esta vez perforando la base del cuello. Neheb, o más bien la monstruosidad que antaño había sido Neheb, se retorció y se estremeció por unos segundos, hasta que finalmente yació inerte.
"Así que es posible destruirlos", pensó Samut. Miró alrededor y vio a los forasteros rematando a los últimos eternos. La mujer de orejas puntiagudas e inquietantes ojos verdes, Nissa, comenzó a ayudar a varios heridos sanando sus cortes y contusiones.
Djeru se levantó y dio una palmada a Gideon en la espalda.
―Es la segunda vez que me salvas hoy. En la primera, me sentí furioso. Ahora te estoy agradecido.
Gideon quiso responder, pero Jace lo interrumpió.
―Estamos desperdiciando tiempo y energías, Gideon. Nicol Bolas recreó este lugar a su imagen y semejanza. Aquí él tiene ventaja. Debemos proceder con cuidado, pero cuanto más nos retrasemos, más tiempo tendrá para prepararse contra nosotros.

Strategic Planning
―Lo mismo digo ―secundó Liliana―. Estoy segura de que ya sabe que estamos aquí. ―Al fijarse en ella, Samut se preguntó por qué tenía el vestido empapado en sangre... y cómo era capaz de parecer elegante y serena incluso así.
―De acuerdo, iremos a por él ahora mismo. ―Gideon se dispuso a seguir adelante, pero Samut lo sujetó por una mano.
―Os acompañaré ―dijo ella.
Gideon dudó, pero entonces intervino Djeru.
―No, no lo haremos, Samut. Esa no es nuestra lucha.
―¿Cómo puedes decir eso? ―le espetó Samut con rabia―. Si quieren acabar con el intruso, con el responsable de todo esto...
―Entonces, los ayudaremos quitándonos de en medio.
Samut estaba furiosa, pero Djeru le puso una mano en el hombro.
―Eres una luchadora muy superior a mí, Samut. ―Djeru negó con la cabeza antes de que ella pudiera protestar―. Otra gente quizá nos considere parejos, pero tú y yo sabemos la verdad. Solo hay una cosa que se me da mejor que a ti: medir el potencial de los demás.
Samut recordó que Djeru había liderado la antigua simiente de ambos, lo bien que conocía las virtudes y defectos de todos sus camaradas, y guardó silencio.
―Como dijo una vez una guerrera sabia ―continuó Djeru―: "No es fácil conocer nuestras propias fortalezas y sacrificar nuestros deseos por el bien de los demás".
Samut soltó un bufido.
―No creas que vas a convencerme con halagos, hermano.
―Los forasteros acabarán con el Di... con el intruso. ―Djeru volvió la vista hacia los grandes cuernos del horizonte, hacia el segundo sol situado entre ellos―. Nosotros debemos cumplir nuestro propósito: encontrar a la última diosa de Amonkhet, defenderla y proteger a la gente de nuestra ciudad.
Samut miró a Djeru con seriedad y suspiró. Entonces lo sujetó por un hombro y lo atrajo para abrazarlo.
―Cuánto agradezco tenerte de nuevo a mi lado.
Se volvió hacia los forasteros, los cinco desconocidos con marcas extrañas y que poseían poderes insólitos. No sabía si confiar en ellos ni en su capacidad para derrotar al intruso. Los miró a los ojos uno a uno mientras hablaba.
―Por lo que ha hecho a nuestra gente, a nuestros dioses, a nuestro mundo... Matadlo. Matad al gran destructor. Matad al dragón intruso. Matad a Nicol Bolas.

Samut no estaba acostumbrada al sigilo ni a seguir a otros.
Tras dejar a los forasteros planeando su batalla contra el dragón, Samut, Djeru y el pequeño pelotón de guerreros habían encontrado a algunos supervivientes más. Los grupos de eternos que vagaban por Naktamun parecían haber disminuido en número, pero solo porque los ciudadanos habían muerto, huido o, en casos extremadamente raros, se habían escondido lo bastante bien como para escapar con vida. Un silencio insólito se había apoderado de las calles de Naktamun, perturbado por los ocasionales zumbidos de las langostas y los gemidos de los cadáveres reanimados por la maldición de los errantes.
Un joven visir de Hazoret lideraba la marcha a hurtadillas. Se llamaba Haq y les había hablado de la batalla que había presenciado entre Bontu y Hazoret, de la traición de Bontu y de la crueldad del Dios Faraón. El joven no debía de tener más de unos catorce años y no podía haber ejercido más de un año o dos como visir, pero había relatado los hechos con una calma y una elocuencia inusuales para alguien de su edad.
―Tras la muerte de Bontu, el dios escarabajo despertó a los eternos y atacó la ciudad ―había explicado Haq―. Yo me encontraba en el templo de la gran Hazoret y dispuse de tiempo suficiente para escapar, mas perdí el rastro de mi diosa durante el caos de la invasión.
Sin embargo, al ser un visir de Hazoret, el corazón de Haq latía unido al de su diosa y podía sentir su presencia vagamente. Había seguido los movimientos de la deidad para tratar de encontrarla, pero unas momias errantes lo habían arrinconado en un almacén. Haq se había escondido en unos barriles de pescado en sal hasta que el grupo de Samut había pasado por allí.
Ahora, el joven les mostraba el camino. Samut rezó en voz baja para que aún estuvieran a tiempo de ayudar a Hazoret, pero entonces calló. Resultaba extraño rezar a una diosa a la que pretendías salvar.
Haq los condujo por un callejón a los pies de un gran monumento, dobló una esquina y de pronto reculó un paso. Cuando el resto del grupo llegó junto a él, todos contuvieron el aliento.
El cuerpo de Rhonas yacía allí mismo. Algunos supervivientes cayeron de rodillas. Otros se acercaron lentamente, estirando las manos hacia él, desesperados por desmentir la realidad que tenían ante sí. Pero cuando sus dedos temblorosos tocaron las escamas doradas y la vestimenta divina, aquella muerte irrefutable abatió al grupo. Hubo lágrimas, llantos furiosos y abrazos en silencio. Djeru se aproximó al dios, se arrodilló a su lado y le tocó el rostro.
La ira volvió a hervir en el interior de Samut y entonces caminó hasta el cadáver de Rhonas. Trepó a su pecho mientras los testigos ahogaban gritos de incredulidad y se irguió.
―Hermanos, hermanas, ahora lloramos, pero resistiremos. Si creéis que el Dios Faraón os está poniendo a prueba, cargad conmigo para demostrar vuestra valía. Si creéis que nos traicionó a todos, uníos a mí para luchar por el mañana. ¡Encarnaremos la fuerza que Rhonas nos mostró con sus enseñanzas y nos otorgó en su prueba!

Life Goes On
Los supervivientes gritaron en señal de solidaridad y sus expresiones se endurecieron con pesar e ira.
De pronto, Djeru se levantó con la vista clavada en el horizonte.
―Samut, tenemos que buscar refugio.
Samut se giró y entrecerró los ojos para seguir la mirada de Djeru. Una violenta tormenta de arena se acercaba desde el Portal al más allá. Antes, la tormenta se habría estrellado contra la Hekma y habría golpeteado la barrera, pero ahora que esta había desaparecido, los remolinos de arena y los vientos aullantes se aproximaban a una velocidad alarmante, como un muro de polvo y oscuridad.
Samut alertó al grupo, bajó al suelo de un salto y se dispuso a correr por donde habían venido, pero entonces, Haq le sujetó una mano y señaló atrás, directamente hacia la tormenta.
―Hermana, Hazoret viene hacia aquí. Y no está sola.
Samut miró brevemente al joven y desenvainó sus khopeshes.
―¡Guerreros, preparaos! ¡Manteneos firmes!
Los supervivientes prepararon las armas y se cubrieron la boca con sus ropas. Muchos de ellos corrieron a resguardarse detrás de la pared del monumento. Samut, Djeru y Haq permanecieron donde estaban y se inclinaron hacia delante cuando la tormenta pasó sobre ellos.
Las arenas les mordieron la piel incluso bajo la ropa y las armaduras. Los tres se taparon los ojos con los brazos y clavaron los pies en el suelo para aguantar el vendaval. El mundo se sumió en la penumbra; la tormenta de arena era lo bastante densa como para eclipsar la mayoría de la luz de los soles y el rugido del viento ahogó cualquier otro sonido.
Entonces, Samut vio algo: una sombra inmensa se aproximaba desde el corazón de la tormenta. La silueta creció y adoptó una forma más clara, hasta que pronto se distinguieron dos pies inmensos corriendo hacia ellos. Hazoret emergió de las nubes de arena y Samut sintió que el corazón se le aceleraba de nuevo al contemplar a la diosa.
Su entusiasmo decayó en cuanto asimiló lo que veía. Hazoret no tenía buen aspecto. Sostenía su lanza en una mano, mientras que el otro brazo le colgaba a un lado. Su cuerpo dorado presentaba heridas y cortes y la diosa tenía la respiración entrecortada y acelerada.
―¡Gran Hazoret, hemos venido a buscaros! ―gritó Haq en medio de la tormenta. La diosa giró la cabeza hacia ellos y en su rostro se reflejaron determinación y sorpresa a partes iguales.
Huid.
La orden resonó en la cabeza de Samut con la fuerza de un mandato y la humana retrocedió varios pasos antes de recuperar el control de sí misma. Hazoret se dio la vuelta y centró su atención en el camino por el que había venido. Entonces, Samut comprendió que la sombra inmensa que había atribuido al resto de la tormenta era en realidad una silueta mucho mayor.
Una cola de escorpión surgió entre los remolinos de arena y Hazoret desvió el aguijonazo, para luego saltar hacia un lado justo antes de que el dios escorpión se abalanzara sobre ella. "Hazoret se mueve más despacio, con dificultad", advirtió Samut. Y lucha con una sola mano".
A pesar de sus heridas, Hazoret combatió con poder y decisión. El dios escorpión se giró para apresarla, pero ella desapareció entre una explosión de llamas y arena. El monstruoso escorpión chasqueó las mandíbulas y Samut lo vio cambiar de dirección rápidamente y volverse hacia la penumbra, siguiendo a Hazoret mediante algún sentido desconocido para la humana.
―Hazoret está preparando un hechizo ―avisó Haq. Samut miró hacia el lugar que señalaba el visir y vio un pequeño anillo de fuego crepitante y agitado por el viento. En la oscuridad, a través de las arenas, Samut vio aparecer otros puntos de luz mientras oía el estruendo de nuevos golpes titánicos.
―¡Todo el mundo atrás! ¡A cubierto! ―gritó Djeru alejándose del círculo de fuego. Samut y Haq lo siguieron y los supervivientes se protegieron tras el monumento junto al que habían pasado antes.
El aire chisporroteó con energía y un inmenso pilar de llamas estalló en plena tormenta; el viento avivó sus lenguas de fuego, que lamieron a través de la arena. El mismísimo aire pareció arder cuando las espirales de llamas crearon una gigantesca columna de fuego ondulante, tan alta como los mayores monumentos de Naktamun. El calor del fogonazo ampolló la piel expuesta de los supervivientes y pareció devorar la tormenta de arena; el hechizo de fuego lo consumía todo a su alcance.
Samut levantó una mano para protegerse los ojos del calor y miró hacia el origen del fuego. Sobre el fondo rojo anaranjado, distinguió la silueta de Hazoret. Sostenía la lanza en la mano buena y señalaba hacia la pira ardiente, con el brazo temblando por la concentración.
Los segundos pasaron lentamente y Hazoret al fin bajó el brazo. El pilar de llamas se mantuvo encendido y la diosa cayó de rodillas, apoyándose sobre la lanza para no desplomarse en el suelo.
―El... El monstruo ha caído en la trampa de fuego ―susurró Haq. En efecto, cuando las llamas empezaron a apagarse lentamente, Samut distinguió al dios escorpión en el centro de la pira, con el caparazón blanqueado, incandescente.
―Es imposible que siga vivo ―dijo Djeru entre dientes.
Sin embargo, el dios escorpión dio un paso vacilante, con un brazo estirado hacia Hazoret. Luego otro paso. Y otro.
Su caparazón se enfrió y el tono blanco se tornó naranja y, poco a poco, negro una vez más. Seguía avanzando, ganando fuerza y decisión a cada paso que daba.
Hazoret levantó la vista hacia él y trató de ponerse en pie, pero tropezó y volvió a caer de rodillas.
Y entonces, el dios escorpión comenzó a correr.
El destello de una cola. El sonido repugnante de un aguijón perforando carne.

A Reckoning Approaches
Samut observó la escena, paralizada. Hazoret se había girado bruscamente para interceptar el golpe con el brazo inutilizado. El dios escorpión retiró su aguijón y Hazoret aulló de dolor antes de rodar hacia atrás para esquivar el segundo aguijonazo de la criatura. Samut contempló con horror cómo el icor verdoso brillaba y se esparcía por el brazo de Hazoret, reptando hacia el torso y el corazón de la diosa.
La lanza de Hazoret refulgió de calor.
El destello de un tajo.
El crepitar de la carne.
Una neblina sangrienta se evaporó en el aire cuando el filo al rojo cauterizó el corte.
Hazoret se agachó y resolló con fuerza. La sangre se filtraba por la herida que le había salvado la vida. A sus pies, el brazo amputado se ennegreció y el veneno consumió la carne.
El implacable dios escorpión avanzó de nuevo.
Samut soltó un grito salvaje y se lanzó a la batalla; el terror, la ira, el dolor y el sufrimiento se fundieron en una fuerza candente. Percibió vagamente que Haq y otros magos empezaron a preparar hechizos detrás de ella. Tenía ante sí la mole imposible del dios escorpión. Samut era diminuta, intrascendente.
Pero le daba igual.
El instinto de apoderó de ella y Samut canalizó energía mágica hacia sus piernas. Saltó y voló sobre las arenas, propulsándose por encima de Hazoret hacia el dios oscuro y empuñando los khopeshes con las hojas apuntando hacia abajo. Se estampó contra el costado del dios y sus armas perforaron el caparazón, clavándose en él y dándole un punto de apoyo temporal. La sorpresa se convirtió en revelación cuando comprendió que el calor del hechizo de Hazoret debía de haber ablandado la coraza impenetrable del dios.
Samut rio con una mezcla de frenesí de batalla y auténtico disfrute. Tiró de sus armas y empujó hacia abajo para deslizarse por el cuerpo del dios, ayudándose de la gravedad para ganar impulso. Descolgó los pies mientras caía cortando el costillar del dios en dirección al abdomen. Sus hojas surcaron el caparazón reblandecido como un ibis surcando el cielo azul.
El dios escorpión rugió y levantó una mano. La deidad con cabeza de alimaña intentó aplastar a la humana dañina como una alimaña, pero Samut aflojó sus khopeshes y se impulsó hacia atrás con las piernas, clavando sus armas en el brazo del dios. Cortó dos delgadas líneas en el caparazón antes de que el dios la lanzara por los aires agitando la mano.
Una nube de arena atrapó a Samut y amortiguó el aterrizaje. Mientras se levantaba, ligeramente aturdida, un mago minotauro avanzó con las manos encendidas de poder y moldeó las arenas para formar una masa compacta y arrojarla contra las piernas del dios escorpión. A su lado, otros magos lanzaban proyectiles de fuego y relámpagos contra el ser.
―¡Samut, empujadlo hacia el río! ―gritó Djeru desde lejos, y Samut lo vio corriendo junto a otros dos guerreros hacia un grupo de obeliscos. Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando comprendió el plan de Djeru.
―¡Conmigo! ―gritó a los demás supervivientes para que cargaran junto a ella.
Los mortales plantaron cara al dios debilitado y lo asaltaron con armas y hechizos. Un aven graznó cuando la deidad lo atrapó al vuelo y lo estrujó entre sus dedos. Un guerrero con dos hachas desapareció bajo un pie, aplastado en el acto. Una rociada de veneno del aguijón del dios cayó sobre un grupo de magos desprevenidos y los ahogó en la ponzoña.

Torment of Venom
Sin embargo, los mortales siguieron hostigando al dios. Los ataques hicieron mella en el caparazón ablandado y consiguieron hacer retroceder a la bestia poco a poco en dirección al campo de obeliscos. El dios escorpión se enfureció y lanzó golpes a diestro y siniestro contra los combatientes que lo acosaban con hechizos, flechas y lanzas. Detrás de él, Djeru ya estaba preparado junto a los guerreros, escondidos detrás de un obelisco medio derrumbado. "Ya casi está", pensó Samut tras estudiar rápidamente la situación. Sin embargo, el dios escorpión se resistía, todavía un poco lejos de la trampa de Djeru.
―¡Tenemos que hacerlo retroceder! ¡Solo un poco más! ―gritó Samut.
De pronto, una voz retumbó detrás de ella.
―¡Dios oscuro! ¡Acabaré contigo en el nombre de Rhonas!
Samut se volvió y contempló una escena que la dejó sin habla.

Gift of Strength
Una khenra solitaria enarbolaba el bastón de Rhonas, reforjado mediante magia. Sus brazos brillaban con un poder dorado, un último vestigio de la fuerza del dios que recorría el cuerpo de la guerrera, y esta se lanzó a la carga sosteniendo el bastón en alto. Samut y los demás se apartaron de su camino cuando la mujer pasó junto a ellos como una exhalación. Con un rugido portentoso, la khenra blandió el bastón contra el dios.
La criatura se cubrió con ambos brazos, pero la potencia del impacto lo hizo retroceder trastabillando y provocó una lluvia de fragmentos de su caparazón, agrietado en los antebrazos.
En ese momento, Djeru y su equipo salieron corriendo hacia el dios escorpión con una cuerda tensada entre ellos y lo hicieron tropezar. El monstruo perdió el equilibrio y se precipitó sobre los obeliscos, cuyos extremos puntiagudos se convertirían en un lecho de puñales para el inmenso dios.
Sin embargo, Samut advirtió que la trayectoria de la caída no coincidía con la inclinación de los obeliscos.
Sin decir una palabra, emprendió la carrera y saltó de nuevo, impulsada por una fuerza mágica. Samut se estrelló contra el dios en plena caída y lo empujó hacia la derecha lo justo para que un trascendental crujido resonara en todo el campo de batalla cuando un obelisco perforó el pecho del dios escorpión de lado a lado.

Puncturing Blow
Los supervivientes prorrumpieron en vítores, pero Samut observó al dios con desconfianza. La deidad se retorcía y lanzaba débiles zarpazos al obelisco que sobresalía de su pecho, sin dejar de luchar. Fuera cual fuese el poder que la impelía a perseguir y matar, aún empujaba su cuerpo roto y le ordenaba lanzar coletazos inútilmente.
Gracias, hijos míos.
Hazoret cojeó hacia el dios escorpión apoyándose en su lanza, con el joven Haq a su lado. Los fieles corrieron a ayudar a la diosa, pero esta los detuvo con un gesto.
Todos vosotros habéis hecho más de lo que podría pediros. Más de lo que ningún mortal ha hecho jamás. Pero debo poner fin a esto yo misma.
Samut, Djeru y los demás se hicieron a un lado mientras Hazoret se aproximaba al dios escorpión, que continuaba debatiéndose débilmente. Hazoret contempló a la colosal bestia y las lágrimas afloraron en sus ojos.
Has asesinado a mis hermanos y hermanas, pero sé que no fue por deseo ni intención propias. Descansa, hermano. Que mi fuego te libere de esta forma y estas cadenas oscuras.
Hazoret levantó su lanza de dos puntas y atravesó al dios escorpión justo donde el obelisco sobresalía del caparazón. El arma emanó un calor sofocante y un humo negro surgió del dios escorpión mientras ardía desde dentro, hasta que su caparazón se consumió finalmente y el ser quedó reducido a ceniza.
Cuando terminó, Hazoret retiró su lanza y la clavó en el suelo. La diosa miró alrededor hasta encontrar a Samut y se arrodilló junto a la mortal. Samut se irguió con perplejidad. Hazoret le tendió la gigantesca mano y Samut levantó las suyas para estrechar uno de los dedos de la diosa. Sintió el calor y el sosiego que desprendía la deidad.
Samut, en la arena afirmaste creer que yo no era quien me obligaban a ser. Que confiabas en que protegería a mis hijos cuando más me necesitasen.
Samut miró a la diosa a los ojos y sonrió.
―Y lo habéis hecho, amable Hazoret. Os estamos agradecidos.
Hazoret negó con la cabeza.
No lo habría conseguido sin vosotros. Vosotros, mis queridos hijos, me habéis protegido a mí cuando más os necesitaba.
»Mi corazón es vuestro. Gracias, Samut la Puesta a Prueba. Habéis superado todas las pruebas y vencido a la oscuridad que aguardaba allende.
Las lágrimas de alegría incontenible cayeron por el rostro de Samut. El orgullo, la fuerza y el amor infinito de su diosa inundaron su cuerpo. Sabía que aquel momento no era más que un pequeño triunfo ante la oscuridad abrumadora, pero una llama de esperanza permanecía viva, rescatada de la destrucción y escudada de los vientos del Gran Intruso.
La euforia ahogó todo lo demás.
Y dentro de su alma, una fuerza poderosa crepitó y se encendió.
Un torrente de energía recorrió el cuerpo de Samut, quien sintió cómo sus músculos se contraían y su mente se expandía. Estaba cayendo, cayendo a través del espacio, a través de ondas deslumbrantes de éter, moviéndose a una velocidad imposible sin moverse en absoluto, precipitándose a través de una grieta en la propia realidad. El aire del desierto dio paso repentinamente a una brisa fresca y Samut se sorprendió al ver que estaba entre vegetación desconocida, cuyas hojas se mecían a sus pies.
Levantó la vista y sus ojos no terminaron de comprender lo que veían. En el cielo no había soles; de hecho, el mundo parecía sumido en una extraña oscuridad moteada con unos peculiares puntos de luz que danzaban y titilaban como gemas lejanas. Unos patrones de color extraños bailaban en el cielo y algunos de los puntos brillantes parecían relucir más que el resto. Samut se frotó los ojos. Si observaba el tiempo suficiente, las luces parecían formar una especie de patrón, una luminiscencia conectada que semejaba casi familiar, como un pensamiento que flotaba justo fuera del alcance del recuerdo, o los fragmentos susurrados de un sueño olvidado...

Art by Kieran Yanner
Samut apartó los ojos del extraño cielo y miró alrededor. Distinguió los perfiles oscuros de algunos edificios en la lejanía, de arquitectura recta y rígida. El viento seguía meciendo la hierba a sus pies y su silbido, al acariciarle la piel, resultaba casi musical, acompañado de aromas desconocidos que le hicieron cosquillas en la nariz.
Un pánico grave creció en el interior de Samut. "Esto no es Naktamun. No es Amonkhet. Estoy en... otro mundo".
Pensó en los forasteros, en sus hechizos insólitos, sus ropas peculiares y sus marcas extrañas.
"Soy... como ellos. Soy una caminante entre mundos".
Sacudió la cabeza y gritó de pura frustración. Tenía que regresar a su mundo. Necesitaba volver junto a Hazoret, aún gravemente herida, y ayudar a su gente a escapar.
Samut echó a correr y tiró de su memoria y su instinto, empleando magia todavía nueva y no dominada. Mientras sus piernas se movían a toda prisa, notó la misma sensación indescriptible de antes. De pronto, una fuerza la arrancó de la realidad y la magia se entrelazó con las fibras de sus músculos. Su cuerpo sirvió como medio para un hechizo que no sabía que podía emplear. Se precipitó de nuevo a través del azul deslumbrante y los colores turbulentos. Mientras caía, sintió vagamente la presencia de otros mundos que dejaba a un lado, planos, hasta que por fin, con una sacudida, aterrizó de rodillas sobre la cálida arena familiar y se regocijó ante la presencia de Hazoret.
Alrededor de ella, los demás supervivientes la observaban completamente atónitos. Habían presenciado cómo su campeona se desvanecía en la nada, para luego reaparecer antes de que ninguno llegase a reaccionar.
Hija mía...
La cálida voz de Hazoret vibró en la mente de Samut y esta intentó levantarse y responder... pero su cuerpo se desplomó y Samut se desmayó, completamente falta de energía.
Hazoret la sostuvo en la mano y se la entregó con cuidado a dos mortales que corrieron a hacerse cargo de ella y tumbarla boca arriba. Djeru se arrodilló junto a Samut, con la frente arrugada de preocupación.
Un sonoro estruendo y un estallido de poder atrajeron la atención de todos hacia el cielo.
El dragón dorado sobrevolaba la ciudad y entre sus garras crepitaban relámpagos. Tenía la mirada fija en las calles y su risa retumbaba por todas partes.
―Los forasteros deben de estar combatiendo al Gran Intruso. ―Djeru se puso en pie y envainó su khopesh.
―¡Deberíamos luchar junto a ellos! ―urgió una guerrera khenra.
―No, es una batalla en la que no podremos ayudar ―replicó Djeru―. Apenas nos quedan fuerzas para seguir.
―Entonces, ¿no haremos nada? ―gruñó la khenra.
Resistiremos.
Los supervivientes se volvieron hacia Hazoret. La diosa extrajo su lanza del suelo y levantó la mirada hacia Nicol Bolas.
Cuando los dioses éramos ocho, luchamos juntos contra el dragón... y fuimos derrotados. Ignoro si esos forasteros podrán detenerlo, mas espero que así sea.
Hazoret bajó la vista hacia la congregación de supervivientes.
Por ahora, hijos míos, debemos resistir, perdurar y sobrevivir. Nos adentraremos en el desierto y buscaremos refugio entre sus arenas y espejismos. Mientras respire como última deidad de Amonkhet, velaré por vosotros.
―Y nosotros, por vos. ―Djeru se arrodilló ante Hazoret y se golpeó el pecho con un puño. Uno a uno, los demás fieles emularon el gesto.
Hazoret mostró una sonrisa triste y bajó la mirada hacia Samut, su campeona inesperada, la hija que había visto la verdad y reunido valor para desafiar a los dioses porque los amaba con pasión.
Y la deidad emprendió la marcha hacia las arenas del horizonte con su pueblo en pos de ella, mientras el dragón invasor descendía sobre sus adversarios entre las ruinas de Naktamun.

Leave

"Pero mientras el Gran Intruso traía la perdición a Naktamun, Hazoret, la Superviviente Divina, madre y protectora de los mortales de Amonkhet, guio a sus hijos para salvarlos de una muerte segura. Y así sucedió, y así sucederá, que la deidad y los mortales marcharon hacia un futuro ignoto".
—Haqikah, superviviente de Amonkhet

Amonkhet: La Hora de la Eternidad

El Dios Faraón ha regresado y las Horas transcurren según la profecía. Las Horas de la Revelación, la Gloria y la Promesa han desatado una catástrofe sobre Naktamun y la Hora de la Eternidad está a punto de sembrar un terror inimaginablemente personal entre los habitantes de la ciudad.


Ahora se había justificado la fe.
Nylah nunca había comprendido a los devotos ni compartido la necesidad constante de proclamar su fe. Los dioses caminaban entre el pueblo y su divinidad no requería fe para creer: solo ojos para ver, manos para tocar y orejas para escuchar. Las palabras pronunciadas por los dioses reverberaban en toda la ciudad y su presencia divina era más apreciable e irrefutable que ningún otro fenómeno.
Nylah nunca había comprendido la fe. La consideraba una debilidad, un simulacro de devoción para los débiles de carácter. ¿Qué sentido tenía la fe cuando los dioses eran tan notablemente reales?
Sin embargo, ahora creía.
El regreso del Dios Faraón apenas había tenido cabida en sus pensamientos a lo largo de su vida. Aún le quedaba mucho que aprender, mucho que entrenar. Quería ser la mejor, al igual que todos los demás. ¿De qué servía pensar en lo que aguardaba tras las pruebas, cuando las pruebas eran su máxima aspiración? Ningún amante, hijo o amigo había durado mucho en su vida. Nadie podía competir con su ambición. Sí, los dioses merecían su devoción, pero el entrenamiento era su oración diaria. Su meta final era que la consideraran digna. Por ello, rechazaba toda competencia para ese objetivo.
A pesar de todo, su corazón se había acelerado cuando las puertas del paraíso se abrieron. Cuando supo que algún día se había convertido en el presente, que la eternidad estaba aquí. Había estirado el cuello, ansiosa por ser testigo de la gracia divina... Mas esta no había sido revelada tras aquellas puertas: solo el horror.
God-Pharaoh's Faithful
Nunca había apreciado la belleza de su ciudad hasta que se la habían arrebatado. El majestuoso Luxa, antes azul como el cielo estival, se había teñido de rojo sangre y se había llenado de peces muertos e inmundicia. Las nubes de langostas habían consumido árboles y jardines y devorado a pequeños animales, dejando solo huesos a su paso.
Incluso los dioses estaban muriendo. El poderoso Rhonas. El astuto Kefnet. La hermosa Oketra. La ambiciosa Bontu. Todos habían caído y su divinidad se había marchitado, sustituida por la mortalidad.
¿Qué dios puede ser una deidad si también puede fallecer?
El pensamiento más retorcido de Nylah se formó inesperadamente. "Los dioses no han superado su prueba. Merecían morir".
Una pausa momentánea. Entonces, el abismo se extendió y la llamó. "Todos lo merecemos".
La idea no la horrorizó. En lugar de ello, encendió una ascua en su interior, un calor que la reconfortó en ese momento, en el final del presente y el comienzo de la eternidad que se les había prometido. Su ciudad estaba siendo destruida; sus dioses, aniquilados; su gente, separada. Y ella nunca había creído con tanto convencimiento como entonces.
"Debemos ser juzgados. Sin prueba no puede haber honor. Sin sacrificio no puede haber gloria. Sin muerte no puede haber vida". La letanía de los sacerdotes nunca había calado en ella, pero entonces se aferró a cada palabra como si fuesen balsas en una riada. Aquella era su prueba, el horror que debía superar para ser considerada digna.
La palabra vibraba en su corazón. Digna.
Los numerosos ángeles del cielo, que habían supervisado el caos y la violencia sin interferir, echaron la cabeza hacia atrás y extendieron los brazos y las alas. Sus ojos se encendieron con un brillo verde enfermizo mientras proclamaban al unísono:
―¡Los eternos! ¡Los eternos han llegado!
Angel of the God-Pharaoh
Nylah se encontraba junto a la entrada del mausoleo principal, el lugar de descanso de los muertos dignos. Mientras los ángeles repetían su clamor, las puertas del mausoleo se abrieron.
Del interior surgió una silueta temible, colosal como un dios, envuelta en oscuridad y con cabeza de escarabajo. Detrás ella, siguiendo a la implacable divinidad oscura, marchaba un ejército.
Hour of Eternity
Había miles de muertos, todos revestidos de un material metálico de tono azul brillante. Habían sido humanos y minotauros, naga y aven. Resultaban imponentes, incluso si no eran más que tendones y huesos envueltos en una coraza de lazotep más hermosa que cualquier joya. A pesar de su falta de carne y músculos, Nylah reconoció a un gran número de campeones y aspirantes recientes de las pruebas: el minotauro Bakenptah, que había atravesado una columna de piedra con su hacha para vencer a su oponente final; la gran hechicera Taweret, a quien muchos consideraban la maga más poderosa de la última década. Mirase adonde mirase, Nylah veía campeones reconocibles y muchos otros que aparentaban haberlo sido.
Los campeones fallecidos portaban armas afiladas y relucientes. Todos ellos se movían con una agilidad que insinuaba que no habían perdido ni un ápice de la destreza y la fuerza que los había conducido a sus antiguas victorias.
Aquellos eran los eternos, los muertos dignos. Aquel era el destino de quienes se convertían en campeones.
El corazón de Nylah latía con envidia. Ese era el destino que siempre había deseado. El que aún deseaba. El dios escarabajo pasó a su lado sin reparar en ella, a diferencia del ejército de dignos que le sucedía.
Sus ojos brillaban con una llama dorada y sus rostros estaban petrificados en sonrisas sombrías. Cuando alzaron sus armas, Nylah vio el reflejo del crepúsculo en los filos de las hojas. Se le echaron encima mientras gritaba con éxtasis, deseando volverse una con ellos para toda la eternidad.
―¡Ahora creo! ―chilló a sus deseados congéneres. El acero se clavó repetidamente en su carne como besos fríos, como bienvenidas al otro lado de la gloria, con una mordacidad que no se podía imaginar, sino solo sentir. Solo vivir.
"Ahora creo", pensó con cada mordisco. Sus hermanos la rodearon y apuñalaron, apuñalaron, apuñalaron... "Ahora creo".
Ahora se había recompensado la fe.

Asenue iba a perder.
No porque fuesen más hábiles que ella, aunque sus adversarios estuvieran entre los mejores guerreros a los que nunca se había enfrentado, campeones expertos que no habían perdido facultades tras la muerte. Ella misma era una maestra en su mejor momento de forma y adiestramiento.
No porque luchase en desventaja contra dos oponentes. Había elegido su estilo de combate con dos armas precisamente por su utilidad para enfrentarse a varios contrincantes. Incluso se sentía exultante mientras desviaba golpes, esquivaba y respondía, notando que sus muñecas eran una extensión de su mente y sintiendo cómo sus músculos se relajaban y tensaban para sobrevivir y realizar otra parada, lanzar un nuevo tajo y respirar una vez más. "Respira otra vez".
No, iba a perder aquella lucha porque era humana. Y ellos no lo eran.
Los hombros le dolían. Los pulmones le ardían. Las piernas le temblaban. Recordó una advertencia de su antigua instructora de combate.
¡Vuestros músculos más importantes no están en los brazos ni en los hombros ni en la espalda, hatajo de ineptos! ¡Están en las piernas! ¡Si se os cansan las piernas, daos por muertos!
Las piernas de Asenue estaban muy muy cansadas.
Iba a perder. Iba a morir.
Tarde o temprano. Pero no ahora. No ahora mismo. "Respira otra vez".
Apenas minutos antes, miles de criaturas de pesadilla con armaduras azules y rostros de calavera habían irrumpido en las calles de Naktamun masacrando a todo el que encontraran en su camino. Los ángeles los habían llamado "eternos". Asenue había visto morir a camaradas de simiente, amigos y conocidos, todos ellos víctimas de las armas de los invasores.
"Os quiero, ahora en el fin, tanto si os conozco como si no. Os quiero a todos".
Aquel amor la había empujado al combate. La gente había muerto en el asalto inicial, seguía muriendo mientras huía despavorida, moría rogando a sus dioses. Los eternos mataban sin cesar, sin un ápice de compasión que detuviera sus armas.
Asenue se había lanzado al combate y había atraído la atención de dos eternos, pero un sinfín de ellos continuaron marchando por las calles y prosiguieron con la matanza. Como mínimo, podría detener a aquellos dos.
Sin embargo, parecía que ni siquiera lograría eso. No sucumbiría bajo sus filos; al menos, no fácilmente. No acabarían con ella enseguida... pero eran demasiado hábiles como para derrotarlos. En los alrededores, otros guerreros se unían a la batalla en las calles, pero Asenue oía sus respiraciones entrecortadas, el entrechocar del acero y sus últimos estertores.
Nadie acudiría a socorrerla.
Pero su salvación no importaba. Por cada instante que luchaba, otra persona no moría y tenía un momento más. Un momento para sobrevivir, para buscar refugio.
"Tiene que haber algún lugar seguro, ¿verdad? Tiene que...". No era el momento de pensar en eso. "Respira otra vez".
Unos minutos antes, una eternidad antes, el pánico había amenazado con abrumarla. Era fuerte y hábil y estaba acostumbrada a luchar durante horas día tras día como parte del entrenamiento. Pero nunca había combatido sin descanso, sin un solo momento de respiro ni contra oponentes más rápidos, más fuertes y que no sudaban ni se fatigaban ni cometían errores.
El pánico había crecido en su interior hasta que descubrió su nuevo mantra. Entonces, su respiración se había calmado, el dolor de los hombros se había alejado de sus pensamientos, el fuego de los pulmones se había aplacado y sus piernas habían seguido moviéndose sin parar, sin parar, sin parar, impulsadas por pura fuerza de voluntad.
"Respira otra vez".
Asenue vio a una, dos, tres personas huyendo a toda prisa entre los escombros de un edificio, ilesas. No tuvo tiempo de desearles buena suerte ni de pensar que ojalá sobrevivieran para ver un nuevo amanecer. Le dolía respirar. Le dolía moverse. Tenía las piernas demasiado cansadas.
"Respira otra vez. Respira otra vez. Respira... otra...".
Act of Heroism

―¡Makare! ¡Makare! ―Desesperado, Genub gritó el nombre de su amada al cielo rojo oscuro. A lo lejos vio a los asesinos de armadura azul, cuyas grotescas siluetas eran una mofa de sus antiguos seres. Sabía que enfrentarse a ellos suponía morir, pero si no lograba encontrar a Makare, aceptaría la muerte gustosamente.
Se habían prometido el uno a la otra meses atrás, pronunciando las dos sinceras palabras que estaba prohibido decir. Los sacerdotes lo consideraban una ofensa contra el Dios Faraón, pero a los enamorados no les importaba. Para ellos no había nada comparable al amor que se profesaban: ni las pruebas, ni sus camaradas de simiente ni el mismísimo Dios Faraón.
Aquella noche lejana, en la pacífica arboleda donde se habían encontrado, los grandes ojos castaños de Makare se habían convertido en la única luz que deseaba seguir.
―Siempre estaré a tu lado, Genub ―había dicho ella. Genub no sabía cómo podrían conseguirlo, cómo podrían continuar juntos y evitar las pruebas, pero en aquel momento no le había importado.
―Siempre estaré contigo, Makare. ―Al afirmarlo, se había sentido más convencido de que lo harían realidad. Su amor era más verdadero que ninguna otra cosa en Naktamun.
Y ahora, Makare había desaparecido. Tras la muerte de Oketra, alguien había gritado que encontrarían refugio en un viejo templo en las afueras de la ciudad. Habían corrido junto a un gran número de fugitivos y el corazón de Genub se había desbocado de terror mientras estrechaba con fuerza la mano de su amada.
"Mientras sigamos juntos...". Se había aferrado desesperadamente a aquel pensamiento. Si estaba con ella, todo iría bien.
Entonces, la multitud había comenzado a chillar cuando los eternos aparecieron por todas partes, marchando con espadas, hachas y guadañas en alto. Una de ellos, una antigua naga, había saltado y aterrizado serpenteando ante Genub y Makare; su repentino hechizo de fuego azul había desintegrado a dos personas que corrían a la cabeza del grupo.
Spellweaver Eternal
Genub no recordaba qué había sucedido después de eso, solo que había corrido y corrido. El terror no había dejado lugar para ningún otro pensamiento. Cuando se detuvo a respirar, Makare no estaba allí.
Le había fallado. La había abandonado.
―¡Makare! ―gritó girándose bruscamente a un lado y a otro, desesperado por encontrarla.
"¡Ahí está!". Cruzó a toda prisa una plaza en ruinas, hacia sus inconfundibles cabellos castaños y su atuendo con ribetes broncíneos. Mientras corría a socorrerla, vio al grupo de eternos que comenzaba a rodearla, pero nada lo detendría esta vez, incluso si tenía que luchar contra todos ellos.
Cuando estiró un brazo para tomarla de la mano y emprender la huida juntos, Makare se volvió hacia él. La hermosa luz castaña de sus ojos se había convertido en un gélido resplandor azul. En su mirada no había rastro de amor. Solo entonces, Genub reparó en el hacha que Makare empuñaba, manchada con trozos de carne sangrienta, y luego en la hechicera naga que susurraba al oído de su amada.
Makare levantó el hacha y Genub pensó que aquello era imposible, que podría hacerla volver en sí y romper el hechizo que la había embrujado. Aún podían ser libres. Aún podían estar juntos.
―¡Makare, soy yo! ―Lo único verdadero en el mundo era el amor que se proferían―. ¡Makare! ―Tenía que hacerla volver, tenía que romper el encantamiento―. ¡Makare!
El hachazo cayó con fuerza, sin vacilar. Su arma no fue la única que perforó la carne de Genub, pero sí la primera. Cuando el acero descendió, la última imagen que vio fue una sonrisa en el rostro de su amada.
Threads of Disloyalty

Kawit debería haberse rendido tras la muerte de Oketra.
Su diosa había formado parte de su vida desde el principio. La amabilidad, la ternura y la presencia de la deidad la habían ayudado a mejorar constantemente como persona. Conocer a Oketra, venerarla y disfrutar de su luz habían sido unas constantes tan verdaderas como los soles del cielo... Hasta que la luz de Oketra se había apagado, extinguida por el aguijón venenoso de un escorpión abominable.
Kawit debería haber sentido desesperación y pánico. Sin embargo, lo único que sentía era rabia, una furia ardiente y consumidora que calcinaba todas las dudas y el miedo en su fulgor incandescente.
Se había arrodillado junto a Oketra mientras la savia vital de la diosa la abandonaba; sus ojos ya se habían tornado grises y apagados. No había más vida en la plaza. La mayoría de la gente había huido ante la llegada de los eternos, pero Kawit permanecía allí. Lo único que deseaba era ver a su diosa una última vez. Un grupo cada vez mayor de ungidos se reunía en torno a la deidad, aplicando aceite en su piel y vendándola para prepararla de cara al destino que quisiera que aguardase a las divinidades caídas.
En medio del proceso, ningún muerto prestó atención a Kawit cuando recogió una de las flechas de Oketra, lo bastante larga como para semejar una lanza en manos de la humana. Aunque ya no estaba imbuida con la luz divina de Oketra, Kawit aún sentía una energía vibrante en su interior, un eco de la presencia de la diosa.
Era una guerrera devota de Oketra, orgullosa y poderosa. Y aquel día vengaría a su deidad.
Oyó un chasquido retumbante a sus espaldas y se volvió a tiempo de ver a un eterno minotauro cargando contra ella a toda velocidad, hacha en mano. Kawit apenas consiguió levantar su nueva lanza para detener la embestida.
Without Weakness
El minotauro se estrelló contra la punta de la lanza y Kawit sintió un estallido de poder. Con un destello de luz blanca, el minotauro se desintegró y el poder de Oketra redujo a polvo la armadura de lazotep.
Kawit se quedó de pie, jadeando mientras su furia continuaba medrando. No la saciaría hasta acabar con el último de los eternos.
Y entonces lo vio.
Primero fueron los cuernos, la larga silueta curva que sus ojos conocían tan bien. Aquellos cuernos estaban por todas partes y sabía que solo podían pertenecer a una entidad.
Aquel era el mismísimo Dios Faraón.
Omniscience
Era inmenso, mayor que cualquier dios. Un extraño huevo dorado flotaba entre sus cuernos serpentinos. Y era un dragón. Su mente dudó por un segundo y se preguntó si no se trataría de un farsante, de una fuerza maligna que había suplantado al Dios Faraón. ¿Aquel impostor había causado la destrucción de la ciudad y convertido el Luxa en sangre? ¿Aquel impostor había provocado la muerte de su querida y bella diosa?
La lucidez de su ira le proporcionó la respuesta, y esta la golpeó con tal fuerza que Kawit comprendió la verdad inmediatamente.
"Ese dragón no es un impostor: es nuestro Dios Faraón. Es el ser al que hemos venerado toda nuestra vida". El estómago se le revolvió y la sangre le hirvió en la cabeza.
Kawit rugió su desafío a los cielos oscuros y alzó su lanza contra el Di... No, aquel nombre ya no tenía sentido: contra el dragón.
―¡Te mataré! ―proclamó antes de salir corriendo hacia él a toda velocidad.
Su grito atrajo la atención de un gran grupo de eternos que corrieron, serpentearon y volaron a interceptarla.
"Oketra, velad por mí. Otorgadme fuerza". Kawit no sabía a quién rogaba en realidad, pero eso no menguó la confianza que Oketra le proporcionaría.
Y la diosa respondió. Un escudo brillante y ondulante envolvió a Kawit, una manifestación tangible del poder y el amor de Oketra. Los eternos se estrellaron contra la barrera y salieron despedidos mientras Kawit continuaba cargando contra el dragón.
"Oketra, ayudadme a abatir a mi enemigo". Kawit arrojó la lanza y esta voló con una velocidad y una precisión que sabía que no podría conseguir por sí misma. El arma centelleó en el cielo como si hubiera salido disparada del arco de la diosa y continuó su trayectoria hacia el cuello del dragón desprevenido.
Oketra's Avenger
Los eternos que la rodeaban seguían arremetiendo en vano contra el escudo de fuerza. El amor de Oketra la protegía. Kawit vengaría a la diosa ese mismo día.
En el último instante posible, el dragón giró la cabeza hacia el proyectil y este se detuvo de repente en pleno vuelo. La lanza cayó en picado, neutralizada, y se partió en dos al golpear la roca.
El dragón observó por un segundo el arma rota y entonces habló con una voz retumbante cual tempestad.
―En otro mundo, niña, en un momento distinto... ―Entonces hizo una pausa y le dedicó un instante de atención―. Quizá me habrías resultado útil. ―No había odio ni cólera en su mirada, sino un divertimento frío. Finalmente, le dio la espalda y continuó su camino, olvidando que aquella humana había existido.
Aquel desinterés consiguió lo que una granizada de furia no había logrado. Kawit se desmoronó bajo el peso de la indiferencia del dragón, atónita al comprender cuántas cosas de su vida había destruido él sin emoción alguna. Morir desgarrada con furia y decisión habría sido más compasivo.
Cayó de rodillas casi inconscientemente y su escudo empezó a desvanecerse. Parpadeó una última vez y entonces desapareció.
Los eternos se aproximaron, pero Kawit no tenía fuerzas suficientes ni para gritar.
Merciless Eternal

Amenakhte oyó pasos, pisadas ligeras en lugar del tintineo del metal contra la piedra, y pensó que podría resultar seguro decir una palabra. En cuestión de minutos, no sería capaz de articular nada en absoluto.
―Ayuda... ―masculló con la boca llena de sangre, que gorgoteó junto con la palabra, apenas comprensible. Quizá sería más fácil morir, pero entonces recordó al niño que se ocultaba debajo de él, al valiente y astuto joven que incluso ahora permanecía en silencio, prudente para no llamar la atención de los asesinos.
Mientras la sangre manaba de su boca, Amenakhte se dio cuenta de lo sediento que estaba, de cuánto bien le haría un trago de agua. "Todo irá bien. Solo necesito un poco de agua".
―Ayuda ―repitió con más fuerza y claridad. Pronunciar la palabra requirió un mayor esfuerzo que cualquier otra cosa que había hecho aquel día, incluso si únicamente en la última hora había luchado por toda una vida.
Alguien le dio la vuelta y ahogó un grito. Amenakhte miró a su salvadora, pero tenía la vista nublada. Solo pudo distinguir que se trataba de una humana, no de un eterno del ejército que había segado las calles.
―Por favor... ―Tosió y escupió más sangre―. Por favor, salva al niño.
Había intentado escapar de la muerte. Todos lo habían intentado, pero las langostas, la destrucción de la Hekma, la caída de los dioses... Había sido demasiado. El mundo, todo lo que creían sobre él, les había sido arrebatado en cuestión de un día.
Así que huyeron. Y entonces descubrieron el auténtico terror de las Horas, el auténtico significado del regreso del Dios Faraón. Los eternos caminaban entre ellos, innumerables como las langostas, homicidas como el dios escorpión y despiadados como debía de ser el propio Dios Faraón. Sus hojas centelleaban, sus hechizos estallaban y sus víctimas morían.
Amenakhte era grande y poseía los hombros anchos y el torso fuerte de un guerrero, pero no era hábil luchando y nunca había sido valiente. Los eternos mataban indistintamente a fugitivos y a quienes presentaban batalla, y Amenakhte había sido presa del miedo hasta que vio al niño llorando en plena calle.
No era su hijo. Estaba seguro. Había visto a su hijo una vez, pocos años antes, aunque aquellos encuentros fortuitos solían ser irrelevantes y nadie hablaba de ellos. Sin embargo, se había fijado en los hombros anchos del niño y en su abundante cabello moreno, tan parecido al suyo. "Ese joven es mi hijo". Su corazón había rebosado orgullo aquel día, a pesar de que no podía compartirlo con nadie; ni siquiera con la madre del pequeño, a quien rara vez veía.
El niño que había visto llorando en las calles no tenía cabellos morenos ni hombros anchos y fuertes, pero algo había conmovido a Amenakhte como en el día en que había reconocido a su propio hijo. Los eternos habían comenzado a marchar por ambos extremos de la calle, con sus armas reflejando la luz de los soles y sus pies metálicos resonando duramente contra la piedra.
Amenakhte había corrido hacia el niño para llevárselo y ponerlo a salvo, pero los eternos estaban por todas partes y sus hojas habían descendido sobre él. Solo había tenido tiempo de interponerse entre el diluvio de acero y el niño para protegerlo de todas las puñaladas.
"Seré tu escudo, pequeño".
Había sufrido todas las perforaciones, todos los cortes, pero ¿acaso no era ancho de hombros? ¿No era de constitución fuerte? Con cada puñalada, había pensado en el niño que protegía y su única esperanza había sido mantenerlo con vida.
Tras unos segundos que habían parecido una eternidad, la violencia había cesado y el estruendo metálico se había alejado. Amenakhte no se había atrevido a moverse por temor a atraer de nuevo a los eternos, pero pronto había descubierto que no habría podido hacerlo aunque hubiera querido. El niño había permanecido en silencio, sin dejarse vencer por el pánico. Ni siquiera ahora se movía. "Qué valiente y astuto. Te salvaré, joven".
Y ahora, la mujer estaba allí y Amenakhte dejaría al niño en sus manos. Entonces podría morir finalmente.
La mujer no dijo nada, pero se arrodilló a su lado y le estrechó una mano. Tenía los dedos cálidos y suaves. Eran casi tan agradables como un trago de agua. Amenakhte levantó la vista hacia su rostro y, aunque no podía verla bien, sabía que era hermosa.
―¿Salvarás... al niño? ―Era extraño, pero las palabras fluían con más facilidad que antes; brotaban como la sangre. La mujer asintió y, aunque lo veía todo borroso, Amenakhte distinguió que estaba llorando.
"No sientas lástima por mí", quiso decir. "Vamos, llévate al pequeño". Sin embargo, sus labios se negaban a moverse.
La mujer se inclinó sobre él y le susurró al oído.
―El niño está... Estará bien ―sollozó ella―. Yo lo... Lo salvaré.
Al igual que sus manos, su voz era cálida y líquida, cual gota dorada de miel lamida del panal. Amenakhte notó que su vista se atenuaba e intentó beber del rostro de ella, de su hermoso rostro, un último rayo de sol antes de caer en la noche vasta, oscura y eterna.