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Kaladesh: En esta misma Arena

Chandra y Nissa emprendieron la búsqueda de Pia Nalaar, la madre de Chandra, utilizando los contactos de Oviya Pashiri en Kaladesh. Sin embargo, en vez de encontrar a Pia, cayeron en una trampa en una prisión subterránea del Consulado. Solo la llegada oportuna de Ajani, el Planeswalker leonino, pudo evitar que se enfrentaran a una decisión funesta. Entretanto, Liliana se había marchado por su cuenta, inquietada por la presencia de Tezzeret en Kaladesh, mientras que el resto de los Guardianes, Jace y Gideon, permanecían en Rávnica.


RÁVNICA

El carnarium estaba abarrotado, lleno de estruendo y pensamientos. Los artistas, con sus dientes y pinchos resplandecientes, hacían piruetas balanceándose en largas cadenas que pendían del techo. Jace estaba sentado en las filas intermedias, fuera del alcance de los acróbatas y los tragafuegos, pero en el corazón de las carcajadas y el griterío.


El mago ízzet que se sentaba a su lado llevaba puesto un guantelete de mízzium que en ocasiones liberaba pequeños arcos de energía. Jace notaba preocupación tras el aura eléctrica de Ral Zarek. Acercó una oreja mental a la cabeza del mago.
El Pacto viviente es un... —fue el pensamiento inmediato de Ral, seguido de un aluvión de calificativos asombrosamente vulgares y explícitos.
Jace suspiró sin disimulo y Ral contuvo una carcajada al ver la reacción.
Solo comprobaba si puedes leer bien mis pensamientos.
Demasiado bien —pensó Jace. Siguió mirando al escenario, con los ojos puestos en los artistas rakdos. Era una persona más entre el público, camuflado en el vocerío—. Podríamos habernos reunido en la Cámara del Pacto entre Gremios, salvo que de verdad te apeteciera ver el espectáculo.
Tus visitas oficiales se registran y rastrean —discrepó Ral—. No era seguro.
De modo que no estaba allí como miembro del gremio Ízzet: quería hablar con Jace como Planeswalker.
¿Qué ha ocurrido?
Ha habido un viaje entre los planos fuera de lo normal. —La mente de Ral guardó silencio para que Jace asimilara el mensaje, o quizá para buscar la manera de expresar el siguiente pensamiento—. Alguien se ha marchado de Rávnica de forma... anómala.
¿Qué? ¿Quién lo ha hecho? Y ¿cómo lo sabes?
Has visto las nubes en el exterior, Beleren. Vamos, seguro que puedes deducirlo tú solito.
¿El Proyecto Luciérnaga?
Correcto.
Creía que lo habían cancelado cuando saboteamos los resultados —pensó Jace frunciendo el ceño.
Oficialmente, sí. —Los pensamientos de Ral se enroscaron alrededor de sí mismos. Su mente mostró imágenes de mecanismos sensoriales y tormentas eléctricas creadas mediante magia, junto con el recuerdo de contar medias verdades mientras el aliento sofocante de Niv-Mízzet se cernía sobre él.
Jace no pudo evitar el impulso de mirar de reojo para ver la expresión de Ral. Su frente estaba surcada de arrugas de preocupación.
Los detectores aún se activan cuando alguien viaja entre los planos —continuó Ral—. Me fijo en los resultados de vez en cuando, pero generalmente los oculto a los ojos de Niv-Mízzet y la mayoría de mi gremio. He contactado contigo nada más ver el último movimiento de Vraska.
A Jace no le agradó lo más mínimo oír el nombre de la gorgona.
Se ha marchado de Rávnica —pensó Ral— sin un destino.
¿Sin un destino?
No ha viajado hacia un plano. Solo desde uno.
No tiene sentido.
Exacto.
¿Los detectores podrían haber fallado?
No, funcionaban a la perfección —respondió Ral con ademán ofendido—. El abandono del plano se registró correctamente, pero el destino figuraba como anómalo. Vraska no ha vuelto a aparecer desde entonces. Es como si se hubiera marchado hacia un vacío.
Jace vio el patrón electrostático en la mente de Ral: el viaje entre los planos que había registrado se desvanecía en medio de la nada. Percibió lo mucho que eso preocupaba a Ral. Ningún otro hallazgo de su experimento había dado un resultado como aquel.


Homing Lightning
Es fascinante —pensó Jace—. Un momento... ¿Me estás diciendo que aún puedes ver cuándo abandono Rávnica?
Primero a Zendikar y luego a Innistrad, ¿me equivoco? —Ral miraba hacia el espectáculo, pero sus cejas ligeramente enarcadas eran un gesto dirigido a Jace—. Dime, ¿esta vez vas a quedarte un tiempo o pronto volverás a dejar a Rávnica sin su Pacto entre Gremios?
No lo... Eh... Ral, escucha...
En fin, supuse que querrías estar al corriente. —Ral se levantó para marcharse—. Vraska no te tenía mucho aprecio, por lo que he oído.
Bueno... Gracias. Ral, espera.
Jace se abrió paso entre el público y siguió a Ral, que ya estaba saliendo del carnarium.
—Ral... —llamó al mago ízzet cuando llegó a la calle y lo alcanzó.
—Deja de preocuparte —dijo Ral haciendo un gesto con la mano del guantelete—. No voy a revelar todos tus secretos, pero recuerda que hay quienes estarían encantados de ocupar el cargo en el que te has metido. Intenta esforzarte un poco mientras sigas aquí, ¿vale?
—Lo haré —afirmó Jace. Entonces pensó en Lavinia, que creía que Jace continuaba en el despacho, inclinado sobre una montaña de papeles y haciendo la parte más pesada de mantener el delicado equilibrio entre los gremios. O tal vez hubiera descubierto que aquel Jace tan responsable era una ilusión y ahora estuviese gritando "¡PACTO VIVIENTEEEE!" como solo ella sabía hacer.
Un dedo dio dos golpes en el hombro de Jace. Se volvió y se topó frente a frente con Liliana, que desprendía un ligero aroma a otro mundo. La nigromante lanzó un vistazo a Ral y luego miró a Jace, seria como nunca.
—Nos vamos a Kaladesh. Andando.
Ral se cruzó de brazos y levantó aquellas cejas acusadoras todo lo alto que llegaban.
—No es un buen momento —refunfuñó Jace mientras apretaba los dientes.


Art by Dave Kendall
—Me da igual —sentenció Liliana—. Esto es más importante. —Echó los hombros hacia atrás con arrogancia, pero Jace se fijó en que no paraba de cambiar el peso de un pie al otro. Sus habituales provocaciones crueles habían sido sustituidas por órdenes tajantes.
—¿Has encontrado a Chandra?
—He encontrado a otro: Tezzeret, vivo y de una pieza.
De repente, Jace se vio incapaz de tragar saliva y tosió al atragantarse.
Los ojos de Liliana miraban a todas partes: al cielo, al suelo empedrado, a las ruedas de un carromato que pasaba cerca; a cualquier parte con tal de no mirar a Jace a los ojos.
—Lo sé —dijo ella en voz baja—. Pedirte esto me repugna tanto como a ti. Si tuviera otra opción... Bah. Ven a Kaladesh. Trae al forzudo.
Antes de que Jace pudiera responder, la silueta de Liliana empezó a titilar. No era propio de ella viajar entre los planos en plena calle, delante de un desconocido. Cuando desapareció, Jace y Ral se miraron mutuamente. A Jace le costó encontrar una explicación.
—A ver si lo adivino, Pacto viviente —intervino Ral—. Tienes que... —Jace se encogió ligeramente de hombros y separó las manos, completamente falto de excusas— marcharte. —La cabeza de Jace se hundió un poco entre sus hombros.
Ral le lanzó una mirada fulminante, le dio la espalda sin mediar palabra y se marchó. El cerebro de Jace conjuró un repertorio de posibles explicaciones, pero ninguna de ellas parecía adecuada. Finalmente, recuperó la compostura, respiró hondo y partió en busca de Gideon.

KALADESH

Nissa permanecía atenta a la posible aparición de las autoridades; de momento estaban a salvo. Chandra y ella se detuvieron debajo de un puente, junto con la señora Pashiri y el hombre felino. En los alrededores no había soldados del Consulado ni agentes de Dhund, solo el bullicio de la ciudad. Uno de aquellos enormes y pesados vehículos pasó traqueteando por el puente que había sobre sus cabezas; la luz del sol se filtraba entre los huecos de las vías. Nissa se encogió ante la maraña de luz y ruido, pero al menos habían huido de la trampa de Baral.
—Muchas gracias por lo que has hecho, Ajani. —La señora Pashiri le dedicó una gran sonrisa y se apoyó en el bíceps peludo del felino.
—Estaba preocupado por ti, Abuela —retumbó la voz de él.
—También agradezco tu ayuda —terció Nissa. No había visto a nadie como Ajani en Kaladesh y pensó cómo debía formular la pregunta delicada—. ¿Llevas mucho tiempo... aquí?
—En el lugar del que procedo soy menos... inusual —respondió Ajani mientras ajustaba una capa alrededor de sus portentosos hombros—. Abuela y yo llevamos semanas siguiendo los movimientos de Tezzeret.
—Chandra también está buscando a alguien —dijo la señora Pashiri dando una palmadita a una de las garras de Ajani—. A su madre, Pia. Los soldados de Tezzeret la han arrestado.
Nissa observó a Chandra con cierta preocupación. La piromante daba vueltas como un animal nervioso, pisando fuerte las calles adoquinadas.
—Llevaré a la Abuela Pashiri a un lugar seguro —dijo Ajani—. Creo que luego deberíamos separarnos y ampliar la búsqueda por la ciudad.
—De acuerdo —accedió Nissa—. Si trabajamos juntos, seguro que podremos averiguar dónde han... Dónde han podido... Chandra, ¿qué te ocurre?
Chandra se había convertido en una columna de fuego. Estaba plantada en el suelo, mirando a un extremo de la calle. Su pelo había estallado en llamas. Siguieron con la vista la dirección de su cabeza y repararon en las fachadas de varias torres.
Las pancartas se revelaron desplegándose hacia abajo por los chapiteles mediante una especie de mecanismo. Eran inmensas e idénticas, con imágenes dibujadas a tamaño descomunal y trazos exagerados. Un retrato estilizado mostraba al juez principal Tezzeret erguido con orgullo, rodeado de haces de luz y con un mensaje enorme sobre su cabeza: "¡INVENTORES, VENGAN A PRESENCIAR EL DUELO DEL SIGLO!".
En un rincón de la pancarta, dibujada con una mirada amenazadora y rodeada de horribles líneas dentadas, había una caricatura de Pia Nalaar.
La inscripción inferior rezaba lo siguiente: "EL JUEZ PRINCIPAL TEZZERET SE ENFRENTARÁ A LA CRIMINAL RENEGADA PIA NALAAR. LA BATALLA DE INGENIO DEFINITIVA. LA GRAN EXHIBICIÓN".
Y un último mensaje: "¡MAÑANA A MEDIODÍA!".
—Chandra... —dijo Nissa con suavidad.
—Me está retando —aseguró ella—. Tengo que enfrentarme a él.
—Sí, es un desafío, pero ya hemos caído en una trampa...
—Mi madre sigue con vida. Es lo único que importa.
Nissa se volvió hacia la señora Pashiri y Ajani.
—Es lo único que importa —confirmó él—, pero los cuatro no seremos suficientes para...
—¡Ahí están! —Se volvieron y vieron a un guardia con uniforme del Consulado, que señalaba a Nissa. Iba armado y empezó a cruzar la calle directamente hacia ellos, seguido de otros dos.
Instintivamente, Nissa expandió su percepción para encontrar las raíces vivas bajo la calle y se dispuso a acelerar su crecimiento e inmovilizar a los soldados; entonces echó un vistazo hacia arriba y se preguntó si podría derrumbar el puente para cortarles el paso. Ajani gruñó y echó mano de la enorme hacha de dos cabezas que llevaba a la espalda. Chandra ya estaba en llamas, pero sus dedos se apretaron con fuerza al girarse hacia los soldados y prepararon pequeños cometas de fuego. Incluso la señora Pashiri reaccionó y creó un autómata que cobró vida entre chasquidos y giros de engranajes.
Sin embargo, cuando los soldados se aproximaron, sus siluetas fluctuaron y ondularon. Sus cuerpos parecieron disiparse en riachuelos de acuarelas y revelaron algo distinto en los lienzos que había debajo. Cuando la distorsión terminó, vieron tres rostros familiares: Jace, Liliana y Gideon.
—Parece que esto es un asunto para los Guardianes —dijo Jace.
Nissa anuló su hechizo y se pasó una mano por la cara.
—Tus disfraces funcionan demasiado bien. Hemos estado a punto de haceros mucho daño.
—Solo intentábamos pasar desapercibidos —respondió Jace—. Liliana nos ha dicho que un Planeswalker llamado Tezzeret está en Kaladesh.
—Así es, y tiene a la madre de Chandra —añadió Ajani.
—¿Qué hace un leonino con vosotras? —preguntó Liliana mientras estudiaba a Ajani.
—¿Quiénes son los Guardianes? —preguntó este a su vez, mirándola desde arriba.

Entre las decenas y decenas de tópteros que patrullaban la ciudad, un tóptero en concreto se mantenía suspendido en el aire.
Era idéntico a las otras decenas y decenas de tópteros, con el zumbido de sus rotores y sus lentes girando bajo las córneas de cristal. Sin embargo, este permanecía quieto: había interrumpido su ruta. Sus lentes enfocaron a un grupo de humanoides reunidos en la calle y un diminuto obturador de latón emitió una rápida sucesión de ruidos secos. Una serie de mecanismos y prismas internos capturaron las imágenes de la luz en el éter cristalizado, congelado sobre pequeñas placas de cobre colocadas sobre un cilindro en el interior del chasis.
Una vez concluida su función, el tóptero inclinó sus estabilizadores, revolucionó sus rotores auxiliares y ganó altitud.
El tóptero se elevó zumbando entre los tejados y siguió ascendiendo, dejando abajo a una bandada de grullas migratorias. Se desvió ligeramente para evitar la trayectoria de un draco demasiado curioso y continuó subiendo hasta divisar una silueta oscura en el cielo. Una pequeña compuerta redonda se abrió en la estructura de madera del Soberano Celeste. La inmensa aeronave aceptó al tóptero y lo engulló; la compuerta se cerró suavemente detrás de él.
El tóptero aterrizó en unas sujeciones mecánicas anexadas a una cinta transportadora y el zumbido de los rotores cesó poco a poco. Las sujeciones mantuvieron en su sitio al tóptero mientras la cinta lo elevaba a través de un conducto oscuro por el abdomen del Soberano Celeste. Las sujeciones se soltaron de pronto y dejaron que el tóptero rodase hacia la luz y llegase a una cinta más rápida, que recorría el muelle de reconocimiento. Allí rodó de un lado a otro, descendiendo entre cintas hasta encajar en un compartimento de metal ornamentado. El compartimento rotó y dejó el tóptero en manos humanas.
El Cónsul Kambal depositó el constructo en un escritorio. Destapó una herramienta, la usó para accionar un mecanismo en el vientre del tóptero y un panel se abrió con un chasquido. Extrajo el cilindro con las imágenes y levantó las placas hacia la luz. Murmuró para sí mismo mientras las examinaba. Seleccionó una en particular, la que mejor mostraba a su objetivo: Nalaar, la hija de la líder renegada. Sus compatriotas y ella habían visto las pancartas.
—¿Dónde está la mensajera? —preguntó Kambal en voz alta.
Una joven se personó en el despacho, con las manos firmes a ambos lados.
—¿Mi señor?
—Avisa al inspector Baan. El cebo está listo. Preparad la incautación.

Pia bajó la vista hacia las cadenas que ataban sus muñecas y pensó en su hija. Unos grilletes ornamentados le mordían la piel, tal como habían mordido la de Chandra aquel día, cuando tenía once años. Apoyó un hombro en el muro al que estaba encadenada, en uno de los túneles detrás de la arena.
—Entre bastidores.
"Ella también debió de sentir esto", pensó. La espera. La humillación hirviendo por dentro. Igual que aquel día, un hombre sonreiría al público, con un brazo metálico preparado para un espectáculo de violencia. Incluso estaba en la misma arena, lo que Pia valoró como un insulto pensado especialmente para ella. Era el mismo lugar en el que Chandra había buscado a su madre entre las gradas, antes de ser arrancada del mundo.
La mayor esperanza de Pia era no ver a Chandra en las gradas. "Mantente alejada, hija mía", pensó. "Mantente a salvo. Vive". Los anuncios decían que sería una exhibición de forjacéleres, un duelo de inventores utilizando materiales improvisados que enfrentaría al juez principal y la infame líder de los renegados. Pero sabía distinguir una mentira. Tezzeret no pretendía utilizarla solo para dar un espectáculo en la Feria de Inventores. Quería usarla como cebo.
Oyó el sonido amortiguado de los altavoces en el exterior de la arena. Una voz proclamó que Rashmi había ganado el primer premio de la Feria, a lo que siguió una explosión de vítores. A continuación, la voz del juez principal describió con teatralidad todas las ventajas que ofrecía el privilegio de trabajar junto a él. Más aplausos, aunque sonaban sin alegría y mitigados por los pasillos.
Un oficial llegó acompañado del tintineo de dos juegos de llaves. Pia no levantó la vista hasta que reconoció una voz cavernosa y cargada de malicia.
—¿Lista para representar tu papel, Nalaar? —preguntó Baral quitándose la máscara. Las quemaduras pálidas de la mitad izquierda de su cara tiraron de su sonrisa, permitiendo ver hasta las muelas.
Pia se revolvió en sus ataduras, pero se calmó. Sintió una oleada de repulsión, pero levantó la barbilla y miró hacia el pasillo, ignorando a Baral.
—Por mucho que te obsesiones con mi familia, por mucho que una parte enferma de tu cerebro piense que castigarnos puede hacerte respetable de algún modo... No importa. Porque nada de lo que hagas puede hacerle daño a ella.
—Vaya, veo que no sabes lo que ha ocurrido —se mofó Baral—. Vinieron en tu busca. Lamentablemente, llegaron al lugar equivocado. El intento de rescate de tu hija ha tenido un final trágico.
Pia le miró aterrada, pero recordó que aquel rostro era el de un mentiroso. Volvió a mirar hacia la arena y pronunció sus siguientes palabras entre dientes, una a una.
—Como le hayas hecho un rasguño...
—Tendremos que esperar a ver, ¿no crees? —replicó Baral—. ¿Estará aquí? Cuando Tezzeret te humille ahí fuera, ¿acudirá en tu ayuda?
"Mantente a salvo, hija", pensó. "Por favor, haz caso a tu madre por una vez".
—Ha llegado el momento, líder de los renegados —dijo Baral—. Acompáñame.
La agarró por las ataduras y tiró de ella, pero Pia se soltó de un tirón y caminó por su propio pie.
Se detuvieron ante un pequeño tramo de escaleras que conducía a la arena, deslumbrante bajo el sol de mediodía. Unos guardias del Consulado escoltaban a la elfa Rashmi y a muchos otros inventores que venían de arriba. Estaban enfrascados en una emocionante conversación. Su entusiasmo flotaba con ellos como un perfume, hasta el punto de que no se fijaron en Baral mientras quitaba los grilletes de Pia ni en los guardias que les separaron de sus inventos galardonados cuando llegaron al pasillo.
—Y ahora, amigos y conciudadanos —anunciaron los altavoces—, les rogamos que permanezcan en sus asientos para presenciar el acto final de la exhibición de hoy, el duelo de forjacéleres que pronto estará en boca de todos. Nuestro primer competidor es el ilustre director de vuestra Feria: ¡el juez principal Tezzeret!
Pia estaba tan preocupada que ni siquiera oyó los aplausos. Examinó las gradas desde el umbral. No vio a ningún renegado entre el público, ni a Chandra, ni a ningún otro conocido. Los guardias de Tezzeret debían de haber estado alerta en las entradas para no dejar pasar a ningún sospechoso. Tal vez no pretendieran utilizarla de cebo, como temía. Ahora, su única esperanza era proporcionar el mayor entretenimiento posible y ganarse al público; hacer lo que pudiera para no regresar a las celdas y los grilletes.
—Me alegra estar aquí para despedirme —dijo Baral mostrándole los dientes—. Sería una lástima no poder decirte adiós.
"¿Qué significa eso?". Sintió un escalofrío terrible en la espalda.
—Y ahora, amigos y conciudadanos, su oponente —retumbaron los altavoces—. La criminal convicta que ha fracasado en su intento de arruinar vuestra Feria... ¡Pia Nalaar!
Baral la empujó con la punta de una cuchilla y Pia salió a la arena entre un coro de abucheos y silbidos. Caminó hacia su lugar designado sin apartar la vista de Tezzeret. Estaba al otro lado de la arena y ni siquiera se molestaba en hacer caso al público. Delante de Pia había un contenedor tapado con un paño bordado. Tezzeret tenía uno idéntico a su disposición.
—En este momento, en esta arena histórica, estamos a punto de presenciar el desafío final. —El presentador empezó hablando con calma y fue ganando intensidad—. Ahora decidiremos quién es el mejor de estos dos célebres inventores. No apartéis los ojos de este duelo, ciudadanos de Ghirapur, puesto que definirá el futuro de nuestra ciudad y nuestro mundo. ¡Qué comience el espectáculo!


Fateful Showdown
Pia retiró el paño de un tirón y examinó rápidamente el contenedor: una selección de engranajes y placas metálicas, algunas piezas de vidrio soplado, una pequeña tubería para insuflar éter y varias herramientas rudimentarias. No tenía mucho con lo que trabajar. No tenía mucho con lo que sorprender al público.
Levantó la vista. Tezzeret ya había revisado su material y estaba construyendo algo con patas. "¡Qué rápido!".
Metió las manos en el contenedor de materiales y, en cuanto tocó las piezas de metal, su intuición de inventora se puso en marcha. Confió en sus capacidades y empezó a moldear, adaptar y soldar por puntos. Dejó que los componentes le dijeran lo que querían ser, como en los viejos tiempos... y un diseño básico con cuatro alas comenzó a cobrar forma. Le dio un chasis ligero para potenciar su velocidad y un aguijón en el morro. Si Kiran estuviese allí, podría darle más capacidad de maniobra, algo que asombrase un poco al público...
"Céntrate. Consigue que vuele".
Insertó la tubería de éter en el conjunto de engranajes y el tóptero cobró vida, despertando un "¡oooh!" entre el público. Lo envió zumbando hacia Tezzeret con intención de distraerlo mientras trabajaba en su próximo diseño.
El juez principal había terminado de construir una especie de insecto plateado aún más alto que él. El constructo se desdobló y reveló un vientre lleno de tenazas y patas afiladas. El público aplaudió de admiración. "¿Cómo ha podido construir eso con las piezas del contenedor? ¿No se molesta ni en disimular que hace trampas?". El tóptero voló alrededor de Tezzeret y le molestó con el aguijón, pero él lo apartó de un manotazo y envió su constructo contra Pia.


Art by Izzy
Al verlo, ella reaccionó fabricando rápidamente un servo muy básico, soldando sus placas incluso mientras lo enviaba hacia el insecto. El artefacto de Tezzeret correteó sin detenerse y aplastó al servo, partiéndolo en dos. Sin embargo, Pia había añadido una sorpresa: una pequeña carga explosiva. El servo estalló en una nube de humo y piezas y reventó las patas del constructo. El público reaccionó con gran sorpresa. "Tal vez pueda hacer algo más que retrasar lo inevitable. Quizá consiga vencer".
Pia corrió a recuperar piezas del artefacto de Tezzeret. Como suponía, estaba lleno de componentes que a ella no le habían proporcionado... e incluso utilizaba metales que no conocía. Desguazó el chasis y empezó a cosechar piezas para otra creación, esperando que el tóptero siguiera distrayendo a su oponente.
Continuó luchando, uniendo componentes para crear diseños radicalmente nuevos. Pero por muy ingeniosos que fueran sus inventos, Tezzeret siempre respondía con algo que era más veloz, fuerte y resistente. Pia estaba segura de que su ingeniería era superior, pero los constructos del juez abrumaban a los suyos y hacían que agotara sus recursos.
Dio media vuelta para regresar al contenedor, pero una pata metálica puntiaguda se clavó en el suelo junto a ella y el impacto le hizo caer. Levantó la cabeza y vio un nuevo autómata con aspecto de cangrejo, que había ensartado a su tóptero en una de sus patas. Las alas del tóptero batieron débilmente, hasta que al final se detuvieron.


Art by Izzy
Se volvió hacia Tezzeret. Caminaba con paso decidido hacia ella, con la mano metálica en alto. Varios aros de metal se curvaron de forma antinatural obedeciendo a su voluntad; se enroscaron alrededor de sí mismos hasta convertirse en un pequeño escuadrón de autómatas reptantes. Los constructos se irguieron y aquel ejército argénteo y sin rostro empezó a rodearla.
El público coreaba el nombre de Tezzeret, celebrando su victoria.
—Has perdido, Pia Nalaar —dijo él en voz baja, la justa para que ella le oyera—. Y ahora, en el mismo lugar donde tu hija se enfrentó a la justicia por sus crímenes, impartiré justicia por los tuyos.
Levantó el brazo y el ejército de autómatas cromados avanzó hacia ella. El torso del más cercano se reorganizó y se transformó en una extremidad afilada. Tezzeret mantenía el brazo en alto y la miraba desde arriba con un resplandor en los ojos.
"No lo hace solo para impresionar al público", pensó. "Me va a matar".
Tezzeret bajó el brazo de golpe y su creación se abalanzó sobre Pia. Tenía que esquivarlo, tenía que desviar el inevitable...
El autómata salió disparado hacia un lado y se derrumbó sobre un costado, echando humo por una abolladura incandescente. El público enmudeció y se volvió hacia el origen. El proyectil de fuego había surgido de las gradas, de una joven roja de ira y con el pelo en llamas.

¡Todavía no!
¿Cuántas veces tengo que repetírtelo, Jace? —le espetó Chandra mentalmente—. Odio. Esas. ¡Palabras!
Chandra saltó desde las gradas al suelo de la arena. El hechizo ilusorio había hecho todo lo posible por ocultarla, pero se disipó con una luz trémula en cuanto ella empezó a utilizar la piromancia.
Tenemos que averiguar por qué está aquí —insistió Jace—. ¡Mantenle ocupado!
Su madre le dirigió una mirada sorprendentemente severa.
—¡Chandra, vete de aquí! ¡Es una trampa!
—¿Crees que no lo sé? —protestó Chandra mientras acumulaba maná para otro hechizo—. He venido a sacarte de aquí.
—¡Eso es lo que él quiere! —le espetó su madre—. Déjame aquí y huye. Vete, jovencita.
—Ya no soy una niña —contestó ella—. ¡Y no pienso perderte otra vez!
—Qué sorpresa, la pequeña Nalaar también ha venido. —Tezzeret hablaba con exageración, entrelazando sus manos asimétricas—. ¿Vas a unirte a la competición que tu madre acaba de perder? Qué conmovedor.
Chandra vio que los espectadores estaban inclinados hacia delante en sus asientos, intrigados y asombrados con aquel drama familiar.
—No pienso construir nada contra ti, Tezzeret —afirmó—. Voy a darte una paliza.
—¿Aquí? —se burló Tezzeret—. ¿En esta misma arena? ¿Pretendes desafiarme en el mismo sitio donde estuvieron a punto de...?
—¡SÍ! —lo acalló Chandra—. Lo sé, donde iban a ejecutarme. Muy poético y todo eso, pero ¿quieres hacer el favor de cerrar el pico y luchar? —Se concentró en la palma de la mano y formó una bola de fuego.
Los susurros corrieron como la pólvora entre los espectadores. Un grupo de soldados del Consulado se apresuró a rodear a Chandra, dispuestos a arrestarla, pero Tezzeret levantó una mano para detenerlos. Dijo algo en voz baja a uno de ellos, las tropas se retiraron y él volvió a encararse con Chandra. Los autómatas se giraron al mismo tiempo que su titiritero.
—Me enfrentaré a ti, niña —declaró Tezzeret con ánimo de complacer al público. Sus constructos avanzaron poco a poco—. Aunque no será un combate justo si vas a luchar sola.
Chandra separó en dos la bola de fuego y ambos puños estallaron en llamas.
—Nadie ha dicho nada de pelear limpio.
Varias ilusiones se disiparon detrás de ella y, uno a uno, un equipo de Planeswalkers apareció en la arena.


Dramatic Reversal
Sus compañeros prepararon armas y hechizos y Chandra vio a Tezzeret retroceder un paso, casi imperceptiblemente.
Tras un momento de silencio, el público se puso en pie y prorrumpió en un griterío. Que ellos supieran, todo formaba parte del espectáculo, de la apoteosis de la exhibición.
—¡Acaba con ellos, juez principal! —gritaban algunos.
—¡Pateadle el culo, renegados! —respondían otros.
—¡Tezzeret, tramposo! —exclamaban algunas voces.
Chandra —dijo Jace en su cabeza—, creo que sus autómatas aún bloquean mi telepatía de algún modo. Tienes que abrirnos camino.
Reventar esos bichos metálicos —pensó Chandra—. Entendido.


Art by Raymond Swanland
En cuanto Ajani y Gideon corrieron a proteger a su madre, Chandra desató su poder. Los proyectiles de fuego volaron y se estamparon como puños contra las máquinas de Tezzeret, abatiendo una detrás de otra. Un autómata se derritió en el acto. Otro consiguió acercarse lo suficiente como para lanzarle un tajo desde el flanco y arañarle la mejilla, pero enseguida se convirtió en el adorno oxidado de un jardín que creció espontáneamente.
Con un gesto de la garra de Tezzeret, los restos de metal se doblaron y formaron nuevos mecanismos que reptaron bajo las llamaradas de Chandra y se liberaron de las enredaderas de Nissa. Mientras avanzaban, Chandra lanzó puñetazos que escupían ráfagas de fuego, medio consciente de que Gideon y Liliana le cubrían los flancos y Nissa y Ajani aplastaban a los autómatas que se acercaban a su madre.
El público necesitó unos instantes para decidir cómo reaccionar. Lanzar hechizos sin necesidad de dispositivos era un fenómeno extraño en Kaladesh, pero Chandra oyó que prefirieron disfrutar del espectáculo.
Tezzeret retrocedió y, por primera vez, Chandra creyó verle dudar antes de lanzar su siguiente asalto.
¿Aún no has podido leerle? —pensó para Jace.
No —respondió Jace, cuya negativa mental sonó como una maldición—. Algo continúa bloqueándome.
¡Pues date prisa!
Está demasiado protegido —protestó Jace—. Hemos salvado a tu madre, creo que deberíamos irnos.
Chandra miró a su madre y volvió a centrarse en Tezzeret.
Y yo creo que deberíamos poner fin a esto. Aquí y ahora. —Las llamas de sus puños se extendieron por los brazos y el fuego nubló su vista.
Chandra, si Tezzeret sabía que necesitaba bloquear su mente, significa que está preparado para esto. —Los pensamientos de Jace tenían un tono de advertencia—. Sabía que todos nosotros íbamos a venir. Hemos cometido un error.
Chandra apretó un puño y concentró su fuego en un punto de calor abrasador. Sus dientes rechinaron y su brazo tembló.
Puedo hacerlo...
Acaba con él —urgió Liliana en medio de la conversación telepática.
Una sombra se cernió sobre ellos y Chandra levantó la vista: una aeronave descomunal había eclipsado el cielo. El majestuoso casco del Soberano Celeste cubrió toda la arena y la sobrevoló, acompañado del estruendo de sus motores internos. Una enorme torreta rotaba en la parte inferior del casco, cargada de éter crepitante: el cañón apuntaba hacia la arena, amenazando con abrir fuego.
Tezzeret abrió los brazos y se dirigió a todo el público con una amplia sonrisa.
—Y con esto concluye la Feria de Inventores. Doy mi más sincero agradecimiento a los brillantes inventores de este mundo. —Entonces dedicó a los presentes una pequeña reverencia y se elevó sobre una columna de acero con filigranas.
Un himno empezó a sonar en un panharmónico y algunos fuegos artificiales estallaron desde las torres cercanas. El ruido era estridente y extraño en medio del silencio del público.
Los ojos de Chandra vagaron desde el punto de calor concentrado en su palma hasta el rostro de Tezzeret, cada vez más lejano. Se retiraba. Huía después de haber amenazado a su madre.
—Se ha acabado —dijo Nissa con calma junto a ella, y a Chandra le sorprendió lo mucho que anhelaba oír aquellas palabras—. Habrá otro momento. Se ha acabado.
Chandra asintió y contuvo una oleada desbordante de gratitud y alivio. El fuego concentrado en su puño se desvaneció poco a poco en el olvido.
Cuando tenía once años, Chandra había mirado por toda aquella arena; había buscado entre las gradas con la pequeña esperanza de ver el rostro de su madre. No la había encontrado. Ahora, en aquel momento, bastó con girar la cabeza para verla allí, de pie delante de ella.
Su madre abrió los brazos y Chandra corrió a su encuentro.
Chandra se había permitido imaginar aquel momento un millar de veces mientras observaba las planicies volcánicas de la Fortaleza Keral. Si hubiera podido volver a pasar un último momento con mamá, ¿cómo habría sido? ¿Su madre aún olería ligeramente a compuestos de soldadura y pétalos de rosa? ¿Qué le diría? ¿Qué grandes palabras podrían transmitir todo su afecto, su gratitud y su añoranza de volver a casa, de sentirse a salvo con ella?
Chandra separó los labios y sus ojos se nublaron. Y lo único que salió de ella fue...
—Mamá... Lo siento.
Su madre murmuró unas palabras reconfortantes contra su cabello, la abrazó y la estrechó con todo su afecto.


Cathartic Reunion

En el cielo, Tezzeret siguió ascendiendo. La columna de filigrana se elevaba más y más. El casco del Soberano Celeste le dio la bienvenida y se cerró una vez que el juez principal llegó al interior. El panharmónico seguía sonando en vano. El público enmudecido vio cómo el Soberano Celeste viraba y se alejaba lentamente, hasta que el cielo volvió a asomar.
Cuando la gente empezó a marcharse, Chandra oyó sus gritos de protesta. Se movía entre la multitud junto a su madre y el resto las seguían hacia el exterior. Mientras se fijaba en los mechones grises que habían aparecido en el cabello de Pia y en las arrugas de su tez, la angustia y el pánico se propagaron entre la gente.
Una joven con accesorios dorados en su vestido se acercó directamente a Chandra y Pia.
—Me llamo Saheeli Rai —se presentó—. Tengo que hablar contigo, y con usted, señora. —Tenía una expresión completamente seria.
—¿Por qué? —preguntó Chandra—. ¿Qué está pasando?
—Los inventos han desaparecido.
—¿Cómo? —reaccionaron a la vez Pia y Ajani.
—Creo que el Consulado se ha llevado a Rashmi y los demás inventores, junto con todos los artilugios que se han presentado en la Feria. Los inventos galardonados... Los proyectos que tanto les importaban... El descubrimiento de Rashmi... Ya no están. Los han incautado. He visto lo que habéis hecho en la exhibición... ¿Podéis ayudarnos?
Chandra por fin comprendió los gritos de la gente. Todos ellos eran inventores que habían participado en la Feria.
—¡Mi creación!
—¡Dediqué todo lo que tenía a ese diseño!
—¿Cómo han podido llevárselos?
Había soldados y autómatas del Consulado por todas partes. El despliegue de seguridad no había sido tan fuerte cuando entraron en la arena.
—Esto era lo que planeaba Tezzeret —dijo Pia frunciendo el ceño—. El espectáculo no era más que una distracción a gran escala.
—Tenemos que salir de aquí y reorganizarnos —intervino Jace—. Y luego hay que detener a Tezzeret. Está tramando algo.
—Está construyendo algo —gruñó Ajani.

Kaladesh: Liberación

Doce años después de ver morir a sus padres, Chandra Nalaar ha regresado a Kaladesh, su plano natal. Allí ha descubierto que su madre en realidad sobrevivió... pero Pia Nalaar, ahora convertida en líder del movimiento renegado, ha sido arrestada por el Consulado, bajo el mando del Planeswalker Tezzeret. Chandra ha ido en busca de Pia con la ayuda de Nissa Revane y Oviya Pashiri, pero las tres han caído en la trampa del cruel mago Baral, un agente del Consulado.
Encerradas en una prisión a prueba de magia, su única posibilidad de escapar es viajar entre los planos, pero Chandra no está dispuesta a dejar atrás a la señora Pashiri... y Nissa ha descubierto que no puede abandonar a Chandra.


Aún tenía que acostumbrarse a las manos. La falta de control estuvo a punto de costarle una caída en el último tejado.
Los dedos mecánicos que le había dado Abuela eran fuertes y respondían sorprendentemente bien. Era casi como llevar guantes. Sin embargo, al igual que ocurre a una mano enguantada, su agarre era distinto. Tenía que acordarse de presionar poco al sostener un vaso y mucho al saltar entre los tejados de los callejones.
Cuando dejó de sentir el aire en el rostro al aterrizar y sus pies se apoyaron sin hacer ruido en los ladrillos polvorientos, perdió el equilibrio y se deslizó por la repisa. Sus dedos, los auténticos, se aferraron al borde desde el interior de los guanteletes. Con una eficiencia silenciosa, los dedos mecánicos se tensaron y se clavaron en la mampostería. Quedó suspendido en el aire y se balanceó para aupar las piernas hasta el borde del tejado mientras el viento mecía su capa. El azul del cielo y el claroscuro de las nubes de la tarde pasaron ante sus ojos cuando giró sobre sí para incorporarse.
La maniobra le había llevado menos de un suspiro.
Se detuvo a escuchar y olfateó el viento. Las cocinas de los edificios emanaban los aromas de una decena de hierbas y especias que no conocía cinco meses atrás. Ahora sabía que se llamaban cardamomo, cúrcuma, clavo y comino, entre otras. La mayoría de la gente no distinguiría más que esos olores, ya que eran los más penetrantes. Bajo ellos percibió el de la piedra y el latón calentados al sol, el del aceite rancio y el del sudor de un grupo de inspectores del Consulado.
El zumbido de un tóptero de vigilancia le llegó desde arriba. Algunas piedrecitas se desprendieron de los agujeros que habían hecho sus dedos metálicos y repiquetearon en el suelo. Oyó un rumor de tela que se acercaba.
—Este sitio se viene abajo —comentó una inspectora, cuya voz reverberó entre las paredes de ladrillo y el suelo adoquinado—. Los Cónsules deberían derribarlo y reconstruirlo.
—Tal vez lo hagan —respondió una voz masculina—. De momento, la Feria acapara los fondos urbanísticos, pero pronto...
Satisfecho por no haber levantado sospechas, caminó hasta el otro extremo del tejado sin hacer ruido y echó un vistazo hacia abajo. Balcón, balcón, canalón, toldo... ¿Soportaría su peso? Canalón, farola, pared y, finalmente, la calle. Descendió en cuestión de segundos y sus dedos enguantados en metal apretaron la capucha para ocultar el rostro.
Bajó la vista hacia los guanteletes de latón pulido. Solo las manos asomaban bajo las mangas de la capa, pero los guanteletes cubrían más allá de los codos. Eran obra de los Mangadestello, un grupo de artesanos especializados en accesorios corporales. Abuela había encargado que los fabricasen para él. No atraerían las miradas de la gente. La capa la había hecho ella misma utilizando un ingenioso artilugio que daba vueltas y hacía tictac. "¡Tu capa es muy sosa! Con eso llamarías la atención todavía más", le había dicho ella mientras tejía y él sostenía los rollos de seda y respondía preguntas sobre colores y patrones con un desinterés respetuoso.
Bajó los hombros, se encorvó y se metió en medio de la multitud, escuchando e ignorando el hedor a sudor nervioso.
—¿Qué ha pasado?
—... llevan un buen rato ahí...
—... y dicen que los renegados habían puesto trampas...
—... ¿volver a casa, papi?
—... nunca había visto tantos...
Desde las sombras de la capucha, observó las rutas rigurosas de los tópteros que sobrevolaban la zona y el impreciso ir y venir de los humanos y vedalken vestidos con uniformes del Consulado. El edificio de Abuela estaba rodeado.
Se escabulló por otro callejón y volvió a escalar a los tejados. Apoyó la espalda en una caseta llena de herramientas de jardinería y se cercioró de que había medido bien los tiempos. El tóptero dorado pasaba por la parte trasera cada veintidós respiraciones, mientras que el naranja lo hacía en sentido contrario cada cuarenta. El jardín de especias de los vecinos era una bomba para sus fosas nasales.
Podía hacerlo.
Esperó y escuchó el ruido de los tópteros que zumbaban en las alturas.
"Ahora".
Corrió hasta el borde del tejado, se descolgó de un salto y se impulsó hacia atrás.
El aterrizaje le dejó sin aire en los pulmones.
Echó a correr y zigzagueó entre las claraboyas y las chimeneas.
El zumbido de unas alas metálicas reverberaba en el suelo. No le quedaba mucho tiempo.
El edificio de Abuela era el más alto del bloque. Corrió lo más rápido que pudo y en el siguiente salto se impulsó hacia arriba, estirando el brazo por encima de la cabeza y con la capa azul y dorada ondeando detrás de él.
Sus dedos de latón se aferraron al saliente del tejado y las enormes botas amortiguaron silenciosamente el impacto contra la pared.
Gruñó ("¡demasiado alto!") al auparse al tejado.
Se quedó tumbado un tiempo, respirando por la boca y haciendo que el aire entrase lenta y silenciosamente, escuchando si los tópteros habían alterado su ruta o si había gritos en la calle.
Nada.
Abuela vivía en un apartamento con terraza al otro lado del edificio, desde donde se veía el Chapitel de Éter del Consulado. Ella le había puesto toda clase de nombres; el más amable de ellos era "monstruosidad" y el más burdo era una retahíla de referencias escatológicas asombrosamente específicas y a cada cual peor. Se acercó al borde y olfateó. Solo percibió las orquídeas; nada que revelase la presencia de inspectores.
Se dejó caer en silencio entre las plantas y se coló en el hogar de Abuela. "Perdón por el allanamiento".
Se agachó y escuchó mientras el viento mecía las cortinas de lino descoloridas. Dos voces. No... Tres. Una de ellas tenía un tono firme y autoritario. Estaban al otro lado del pasillo, en el dormitorio. Habían registrado el apartamento sin contemplaciones: los contenidos de los vetustos armarios de madera estaban esparcidos por el suelo de baldosas de colores y los cojines estaban rajados y vaciados.
Se movió sin hacer ruido y tuvo cuidado para no pisar las pertenencias diseminadas por doquier. Aguzó el oído para escuchar la conversación en el dormitorio.
—¿Has registrado ese ropero? —Una mujer con voz grave y seria.
—Pues claro que he registrado el ropero, pero nada. —Un joven protestón.
—Tiene que haber algo. —Una tercera voz, masculina y tajante—. Alguna prueba. Lleva más de una década en el círculo interno del movimiento. No puede haber guardado todos los secretos en su cabeza. Id a... No sé. Registrad el salón otra vez.
—¿Sabías que Rashmi ha pasado a la siguiente ronda? —dijo el joven acercándose por el pasillo. El olor a metal agrietado del aire cargado con éter le precedía. Iba armado, por supuesto. Su voz se volvió menos entusiasta—. No creo que un transportador de floreros tenga tanta utilidad.
—Piensa en las posibilidades a largo plazo —replicó la mujer con brusquedad. Un cristal reventó bajo su bota y ella maldijo entre dientes—. Hoy, floreros; mañana, mecatitanes...
Movió los pies con precisión para no hacer el más mínimo ruido y se dirigió al salón. Los inspectores estaban de espaldas a él, vestidos con sus uniformes rojos y naranjas y contemplando el destrozo que habían hecho. Unos artefactos de metal negro colgaban de sus cinturones, siseando.
—¿Dónde estará su mascota? —se preguntó el joven.
—No creo que tenga —contestó la mujer—. Es una fraguavidas. Crea sus propias mascotas —explicó moviendo las manos como si fueran las alas de un pájaro.
Se acercó a ellos sigilosamente y abrió los brazos como si pretendiera abrazar a los intrusos. El viento levantó ligeramente la capucha de su capa.
—Entonces, ¿de dónde han salido todos esos pelos blancos del sofá? —argumentó el joven, que entonces empezó a girarse con el ceño fruncido.
Su sombra se cernió sobre el inspector, que se alarmó y se llevó las manos a la funda del arma mientras sus ojos se abrían como platos al asimilar lo que tenían delante.
Las manos enguantadas en metal estamparon las cabezas de los inspectores la una contra la otra.
Hizo un gesto de dolor al oír el impacto de los cráneos y los inspectores se desplomaron, inconscientes. "No envidio el dolor de cabeza que compartiréis esta noche".
—¿Basani? —llamó el superior desde el otro lado del pasillo—. ¿Qué ha sido ese ruido?
Se situó detrás de la puerta.
—¿Basani? —Los pasos tronaron por el pasillo.
Uniforme de seda rojo y naranja. Metal dorado. Lino blanco como el marfil. Incluso antes de que el borrón de colores formara la silueta de un hombre, los dedos de latón lo sujetaron por el cuello y lo levantaron del suelo. Los viejos instintos.
El hombre resolló, pataleó y agitó los brazos tratando de echar mano a los instrumentos de su cinturón.
Se los quitó de un guantazo con la mano libre y estampó al supervisor de espaldas contra la pared.
—Buenas tardes.
El hombre se llevó las manos al cuello para tratar de liberarse. Se asfixiaba.
—Perdón —le dijo aflojando un poco la presión—. No son mis manos habituales. —El hombre resolló en busca de oxígeno y su olor corporal se volvió más fuerte—. Hueles a miedo —añadió él ladeando la cabeza—. ¿Estás asustado?
—Sí... —silbó el supervisor. Sus ojos desorbitados trataron de vislumbrar el rostro que se escondía bajo la capucha.
—Bien —le susurró. Esperó a que el hombre sudara un poco más antes de hacerle la pregunta—. ¿Dónde está la Abuela Pashiri?
—Detenida. Por ahora. —Abría la boca como un pez sacado al inhóspito desierto que había sobre su mundo—. En una trampa. Es una renegada.
Esperaba que hubiera escapado, que los inspectores estuvieran en el apartamento para buscarla, pero no: la habían capturado y ahora buscaban pruebas para incriminarla.
—¿Qué clase de trampa? —preguntó.
—Buscaba... a alguien. Nos avisaron. Las... capturamos.
Evasivas. Levantó al supervisor otro palmo del suelo.
¿A quiénes?
—La líder... renegada. —El hombre se estremeció y sufrió arcadas en su frustrado intento por toser.
Abuela le había hablado de ella a menudo, pero siempre usando aquel nombre en clave. Solo la había visto en persona una vez. Una mujer de actitud noble, con una mirada distante y una fuerza de voluntad tan férrea que casi ocultaba las cargas que soportaban sus hombros.
—¿Dónde le habéis tendido la trampa?
—¡N-no sé! —negó desesperadamente el supervisor.
—Lástima.
—¡N-no me... mates! —rogó el hombre, con las pupilas dilatadas como pozos negros.
—Yo no mato. —Le dio un golpe en la cabeza con la mano libre y lo dejó caer al suelo, inconsciente—. Ya no.
Regresó a la terraza de Abuela y desplazó con cuidado las macetas de las orquídeas. Si le habían tendido una trampa, significaba que había salido de casa por su propio pie. Eso le serviría para seguir el rastro. Cerró los ojos y respiró hondo.
El aire era una mezcolanza de aromas. Se concentró e ignoró las especias, los metales, la muchedumbre preocupada y el omnipresente olor eléctrico de las rachas de éter que se arremolinaban por la ciudad.
Entonces lo encontró.
Apenas quedaba un indicio en las calles: frutas de estío, rosas, jacinto y miel. El inconfundible olor del attar que usaba Abuela. Casi imposible de conseguir hoy en día, le había dicho con orgullo. Y aún más leve, el olor a aceite y latón cálido del pájaro mecánico que se posaba en el hombro de Abuela para trinar mensajes en clave.
El callejón trasero seguía despejado por el momento. Sospechaba que pronto dejaría de estarlo. Saltó por encima de la barandilla, sintiendo cómo el aire hinchaba la capa que había confeccionado Abuela, y rodó al aterrizar.
El olor susurrante le dirigió hacia el sol del ocaso. Recorrió a toda prisa las laberínticas calles, llenando las fosas nasales con cada respiración. Las palomas y los pájaros sastre levantaban el vuelo a su paso.
Estaba en otro tipo de jungla, pero él seguía siendo un rastreador.

Seis meses antes
—Ichi, ni... —contaba el niño, con los ojos cerrados con fuerza y tapados con las manos.
Oyó risas alrededor y el suelo vibró con los pisotones de los demás, que echaron a correr en todas direcciones. Se concentró en los sonidos: los pies descalzos se alejaron pisando madera y juncos. Su oído era más agudo que el de la mayoría.
—... san, shi...
Aquel juego se le daba mal. Era el más pequeño y lento. Pero solo tenía que atrapar a uno. Con uno sería suficiente. Atraparía a uno y los demás se reirían de ellos.
—... go, roku...
¿Un chapoteo? Alguien había ido al estanque. Eso era trampa. Él no podía ir al jardín. No como los demás. Cuando ellos salían a jugar bajo el sol, él tenía que sentarse en el porche y mirar, dejando colgados sus grandes pies en las frescas neblinas del manantial.
—... shichi, hachi...
Habían tenido que poner aquella norma solo para él, cuando le tocaba buscar. Aun así, era el más pequeño y lento. Le tocaba demasiadas veces.
—... kyu, ¡ju!
Abrió los ojos en la luminosa biblioteca. El sol cálido y dorado brillaba en los paneles de papel y las estanterías llenas de libros y montañas de pergaminos.
—¡Ronda, ronda, el que no s'haya escondido que se'sconda! —gritó. Lo primero que hizo fue salir al porche por la puerta corredera y buscar al tramposo del estanque, entrecerrando los ojos por culpa de la claridad.

Oboro, Palace in the Clouds
Solo vio una grulla, que levantó la cabeza del agua al oírle llegar. La neblina del jardín ondulaba y se mecía con la brisa. Las campanillas de madera colgadas del techo tintineaban y entrechocaban; los amuletos cabezones para prevenir la lluvia se agitaban. Los pétalos rosados se arremolinaban entre sus pies.
Volvió a entrar en casa y se rascó el costado mientras pensaba en los ruidos de las pisadas. Estaba en la Sexta Biblioteca. Sospechaba que la prima Umeyo había ido a la Tercera, pero Ume era buena con él; siempre le daba bocados de sus postres de hielo raspado y le acariciaba la cabeza antes de irse a dormir. La dejaría tranquila en la Tercera Biblioteca y buscaría en otro sitio. A lo mejor en la Décima, donde solía ir el hermano mayor Hiroku, porque allí estaba su libro favoritísimo, el de los ratones y los cuervos. Además, a Hiro no le interesaba tanto jugar al escondite.
Recorrió el pasillo atravesando haces de luz dorada. Trató de ser lo más silencioso posible.
Una racha de viento sopló desde la derecha y tensó los paneles de papel. ¡La entrada! Alguien acababa de abrir la puerta. Se giró hacia la entrada y deslizó el panel de un tirón.
—¡Te he pillao!
La puerta de la entrada seguía cerrada. Un gigante pálido le miraba desde lo alto. Su ojo azul pestañeó.
—En efecto, pequeño cazador —dijo con voz retumbante.
Tendría que darle la bienvenida.
Le habían explicado que debía inclinar la cabeza y decir "bienvenido a nuestra casa".
¿Cómo se llama? ¿Quiere que anuncie su llegada? ¿Ha tenido un viaje largo? ¿Necesita zapatillas?
Los pies del gigante eran más grandes que su propia cabeza y tenían uñas del tamaño de dedos.
El gigante se agachó delante de él y seguía siendo el doble de alto. Olía a hierba en verano y árboles desconocidos. Su ojo azul tenía líneas rojas, como cuando Hiroku se quedaba leyendo hasta muy tarde. Donde debía estar el otro ojo solo había una cicatriz.
—Creo que aún no nos han presentado —dijo el gigante. Sus dientes eran enormes y numerosos.
Oyó pasos en el pasillo que hicieron crujir las tablas, pero no apartó los ojos del gigante, porque ¿y si se daba la vuelta y los dientes se acercaban?
—Estás temblando. —El ojo azul celeste del gigante le miró de arriba abajo—. No tengas miedo.
¡SEÑOR GATO! —Los dos se sobresaltaron al oír un chillido procedente del pasillo. Era la voz de la hermana mayor Rumiyo, que se alejó corriendo por el pasillo—. ¡Mamáaaaa! ¡Ha venido el Señor Gato!
—Rumi sigue tan alegre como siempre —dijo el gigante con una sonrisa. Entonces retrocedió un poco y se sentó con las piernas cruzadas, apoyando las manos en las rodillas. Inclinó la cabeza—. Estas manos no te harán daño alguno.
Aun así, se apartó un paso del gigante.
—¿Nashi?
No había oído los pasos, porque ella era grande y ya no tocaba el suelo a menos que quisiera, pero vio su sombra proyectada en el pasillo y corrió a esconderse detrás de sus piernas.
—¿Qué te...? Ah. Bienvenido a Kamigawa, amigo mío —saludó ella.
Asomó la cabeza por detrás del vestido turquesa de ella. El gigante pálido se levantó e hizo una reverencia con gran respeto.
—Me alegro de verte, Tamiyo.
—Lo mismo digo. —Bajó la cabeza y sonrió mientras se colocaba una oreja detrás del hombro—. Nashi, este señor es Ajani. Forma parte de nuestro círculo de historias. —La voz de Tamiyo era como un jarrón de porcelana, fresca y reluciente—. ¿Te acuerdas de Narset? Ajani también puede caminar por detrás del aire.
Narset le había contado historias que avanzaban en largos círculos inconexos y se había tumbado con él en el tejado a ver las nubes. Se había reído con todos sus chistes, pero de ninguna de sus palabras. Las historias de dragones eran las favoritas de Narset.
—Ajani, te presento a Nashi —dijo Tamiyo acariciándole la cabeza—. Ahora es parte de nuestra familia.
—Es un honor conocerte. —El gigante, Ajani, volvió a hacer una reverencia.
Él se quedó detrás de las piernas de Tamiyo, pero correspondió el gesto, como le habían enseñado.
—Igualmen...
¡SEÑOR GATO! —Una silueta de color marfil pasó a su lado como una centella.
Ajani se agachó justo a tiempo para estrecharla entre sus enormes brazos.
—¡Cuánto has crecido! Hola, Rumi.
—¡Hacía mucho que no venías! —Rumi iluminó la entrada con su entrañable sonrisa, a la que le faltaban algunos dientes. Las tablas del pasillo retumbaron cuando los hermanos y los primos llegaron corriendo, saltando y flotando en pequeños tramos. Rumi se puso de puntillas para revolver el pelaje de Ajani—. ¡Seguro que tienes historias estupendulosas!
—¡Es Ajani!
—¡Cuéntanos otra vez la del dragón!
—¡Yo quiero la del agujero en el mundo!
Los niños pueblo-lunar corretearon alrededor de Ajani, fascinados con su pelaje pálido, su enorme hacha de dos cabezas y la capa blanca que llevaba a la espalda. Hiroku era el más alto, pero apenas llegaba hasta el pecho del gigante. Rumi había trepado a los hombros de Ajani y ahora se reía de los demás desde lo alto.
—¡Niños! —Tamiyo puso orden dando dos palmadas.
—¡... y ahora mando y...! Oh. —Rumi se sonrojó al ver que había sido la única desobediente.
—Ajani es nuestro invitado. Es de mala educación recibirle con exigencias. —Tamiyo entrelazó las manos a la altura del vientre y el gigante dejó a Rumi en el suelo—. Ha hecho un largo viaje para venir a vernos. Rumi, dile a tu padre que prepare un almuerzo de bienvenida. Los demás, id a ayudar.
—¡Pero no puede irse sin contarnos sus historias! —chilló Rumi cruzándose de brazos y levantando la barbilla—. Es una norma incuestionable, mamá. Quien se vaya de aventuras tiene que contarlas cuando regrese.
—Ay... —Tamiyo miró a Ajani apretando los labios en una línea severa, pero sus ojos sonreían—. Ha salido a su padre.
—No te preocupes —respondió el gigante con cortesía. Bajó la vista hacia la multitud y se llevó una mano al pecho—. No me iré sin antes contaros una historia.
Aun así, los demás se marcharon protestando. Querían oírla ya.
—Vamos, Nashi. —La prima Ume le agarró de una mano, con los ojos lavanda abiertos de par en par y llenos de entusiasmo—. Ayúdame a preparar las bolas de arroz.
—Vale —dijo él dejándose llevar. Echó un último vistazo atrás mientras se iba con los otros niños por el pasillo.
Tamiyo levantó una mano hacia el brazo de Ajani. Tenía una expresión preocupada que solo había visto mostrar a Genku a altas horas de la noche, cuando se suponía que todos los demás dormían.
—Llevabas meses sin visitarnos —dijo casi imperceptiblemente—. ¿Dónde está Elspeth?
El cuello del gigante se dobló como un sauce bajo la lluvia. La luz de su ojo se apagó.
—Elspeth... no va a venir.
Ume giró por un pasillo y le llevó con ella.

El rastro llevó a Ajani hasta un nuevo grupo de inspectores.
Observó desde lo alto de una torre de latón mientras ellos deambulaban por las calles, desmontando cuidadosamente cualquier máquina que encontrasen. Cuales hormigas, se movían en fila por los bordes de cosas mucho mayores que ellos, recortando trozos minúsculos para llevarlos a un lugar donde nadie volvería a verlos.
El ambiente cargado tras una batalla aún era perceptible; olía al aroma eléctrico del éter y a metal quemado.
De pronto sintió una presión en la espalda, apenas lo bastante fuerte para saber que se trataba de la punta de un arma blanca.
—¿Te has extraviado o qué? —preguntó una voz femenina y ligeramente burlona.
Impresionante. No la había oído ni olido en absoluto. Fuera quien fuese, no era una cazadora aficionada. Ajani desplazó su peso despacio...
—¿Piensas saltar? —La punta del arma se revolvió ligeramente, juguetona—. Hay formas más fáciles de morir, qué quieres que te diga. Si bailas entre las corrientes de éter, acabarás rizándote los pelos.
Se tranquilizó. Aquella frase la utilizaban los amigos de Abuela para identificarse unos a otros; era una referencia velada al blasón de los Cónsules. También le había enseñado la respuesta adecuada.
—Entonces es mejor quitarte los zapatos y dejar que te ricen los dedos de los pies. —Una referencia a la modificación del símbolo que hacían los renegados.
—¡Ah, estupendo! —El arma se retiró—. Mil disculpas, compañero. Ya ves que no hemos tenido un buen día, que digamos.
Estuvo a punto de girarse, cuando de pronto una elfa se dejó caer a su lado, sentándose en el borde del tejado con las piernas colgando. Aparentaba estar en el final de la adolescencia, aunque los elfos podían tener aquel aspecto y ser mucho más viejos que él, en realidad. Su atuendo era una mezcolanza de tonos violetas y grises oscuros, adornado con una cantidad tremendamente excesiva de saquitos y cinturones. Dos aros oscuros de metal contenían una cascada de trenzas azabache que probablemente llegarían hasta la cintura al soltarlas. La elfa olía a almendras, té negro y sudor.
—Menudo espectáculo, ¿verdad? —Vigilaba a los inspectores mientras balanceaba los pies como una niña inquieta. Media docena de pequeños insectos metálicos se aferraban a los hombros de su capa: mariposas de latón que batían alas de seda en una ingeniosa imitación de la vida, arañas de acero templado que se mantenían completamente inmóviles excepto por sus ojos inquietos. Varias flores vivas, de color violeta y añil, asomaban entre las costillas metálicas de los constructos.
—¿Qué buscan? —preguntó Ajani.
—Vete tú a saber —respondió la elfa, despreocupada—. ¿Trampas, tal vez? —Gorjeó una risa como un ave cantora—. ¡Esa sí que sería buena! Imagínatelos buscando algo que ninguno de nosotros utilizaría jamás. —Le miró con sus alegres ojos plateados—. A todo esto, puedes llamarme "Hojasombrya", con ye en vez de i.
¿Hojasombrya? —repitió él, incrédulo.
—¿A que es un alias genial? —dijo sonriendo de oreja a oreja.
—Es... ingenioso, sí —concedió Ajani con diplomacia. Abuela le había hablado de una joven fraguavidas de gran talento, una elfa Vahadar que vivía en la ciudad. Según ella, era un prodigio que forjaba insectos mecánicos capaces de atrapar y desmantelar los tópteros de vigilancia del Consulado. Sin embargo, cuando Ajani le preguntó el nombre de aquella joven prodigiosa, Abuela solo había respondido con un largo suspiro.
—Pues se me ocurrió a mí solita, que lo sepas. Creo que tiene muchísimo gancho. —Agachó la cabeza e intentó mirar bajo las sombras de la capucha de Ajani, pero él se giró en el acto y cerró la capucha con sus manos de latón—. Ah, un hombre misterioso, ¿eh? —se burló ella dándole dos codazos en el costado—. Me gusta tu rollo.
—¿Mi...? —Ajani carraspeó—. ¿Sabes dónde está Abuela?
La sonrisa de la elfa se desvaneció. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más discreta, más... adulta.
—No lo sé. He venido en busca de nuestra líder. Teníamos que encontrarnos en otro sitio, pero se ha retrasado. —Se llevó una mano a la boca y mordisqueó una uña que ya estaba muy roída—. Si no está aquí, sospecho... que el Consulado puede haberla capturado.
—Así es. Se lo he preguntado a un inspector que había allanado el hogar de Abuela.
—¿Se lo has preguntado? —dudó ella disparando una ceja hacia el cielo.
—He necesitado un poco de persuasión —respondió él apretando un puño enguantado en metal—. Ahora estoy siguiendo el rastro de Abuela, pero lo he perdido por culpa de los inspectores.
—Mm, mm, mm... —dijo Hojasombrya, pensativa. Ajani pestañeó. ¿Había dicho un murmullo en voz alta?—. Hay un refugio renegado por aquí cerca. Quienes hayan huido del embrollo de esta tarde probablemente estén escondidos allí. Puedo enseñarte el camino.
—Te lo agradecería —aceptó Ajani inclinando la cabeza.
Hojasombrya se levantó de un salto y se sacudió la parte de atrás de los pantalones.
—¿Puedes seguirme el ritmo saltando entre los tejados y tal? —Su voz volvía a sonar alegre; su preocupación se había disipado como el rocío al salir el sol.
—Ponme a prueba —respondió él sonriendo debajo de la capucha.
—Genial. —Giró la cabeza hacia una de las mariposas mecánicas que descansaban en su hombro y le silbó seis notas. Cualquiera que no las entendiese creería haber oído el trino de un pájaro. El insecto de metal se alejó revoloteando y sobrevoló en un círculo irregular la zona por donde deambulaban los inspectores—. Así tendremos un ojo vigilando este sitio —explicó ella con un guiño—. Vamos. —Y entonces echó a correr como un alce y saltó ágilmente a un tejado cercano.
Para cuando Ajani se levantó, la elfa estaba a dos edificios de distancia y trataba de disimular sus risitas, pero sin conseguirlo. Entrecerró el ojo para medir los huecos que tendría que saltar. Para él, evaluar las distancias era una cuestión de intuición, deducción y experiencia. Echó a correr, saltó y aterrizó junto a Hojasombrya.
—Piernas fuertes, por lo que veo —dijo ella sonriendo con la mirada.
Le guio a través de las azoteas caldeadas al sol, bajo tendederos llenos de prendas de lino, alrededor de chimeneas, sobre pilas de escombros y escaleras decrépitas y por encima de calles abarrotadas de miles de vidas. El recorrido era más largo de lo necesario, en espiral, y volvía a lugares por los que ya habían pasado. "Bien", pensó Ajani. Eso significaba que ella no confiaba plenamente en él; cualquiera que no tuviera tan buena memoria ni sentido de la orientación sería incapaz de volver a hacer el recorrido.
Se internaron en las sombras de un edificio de apartamentos con el tejado derrumbado; el piso superior parecía un pequeño lago resplandeciente con agua salobre. Las paredes de las plantas inferiores presentaban manchas negras de humedad y columnas verdes de vida que se consumía lentamente. Las luces etéreas de las escaleras eran oscuras y frías. El ojo de Ajani no tenía problema para ver en la penumbra, pero Hojasombrya sacó un palo luminoso azul de uno de sus muchos saquitos.
—No sabía que existieran lugares así —murmuró Ajani en medio del silencio fúnebre—. Desde las alturas, toda Ghirapur parece brillar.
—Bleh —gruñó ella. No, lo había dicho.
—¿Lees mucho? —le preguntó.
—Mi madre decía que demasiado —respondió ella, confusa—. ¿Por?
—Simple curiosidad.
El camino estaba bloqueado por una puerta cerrada con un dispositivo complejo que zumbaba sin parar.
—Hace seis meses, todo este bloque aún tenía energía. —Hojasombrya se detuvo, cerró los ojos y ensayó una serie de movimientos rápidos en el aire antes de aplicarlos a los controles del mecanismo. El zumbido cesó y la puerta se entreabrió—. Entonces, los del Consulado decidieron que era un "vecindario abandonado" y cortaron el éter para desviarlo a la construcción de la Feria de Inventores. —Su boca se crispó cuando cerró la puerta detrás de ambos—. Qué casualidad que en todos los barrios "abandonados" vivan renegados y simpatizantes. Pero nos juran que restablecerán el suministro cuando termine el mes —dijo con un bufido.
Ajani olió el miedo y la inquietud antes de oír el murmullo de la conversación. Cuando doblaron una esquina, las voces callaron.
—Soy yo —saludó Hojasombrya—. ¿Alguien ha visto hoy a la señora Pashiri? Creemos que estaba con nuestra líder.
Un niño vedalken apareció de la nada y se colgó del brazo de la elfa.
—¡Hola, Va...!
¡Hojasombrya! —siseó ella.
—Cla... Claro. —El vedalken retrocedió un paso y sus ojos vagaron entre la elfa y su acompañante encapuchado—. Hola, señorita Sombrya. Digo... doña Hoja. ¡Jefa! Me... Me alegro de que estés bien. —Sus ojos infantiles relucían de admiración.
—¡Pues claro! —afirmó ella hinchando los mofletes y llevándose las manos a la cadera—. Esos patanes del Consulado nunca podrían trincar a la astuta Hojasombrya.
—Disculpad... —Una humana vestida con una túnica dorada y celeste se acercó; cada vez que apoyaba la pierna izquierda, su rostro hacía un gesto de dolor. Tenía una melena magnífica, ni alisada, ni atada ni anudada. Se irguió con orgullo—. Yo estuve con la líder. Nos separamos e intenté reunirme con ella, pero entonces... —Dejó la explicación inconclusa. Estaba nerviosa y olía a agotamiento y miedo. Ajani se acercó a ella y se encorvó para ponerse a su altura.
—Por favor, ¿puede decirme lo que ha visto, señorita...?
—Tamni —respondió ella—. Cuando... Cuando la encontré, el Consulado la había rodeado. Uno de ellos la había apresado. Tenía un brazo artificial. No era un accesorio, sino una prótesis. —Frunció el ceño y su mirada se perdió en el recuerdo de la escena—. Solo tenía tres dedos. De metal oscuro. Desprendían una luz violeta, no azul etérea. Parecía... primitivo.
Bajo las sombras de la capucha, nadie pudo percibir la tensión de su mandíbula.
—¿Y la Abuela Pashiri?
—También estaba allí, escondida entre la multitud. —Tamni tragó saliva—. Y entonces aparecieron tres desconocidas. Una era pelirroja, otra vestía de negro y la tercera, de verde. Los inspectores se llevaron a Pia... A nuestra líder. Las desconocidas huyeron. Las seguí y las vi discutir; entonces, la de negro se marchó. Pashiri también las había seguido y se llevó a las otras dos. Las condujo a Kujar.
Kujar, un distrito rico, grande y verde. El hogar de muchos cónsules. La zona estaba muy vigilada, sería difícil entrar. Su presencia llamaría la atención allí.
—Yo solo... Solo observé. —Los ojos de Tamni se humedecieron y escupió las palabras a sus propios pies.
—¿Eres una guerrera? —preguntó Ajani.
—¿Una gue...? ¡No! No, yo solo... Solo sé construir cosas. —Se miró las manos chamuscadas y callosas.
Ajani se planteó apoyar una mano en el hombro de Tamni para calmarla, pero no lo hizo: no la conocía lo bastante bien como para tratarla con tanta familiaridad.
—Lanzarse a la batalla sin estar preparado no es un acto de valentía: es una necedad. Eso solo trae más muerte. —Habló en voz baja, pero firme—. Has conseguido esta información haciendo todo lo que has podido. Daremos buen uso de ella.
—Pero tendría que haber hecho... algo —balbuceó la humana mientras se enjugaba las lágrimas con el dorso de una mano.
—Has presenciado lo ocurrido. Has contado la historia. Ahora, otros saben lo que deben hacer. —Asintió en señal de respeto—. Gracias por todo.
Tamni no dijo nada y volvió a sentarse entre las sombras.
—La cosa no pinta bien, ¿verdad? —murmuró Hojasombrya—. En Kujar es todo muy espacioso, con jardines, árboles y tal. Hay mogollón de muros y guardias. Y tú das el cante, compañero, por mucho que vayas todo encorvado. —Se volvió hacia el niño vedalken—. Dayal, reúne a las tropas.
—¡A la orden, señorita Sombrya! —respondió él con una gran sonrisa.
—¿Qué pretendes hacer? —preguntó Ajani.
—Soy la mejor fraguavidas que jamás conocerás —dijo ella con aire jocoso—, pero no soy la única que conocerás. —Dayal correteó por la sala avisando a gente con animales mecánicos apoyados en su cuerpo o sentados junto a ellos—. Yo tengo mis insectos. Otros crean pájaros, ratones, gatos, serpientes, ranas e incluso chuchos que ladran como descosidos. Solo hay un gigante como tú, pero en Ghirapur hay miles de pequeñas creaciones como las nuestras.
—Puedo seguir el rastro yo mismo. —No quería que nadie más se metiera en problemas.
—Claro, grandullón. —La elfa se rio—. Pero nosotros podemos encontrarlas antes. ¿Cómo era el dicho ese? Tropecientos ojos ven mejor que dos, o algo así. Y no te preocupes —trinó estrechándole un brazo—, que no me separaré de ti. Así te mantendré alejado del peligro y... —Le apretó el bíceps y se quedó pasmada—. Y si tenemos que echar abajo alguna puerta, de eso te ocupas tú.
Ante ellos se reunió un grupo de jóvenes con maravillas de latón y madera que se pavoneaban y emitían pequeños chasquidos. Ninguno de los amigos de Hojasombrya parecía tener más de veinte años.
—A todo esto, ¿de qué conoces a la señora Pashiri? —preguntó ella.
Midió sus palabras. ¿Cuánto le convenía explicar?
—Me está ayudando a encontrar a un hombre. Un hombre peligroso que podría estar trabajando para alguien aún peor.
—¡Ja, pues sí que eres un tipo misterioso! —se rio su compañera—. Venga, en marcha, entonces.

Seis meses antes
Nashi reptaba bajo las tablas, arañándose las caderas con las vigas que subían desde el piso inferior.
Hacía un tiempo, había encontrado un agujero en la pared de su dormitorio, oculto tras el arcón donde guardaba la ropa. Sus hermanos y primos no cabían por él y, si Tamiyo y Genku sabían de aquel agujero, no decían nada al respecto. Desde allí, Nashi podía revolverse en silencio entre los pisos inferiores de la gran biblioteca, observando a través de los agujeros en la madera, escuchando y sintiendo la presión de las tablas compactas. Nadie podía verle en aquella oscuridad personal. En ocasiones pasaba horas allí, llevando consigo juguetes y libros, escuchando el correteo de los otros niños mientras le buscaban.
A veces le gustaba ser el más pequeño y lento.
Reptó hacia el comedor, donde Tamiyo y Genku se sentaban con el gigante. Los olores de la comida eran extraños. No eran solo los marrones secos y verdes frescos que comían normalmente. También había rojos grasientos con restos de negro tostado. Nashi sintió un nudo en el estómago y parecía que la garganta se le oprimía, pero no comprendía por qué. Se pellizcó la nariz, respiró por la boca y siguió adelante.
En un rincón había un agujero en la madera que le permitía ver toda la estancia desde arriba. Tamiyo estaba sentaba en su cojín habitual a la cabeza de la mesa baja, con Genku a su derecha. El gigante, Ajani, estaba en el otro extremo, comiendo educadamente de un plato lleno de cubos marrones veteados. Carne. Recordaba la carne. Ahora le daba asco.
—Lo siento, pero he de atender otros quehaceres. —Genku se levantó y se inclinó levemente hacia Ajani—. Si me disculpas...
—¿Mm? —El gigante pestañeó—. Oh, por supuesto. Gracias por la compañía.
Genku se agachó y besó a Tamiyo en la frente. Ella sonrió y cerró los ojos apoyando la cabeza brevemente contra el pecho de Genku; los brazos y dedos de ambos se entrelazaron como la hiedra.
—No os preocupéis y hablad de vuestros asuntos —dijo él—. Me haré cargo de los niños.
—Gracias —respondió Tamiyo—. Seguro que mis padres están exhaustos de cuidarlos. —Genku recogió los platos vacíos y se marchó, deslizando la puerta con un pie.
El gigante parecía incómodo. Las campanillas tintineaban con la brisa. En un rincón de la estancia, la cocina de carbón aún ardía sin llama. Cuando Nashi la miraba, su corazón latía muy rápido y sus dedos se clavaban en la madera, así que observó a Tamiyo y Ajani. Los símbolos violetas en la frente de ella estaban enroscados de preocupación. Cuando las pisadas de Genku se alejaron, al fin habló.
—Habías ido a Theros en busca de Elspeth. ¿La encontraste?
—Sí. —Daba la impresión de que Ajani profundizaría en su respuesta, pero no lo hizo. En vez de eso, se fijó en unos bártulos con un grueso diario encima de todo—. ¿He venido en mal momento? Parece que estás preparándote para un viaje.
—¿Conoces el plano de Innistrad? —preguntó ella. El gigante negó con la cabeza—. El año pasado me instalé varios meses allí para estudiar la luna. Es fascinante. —Tamiyo se inclinó hacia delante y sus ojos se iluminaron—. Toda la magia del plano se inclina ante ella y sus ciclos establecen patrones. Incluso muchas de las criaturas nativas... —Hizo una pausa y empezó a enredar con la manga de su vestido—. La última vez que consulté a Jenrik, un lugareño con el que colaboro, me informó de varias observaciones anómalas. Cambios en los patrones del maná y en las corrientes marinas. Me gustaría estudiar los efectos que tendrá en la vida autóctona.
—Entiendo —dijo él. Posó sus inmensas manos en la mesa y se quedó mirándolas.
—Ajani, si no quieres contarme lo ocurrido, ¿por qué has venido?
El gigante respiró lentamente. Unas cargas inmensas se ocultaban detrás de su expresión.
—No... No vi a Nashi la última vez que vine. No es como sus hermanos.
Tamiyo suspiró como cuando Genku y ella discutían y él trataba de dejarla con sus libros.
—Nashi es un nezumi, las gentes que habitan en los pantanos.
Nashi se estremeció en el techo. Quería escuchar, pero temía lo que pudiera oír.
—Hace varios años, unos Planeswalkers incendiaron su aldea —continuó Tamiyo.
Nashi se quedó sin aliento.
—¿La incendiaron? ¿Por qué?
El carbón de la cocina refulgió monstruosamente junto al gigante.
—No lo sé con exactitud. Fue por orden de un criminal llamado Tezzeret. Quería que inclinaran la cabeza ante él. Que sirvieran a su "Consorcio".
El carbón escupió una luz rojiza y dorada por toda la habitación, danzando y brillando y devorando y consumiendo y oscureciendo todo lo que no fuese ella. Se rascó el costado en el lugar donde no le crecía pelaje. Donde la piel seguía roja y arrugada.
Tenía que salir de allí.
—¿Tezzeret? He oído hablar de ese hombre. Elspeth... le conoció en Mirrodin.
Tenía que salir ya.
Cerró los ojos. Se apartó del agujero y retrocedió en la oscuridad. Se retorció hacia un lado, seguro de que el martilleo de su corazón haría ruido contra la madera. Pam, pam, pam, pam...
—Trabajaba con los enemigos de Elspeth. Eso fue hace... ¿dos años?
Noche y estrellas. Oleadas de calor y dolor. ¡El techo! ¡El techo! ¡Llévate al niño! ¡Salid!
Las chozas arden. Todo desprende calor y una funesta luz amarilla. Mamá le lleva en brazos. Corre. ¿Y papá? ¡¿Y papá?! ¡¿Dónde está papá?!
Un fuerte crujido. Mamá se detiene en seco. Él mira entre sus brazos. Las chozas se han venido abajo. El camino está bloqueado. Hay fuego detrás de ellos, que se eleva sobre dos piernas y ruge a las estrellas. Los tejados estallan en llamas cuando avanza entre las chozas, soltando chispas a su paso.

Fire Elemental
—¿Dos años? Es imposible, Ajani. Tezzeret murió hace... tres años, creo. Sus compañeros le traicionaron y los supervivientes de la aldea de Nashi lo mataron. Un dragón negoció por el cadáver.
—¿Un... dragón?
Corre y no mires atrás. El pelaje de mamá humea alrededor de las palabras. Oigas lo que oigas, corre.
Le protege entre sus brazos y salta a través de las llamas. Le empuja para que siga. Tropieza. ¡Huye! ¡Corre!
Y él corre. Su piel se agrieta con cada doloroso paso. Quiere dejarse caer, enterrarse en el suelo. El barro es fresco. Estará bien si consigue enterrarse.
Un grito. Mira atrás...
Mamá está ardiendo. Un hombre de llamas vivientes la sostiene en alto. Chilla de dolor, se retuerce en el aire...
Huele a carne quemada.
Nashi sollozó. Solo una vez. Fue imposible evitarlo.
La conversación se interrumpió. Nashi se cubrió los ojos con las manos y se hizo un ovillo, temblando en la oscuridad. Oyó un rumor de sedas en el comedor.
—Nashi, sal, por favor —pidió la voz suave Tamiyo justo debajo del escondite. Levantó un panel del techo para que descendiera por el hueco.
Debería huir. Esconderse. Ir al rincón más angosto y lejano de los túneles hasta que ya no fuera el más pequeño y lento ni volviera a tocarle buscar jugando al escondite ni nadie se riera de él ni nadie le tocara la piel arrugada ni nadie dijese que era un bicho sarnoso.
—¿Recuerdas lo que te dije? —La pueblo-lunar susurró hacia el techo un mensaje dirigido solo a él—. Puedes sentarte conmigo cuando quieras.
Se dejó caer en sus brazos y enterró la cabeza en su pecho. El mundo se meció mientas ella caminaba y se sentaba, colocándole en el regazo. Sus brazos cálidos le envolvieron. Nashi se mordió el labio e intentó no temblar. El gigante seguía allí. Era alto y fuerte y tenía grandes dientes y seguro que nunca había tenido que...
—No reprimas lo que sientes. —Tamiyo apoyó la barbilla en la cabeza de él y empezó a acunarle—. Estoy contigo.
Las lágrimas manaron, cálidas, y no dejaron de brotar.
—Todo acto tiene consecuencias —dijo Tamiyo a Ajani—. A veces, la gente como nosotros... olvida lo grandes que son nuestros pies.

Un pájaro sastre mecánico, en una asombrosa imitación de la naturaleza, descendió entre el humo de un puesto de comida. Su núcleo era de madera mohosa, sembrada de flores; el armazón era de metal blanco y dorado; las alas, de seda teñida de tonos claros. Revoloteó hacia abajo, extendió sus patas de latón y aterrizó suavemente en el ancho hombro de Ajani.
Observó a la criaturita redonda mientras le piaba con un ritmo regular, staccato, como hacían las aves de latón de Abuela.
—¿Está... hablando?
—¿Mm? —Hojasombrya volvió hacia él sus ojos argénteos y sus mofletes llenos de pollo asado—. ¡MM! ¡MMF! —Señaló al pájaro con su brocheta vacía y tragó parte del bocado que masticaba—. ¡Mihir! —dijo por un lado de la boca. Tragó el resto de la carne con esfuerzo, se dio varios golpes en el pecho y tiró el palo en un cubo con otros deshechos del puesto donde había comprado la brocheta.
En realidad no la había "comprado", exactamente. El dueño del puesto, un elfo anciano y de expresión inescrutable, había visto con un centelleo en el ojo cómo una de las arañas mecánicas de Hojasombrya pescaba una moneda del bolsillo de un inspector del Consulado y se la depositaba en la mano, para luego hacer una reverencia con un chasquido.
Estaban en la linde de Kujar, en un mercado abarrotado que separaba el distrito de otro menos distinguido. Un lugar, en palabras de Hojasombrya, al que la gente venía a vivir como los pobres o a codearse con los pudientes, dependiendo de qué lado procediera. Parecía fascinada con la multitud y no paraba de señalar a gente conocida ni de contarle un centenar de historias simpáticas y poco memorables acerca de la historia del mercado.
Ajani sentía un dolor de cabeza muy fuerte. El aparato musical instalado en el otro extremo de la plaza no había parado de sonar desde que habían llegado y sus colores arrojaban reflejos chillones por el empedrado. Los altos metálicos y los bajos retumbantes le hacían daño en los oídos.

Panharmonicon
—Es uno de los pájaros de Mihir. El código lo inventamos entre todos. ¿A que somos listos? —Hojasombrya sonrió y sus dientes contrastaron con su piel oscura—. Han visto a Pashiri hace veinte minutos. De camino a Dhund.
—Bien —respondió él tratando de no alzar la voz en medio del gentío—. ¿Qué es Dhund?
—¿Conoces el mercado nocturno de Gonti?
Asintió. Era un secreto a voces: un lugar de comercio ilegal organizado en los restos de una antigua planta de energía, una reliquia de una época anterior al éter. El mercado nocturno ofrecía inventos de seguridad cuestionable y moralidad dudosa a cambio del precio o los favores adecuados.
—Dhund es un complejo que el Consulado construyó bajo el territorio de Gonti. Un laberinto de túneles y salas interconectadas. Conductos, alcantarillas y demás. Es el cuartel de los espías consulares y también sirve de cárcel para prisioneros importantes. Todo muy secreto, ya sabes —añadió con un guiño.
Un brazo de la ley que operaba desde las alcantarillas, oculto bajo los pies de ciudadanos nada respetables. En aquel mundo, todo parecía estar al revés. Miró hacia el sol poniente.
—Sé llegar al mercado nocturno desde aquí. ¿Conoces alguna forma de entrar en Dhund?
—Te llevaré a una entrada. —Hojasombrya parecía ofendida—. Y conocemos unas cuantas, no habrá problema.
—No, tú no vendrás —objetó él.
La elfa apretó los labios y frunció el ceño.
—¡Ni se te ocurra decirme lo que...!
Hojasombrya —la interrumpió—, han tendido una trampa para Abuela. Salir de allí será más difícil que entrar. Necesitaremos que nos ayuden desde el exterior. ¿Puedes conseguir algún medio de escape? Hará falta un transporte rápido. Discreto.
—Hm... —Resopló y sus ojos recorrieron una pared cercana, aunque realmente no le prestaba atención—. Un tóptero —dijo levantando la vista—. Los del Consulado se fabrican en serie. Todos tienen las mismas características y los mismos puntos débiles. Nuestra líder me enseñó a robarlos.
—¿Y te enseñó a manejarlos? —le preguntó con seriedad.
—Digamos que bastante bien.
—Será suficiente.
—Vale, pues tengo una idea. —Dio un golpecito al pájaro mecánico posado en el hombro de Ajani. Silbó y trinó una larga serie de notas que sonaban como el gorjeo de un ave. El constructo batió las alas y respondió con un trino alegre—. Ahora es tuyo. Cuando te acerques a una entrada de Dhund, volará hacia ella.
—Gracias. —Se giró para ponerse en marcha, pero la elfa lo sujetó por el hombro.
—Eres un amigo de la señora Pashiri. Si no, no te habría dicho nuestros códigos. Y ahora vas a meterte en las fauces del Consulado para ayudarla. —Levantó la barbilla y se llevó un puño a la cadera—. Ahora eres uno de los nuestros, y quien diga lo contrario tendrá que vérselas conmigo. Pero no me has dicho tu alias. Eso es de muy mala educación, compañero. —Hojasombrya se cruzó de brazos y dio golpecitos en el suelo con un pie, enfadada.
—No tengo... —Ajani se quedó mirándola, completamente desconcertado—. Algunos me han llamado Gato Blanco, supongo.
—Eso no tiene ni pizca de gancho —opinó ella dirigiéndole una mirada crítica—. ¿Por qué te llaman así?
Ajani hizo una pausa. Le parecía una insensatez hacerlo, pero la elfa le había ayudado, había confiado en él y no le había pedido nada a cambio.
Se acercó a ella y levantó ligeramente la capucha.
Los ojos argénteos de Hojasombrya se pusieron como platos. Ajani pudo ver sus propios rasgos reflejados en ellos: el pelaje blanco, el ojo azul y el que había perdido, los bigotes y el amplio hocico.
—Lástima que ocultes un rostro tan noble —lamentó ella con una sonrisa.
Ajani le hizo una reverencia, pero no según la costumbre de Kaladesh, sino al uso de la Naya de su juventud. Aquellas gentes eran amables, pero también muy extrañas.
—Me pongo en tus manos, Hojasombrya. —Volvió a cubrirse completamente con la capucha y se puso en camino.
—Vatti.
Se giró hacia ella.
—¿Cómo?
—Es mi nombre corriente: Vatti —explicó con una sonrisa torcida—. Me has confiado un secreto. Es lo justo, ¿no? Y ahora vete y trae ese pájaro de una pieza. Mihir querrá recuperarlo y más me vale no estar en deuda con él. —Le dio la espalda y se marchó trepando por un canalón.
Ajani se volvió a su vez y examinó la pared más cercana mientras flexionaba las manos enguantadas en latón.
Alféizar. Ladrillos sueltos. Canalón. Tubería de éter que conducía al siguiente edificio.
El camino era tan obvio como un helecho partido, como una huella en la orilla de un río.
Se impulsó hacia arriba y saltó apoyándose en las puntas de los pies, clavando los dedos metálicos en los ladrillos y sujetándose al hierro forjado. El pájaro artificial soltó un ligero graznido metálico y se afianzó en el hombro.
Corrió por la tubería de éter y al pasar le llegó el olor de las brochetas del anciano elfo.
Entonces sintió el viento.
Los aromas de la ciudad invadieron sus fosas nasales. El frescor de las sombras y el calor del sol se alternaron por el camino. Sus movimientos se volvieron irreflexivos, instintivos.
Esquivó una chimenea, o tal vez un árbol.
Los espacios que cruzó eran borrones de latón y mármol. No los conocía. No lo necesitaba.
Saltó para cruzar un callejón, o quizá un desfiladero.
Sabía correr. El calor de las piernas, el esfuerzo de los pulmones, el brillo del sol en los hombros... Todos ellos eran viejos amigos. Había tenido una larga juventud corriendo por llanuras y junglas, veloz y silencioso como un rayo de calor.
Saltó a lomos de un pájaro grande, o quizá un tóptero, y lo utilizó para impulsarse a un risco más elevado, o tal vez un tejado.
El ave mecánica emitió un breve píop. Ajani redujo el ritmo hasta detenerse y respiró hondo.
—¿Por dónde? —preguntó al exhalar. El pájaro extendió sus alas de seda y se alejó revoloteando.
Habían llegado a los alrededores del mercado nocturno. Los olores de la ciudad dieron paso a hedores a aceite, éter, óxido y papeles guardados demasiado tiempo en un sótano. Al otro lado del bloque de edificios más cercano resonaba el barullo de una multitud.
El pájaro se posó en una pila de vigas de madera astilladas y manchadas de aceite. Entonces movió la cabeza de un lado a otro y volvió a hacer píop.
Detrás de las vigas había una puerta. Estaba sellada con un dispositivo parecido al del refugio de los renegados.
Ajani bajó de un salto y levantó una nube de polvo al aterrizar. La criatura mecánica trinó de nuevo, pero no como haría un pájaro, sino utilizando el idioma en clave de antes. Revoloteó delante de la cerradura batiendo sus diminutas alas y utilizó el pico para presionar una serie de bloques en la superficie. El leve zumbido de la carga etérea desapareció y la puerta se entreabrió.
—Gracias —murmuró al pájaro, que pio de nuevo antes de marcharse volando.
Penetró en las frías sombras.
Una persona vestida de color carmesí apareció al otro lado y un rayo de sol se reflejó en la punta de un arma blanca.
—¿Adónde crees que...?
En los guanteletes, la mano de Ajani se apretó en un puño. Descargó un potente revés que estampó al guardia contra la pared; se crispó al notar el olor a sangre.
—Lo siento —dijo en voz baja al guardia inconsciente.
Se adentró en los túneles iluminados de azul y olfateó el aire. Retiró la capucha de la capa de Abuela y giró las orejas a un lado y a otro, en busca de pasos.
Dhund estaba repleto de olores desagradables: sudor viejo, orina acumulada, gente confinada en espacios minúsculos. Apestaba a desesperación y personas desaparecidas. A colmillos en la oscuridad.
Entonces lo percibió. Una fragancia tenue le llegó por un túnel a la izquierda: frutas de estío, rosas, jacinto y miel.
Se lanzó como un rayo a través de los túneles, siguiendo el rastro del olor familiar y evitando los lugares donde oía pasos y murmullos.
Llegó a un espacio abierto. La luz azul y blanca del sol de la tarde.
Se deslizó hasta detenerse, escuchó y olisqueó el aire. Oyó murmullos, distorsionados por demasiados ecos como para entenderlos. Un grave tintineo metálico y un siseo desconocido. Botas pisando mármol. Un martilleo amortiguado.
Avanzó con cautela.
La sala estaba compuesta de círculos. Había anillos que llegaban del suelo al techo abovedado, conectados por pasarelas en arco. Unas ventanas ovaladas bajo los aleros filtraban la luz desde lo alto.
El lugar olía como Abuela, pero no estaba allí.
Cerca del centro de la sala, dos guardias con uniforme carmesí y dorado ignoraban escrupulosamente una especie de... caja. Era achaparrada, de metal oscuro, y resoplaba y susurraba desagradablemente para sí misma. Había un olor que no reconocía, un dulzor bilioso que impregnaba la parte baja de su lengua. Distinguió una puerta en un lateral de la caja, con una pequeña ventana incrustada.
Un puño golpeó el cristal. Luego una mano, débilmente.
Desde allí no veía los rostros. No necesitaba hacerlo.
La mano se deslizó hacia abajo.

Cinco meses antes
Habían cerrado la mayoría de las puertas. Las nubes eran imponentes y grises, como una montaña de algodón empapado que contenía el aroma de la lluvia.
Ajani había dejado sus pertenencias en el suelo: la capa blanca, la armadura de bronce, su inmensa arma. Nashi observaba desde la puerta mientras el gigante enrollaba cuidadosamente su futón por tercera vez. Siempre necesitaba varios intentos: sus manos eran demasiado grandes y no estaban acostumbradas a hacer aquel gesto. Ume y Hiro se habían ofrecido a ayudar. Rumi se había aburrido y había salido al patio trasero; ahora daba volteretas laterales entre la niebla, tal como Tamiyo le había dicho que no hiciese. Su vestido estaba empapado y el agua le goteaba de la nariz y las orejas cuando se reía.
Tamiyo se había marchado hacía una semana y les había dejado al cuidado de Ajani mientras ella observaba la luna de otros.
El gigante seguía agachado, plegando, atando y enrollando con paciencia.
—Puedes entrar si quieres, Nashi —ofreció.
Se deslizó por la habitación hacia el hacha del gigante. Era extraña, oscura por un lado y clara por el otro. Se preguntó si aquello tendría algún significado.
Acercó un dedo al filo de la hoja brillante y presionó con suavidad. Parecía grueso. Inofensivo. El gigante levantó la vista.
—¿Por qué no tiene filo? —preguntó Nashi.
—No lo necesita. El impulso hace que corte. El peso.
Presionó con más fuerza.
—Ten cuidado, no es completamente roma. —El gigante recogió el futón enrollado y lo guardó en el armario.
Nashi se recostó y miró el rostro esculpido en la superficie de la hoja: una cara felina que parecía rugir y tenía una barba larga y delgada.
—Te vas a marchar, ¿verdá?
—Sí —respondió él.
—¿Adónde?
El gigante le observó detenidamente.
—A buscar al hombre que mató a tu familia. Nuestros amigos le han visto en un lugar llamado Kaladesh. Alguien le ha dado recursos y secretos y los ha utilizado para comprar una posición de poder.
—Yo también le vi. —Nashi se rascó el costado, donde el pelaje le crecía raro—. Cuando los chamanes le metaron. Estábamos todos en el bosque. Mirando.
—No deberían haber hecho que miraseis —opinó el gigante con un suspiro.
—Dijeron que era improtante —respondió él sin comprender.
—¿Importante? —Ajani empezó a colocarse las partes de la armadura.
—Sí, porque nos había maltretado. Teníamos que ver cómo lo pagaba. Era una cuesitión de honor, así que teníamos que mirar. Eso nos dijeron. —El cielo retumbó. Se rascó la nariz—. Aquel hombre tenía un brazo raro. Otro hombre se lo cortó. Cuando ese hombre hablaba, me dolía la cabeza y no entendía lo que decía.
El gigante levantó su arma y la amarró a la espalda con unas correas. El filo de la cabeza oscura emitió un brillo frío.
—¿Vas a metarlo? —preguntó Nashi.
El viento sopló con más fuerza e hizo que las campanillas del porche tintinearan y entrechocaran.
—No lo sé... —El gigante miró hacia la terraza y su mano descendió hacia la capa blanca. El mundo olía a agua en suspensión, deseosa de caer—. Puede que sea el camino correcto, al fin y al cabo. Hay demasiados que no vigilan por dónde caminan.
Ajani recogió la capa blanca con ambas manos. Tenía restos de manchas de otro color, rosadas como pétalos de cerezo. Se la acercó al rostro e inhaló despacio.

—¿Eso te pone triste? —preguntó Nashi.
—¿Qué...? No, no... —El gigante pestañeó y se irguió, pasándose un pulgar por debajo del ojo—. Esta capa pertenecía a una amiga. Elspeth. Es un recuerdo de ella.
—¿Dónde está?
—Está... —El gigante pasó una mano por la tela. Nashi advirtió que su ojo era como el cielo: el azul se había vuelto gris, nublado—. La he perdido...
—¿Como yo perdí a mis padres?
Ajani cerró su gran ojo brillante.
—Así es.
Nashi tragó saliva y miró las imponentes nubes.
—Está muerta.
El gigante se estremeció.
—Sí... —dijo en voz baja. Una gota de cristal cálido brotó de su cicatriz—. Elspeth está muerta.
El cielo retumbó. Rumi gritaba algo en el jardín. Trató de recordar lo que le habían dicho los chamanes cuando mamá y papá murieron, pero no podía recordar casi nada. En aquel momento, se había sentido como entre la niebla del jardín: insensible, frío y perdido. Había visto al culpable toser sangre y cieno, pero no había sentido nada. Náuseas, quizá.
No había sentido nada durante mucho tiempo. Ira, a veces. Como cuando la gente decía que debía llamarla mamá o papá. Había muchas personas así. Apenas se acordaba de ellas. Hasta que la pueblo-lunar había venido de la biblioteca para pedir que contara su historia a cambio de la de ella. "Llámame Tamiyo, nada más".
El viento arremolinó los pétalos del porche. Sacó un pie fuera y atrapó uno bajo el talón.
—Tamiyo dice que perder a alguien es como hacerse una herida. Como caerse y lasimarse la rodilla. Tiene que sangrar para ponerse mejor. Y dice que las lágrimas son la sangre del corazón. Tienes que dejarlas salir para ponerte mejor.
—Tamiyo es sabia. —La mandíbula del gigante temblaba.
—Cuando me pongo triste, se senta conmigo. ¿Quieres que me sente contigo?
—Te lo agradecería.
El gigante dobló las piernas y se sentó en el borde del porche, donde terminaba la biblioteca y comenzaba el cielo. Dejó el hacha en el suelo, junto a él. Nashi se sentó al otro lado y dejó los pies colgando entre las nubes. El azul del cielo se había apagado casi por completo. La distancia murmuraba.
Apoyó la cabeza en el hombro de Ajani. Sus brazos eran gruesos como troncos de árbol.
—¿Quieres hablar de tu amiga?
El gigante no dijo nada.
—No tienes que hacerlo.
Las nubes de lluvia destellaron y retumbaron. Extendió los bigotes al viento.
—Nació en un lugar de oscuridad —empezó a relatar el gigante—. Nunca me habló mucho de él. Una tierra devorada por el mal, gobernada por criaturas monstruosas. De las que no matan: de las que te convierten en uno de los suyos. Le hicieron daño hasta que formó parte de su manera de dañar a los demás. Resistió, lloró y soñó. Hasta el día en que vinieron a por ella. Había caído en sus garras cuando deseó marcharse de allí.
—Podía caminar por tras del aire —dedujo Nashi—. Como Tamiyo y tú.
El gigante asintió.
—Despertó en una tierra diferente. Era más brillante, con un cielo lleno de estrellas que correteaban y giraban con color. Pero era muy joven y aquel mundo... no era todo lo amable que podría ser con las personas diferentes. Siguió caminando, hasta que llegó a un lugar donde el sol era cálido y la gente era amable. Le dieron pan, le proporcionaron cobijo y la cuidaron hasta que los temblores cesaron. Permaneció allí muchos años. Le enseñaron a defenderse, a proteger a los demás y a sanar a quienes no habían sido protegidos.
Una mano pálida se posó en el otro brazo del gigante. Hiroku había entrado en silencio, como solía hacer, y contempló el paisaje de las nubes que se acumulaban.
—Fue entonces cuando la conocí, mientras el mundo cambiaba. Me salvó la vida. También era mi mundo, en cierto modo, y luchamos juntos para salvarlo. Sin embargo, la tierra que se había convertido en su hogar resultó dañada y afectada por la batalla, y lo único que ella podía ver era lo que había sido. Siguió caminando, hasta que olvidó la mejor versión de sí misma...
El gigante hizo una pausa y su ojo buscó el horizonte. La distancia se había perdido en la niebla, gris y sin forma.
—Fuimos en busca de ella. Otros y yo. Los monstruos de su infancia habían regresado. Habían abandonado su propio reino sombrío. Otro mundo estaba siendo convertido, un lugar reluciente, frío y magnífico. Partió a luchar contra ellos.
Ajani guardó silencio. Miró el hacha que yacía junto a él.
—No puedo imaginar lo que supone enfrentarte a las pesadillas de tu infancia. Verlas con ojos de adulto y saber que, después de todo, son reales. Son reales y están hambrientas. Caminó hacia sus fauces con el corazón tembloroso y las manos firmes. Luchó hasta que ya no hubo nada más que dar, hasta que no quedó razón para luchar, puesto que toda aquella tierra reluciente se había manchado de negro. Los monstruos ganaron. Y escapó de ellos otra vez.
La prima Ume se sentó de rodillas con un rumor de sedas, doblándose como un cisne de origami. Descansó una mano en la rodilla del gigante y lo miró con sus ojos lavandas, brillantes como estrellas solidarias.
—Regresó a la tierra de los cielos coloridos. Allí fue donde volvimos a vernos. En aquella tierra, se había convertido en una famosa heroína y en una infame villana, portadora de un arma forjada por... por quienes se creen superiores a los demás. —Una sombra oscureció la frente del gigante por un momento—. Le había ocurrido algo. Algo se había quebrado dentro de ella. Nunca hablaba al respecto, pero era evidente que tiraba de sus pies. Caminaba como si avanzase contra el viento, con los hombros encorvados y la vista nunca completamente al frente.
»Aquella tierra se enfrentaba a una crisis. Por sus supuestos maestros, hicimos una travesía hacia el fin del mundo y caminamos entre las estrellas. Luchamos contra un monstruo y vencimos. En agradecimiento... —Apretó las manos sobre las rodillas y sus grandes uñas negras hicieron presión contra la carne—. En agradecimiento, otro monstruo acabó con ella. Justo... delante de mí. Y no pude hacer nada. Nada.
Detrás de ellos, Rumi sorbió por la nariz. Su ropa se había empapado de jugar en el jardín; parecía avergonzada y jugueteaba con una de sus orejas. Se tambaleó apoyándose sobre el exterior de los pies y miró hacia la puerta, un escape.
—Tonta —se dijo a sí misma, o quizá fuera la imaginación de él, y entonces se abrazó a los anchos hombros del gigante, estrechándole con fuerza el cuello y hundiendo la nariz en su pelaje pálido.
Ajani no levantó la vista, pero estrechó entre sus grandes dedos las pequeñas y finas manos de Rumi.
—Caminé entre la gente —continuó—. Compartí la historia de ella, tal como la había presenciado. Tenían que conocerla. Tenían que recordarla. Tenía que importar. Caminé, hablé y no descansé hasta que las palabras arraigaron y continuaron creciendo sin ayuda. Era importante. Y eso hacía... que no necesitara pensar.
Todos estaban con el gigante, escuchando la historia en silencio. La prima Ume. El hermano mayor Hiro y la hermana mayor Rumi. El cielo destelló y restalló.
—En las historias de mi gente, las historias antiguas, las que importan, el héroe pierde a su mentor. Vive, llora su pérdida y sigue adelante para salvar el mundo.
Las nubes retumbaron. Los amuletos contra la lluvia dieron vueltas y danzaron en sus cuerdas. Nashi no sabía qué habría dicho Tamiyo, así que no dijo nada. A veces, Tamiyo guardaba silencio y esa era la solución correcta.
—Tendría que haber sido yo... —susurró Ajani por fin—. Yo, no ella.
Sus enormes manos temblaban, al igual que sus garras afiladas, sus largos dientes y sus brazos gruesos como árboles.
—Mi heroína ha muerto —lamentó él con voz ronca—. Y lo único que ella anhelaba, todo por lo que había luchado tan duro... era un hogar. La cosa más sencilla. La más pequeña.
—No reprimas lo que sientes —dijo Nashi abrazando al gigante, aunque no pudo abarcar ni la mitad de su torso—. Todos estamos contigo.
Los hombros de Ajani se encogieron y temblaron. Se cubrió los ojos con una mano.
La lluvia empezó a caer.
Los niños siguieron sentados con él, formando un bosque de manos apoyadas en sus hombros, brazos, la espalda y las rodillas. No dijeron nada. Simplemente respiraban juntos.
Llovió durante largo tiempo.

Un puño golpeó el cristal. Luego una mano, débilmente.
Desde allí no veía los rostros. No necesitaba hacerlo.
La mano se deslizó hacia abajo.
Estaban matándolas.
Cómo
Matándolas lentamente.
se
Haciendo que sufrieran.
atreven
Ajani saltó por encima de la barandilla, mostrando los dientes.
La capa de Abuela se desprendió de sus hombros en pleno vuelo, revelando la blanca que había debajo.
Tocó los cierres interiores de las manos falsas. Estas se soltaron y cayeron detrás de él.
Se deslizó por el aire como un relámpago en verano, refulgente y silencioso.
Era como si el hacha nunca hubiera abandonado sus zarpas.
Aterrizó y corrió sobre las puntas de los pies, en un interminable impulso hacia delante.
En algún lugar detrás de él, los guanteletes repiquetearon en el suelo.
Un hombre se volvió y le miró con terror. Cabello oscuro. Bigote fino. Ojos marrones. Un miedo hediondo y pegajoso emanó de él.
Ajani lanzó un tajo a la garganta.
A veces, la gente como nosotros... olvida lo grandes que son nuestros pies.
Una magia antigua surgió en su interior, recorriéndole el espinazo. Como había hecho con Tenoch hacía tantas lunas; una vida tan cambiada que ahora parecía la historia de otro. Los ojos del guardia se abrieron como pozos profundos de terror y Ajani se zambulló en ellos, buscando la luz titánica que había más allá.
Por un instante infinito, sostuvo en la palma de la mano el palacio brillante del alma del guardia. Y la evaluó.
Una juventud sintiéndose fuera de lugar, viendo gris donde los demás veían colores vívidos. Los suspiros de un padre decepcionado: "No vales como inventor, supongo". Una vida transcurrida en segundo plano para otros, esperando a que ocurriera algo. Amor por una mujer con una larga trenza y dedos perpetuamente quemados por un relámpago. Un bebé que ríe a carcajadas cuando le pone caras feas. Mañanas de descanso en las que se levanta con el sol y llena una estrecha cocina con los aromas del pan y las especias.
Un copo de nieve con millones de facetas relucientes. Aquí y allí, enterradas en grietas de remordimientos, también había formas retorcidas, sí; momentos oscuros... Defectos que no se pulirían ni restregándolos durante toda una vida.
Pero había muchos menos que en la propia alma de Ajani.
No era un Planeswalker. Tampoco un villano.
Solo un hombre.
Ajani desplazó un pie y alteró el ángulo de caída del hacha.
Acuchilló el peto del guardia, esparciendo fragmentos de metal retorcido por el suelo de mármol. El humano salió rodando por el suelo con la fuerza del impacto.

No se derramó sangre.
El otro guardia retrocedió aterrado y sus dedos temblorosos intentaron desenfundar su espada. Ajani se volvió hacia él y le lanzó una mirada penetrante, apoyando el extremo oscuro de su arma en el suelo con un modesto clinc.
El humano soltó la espada y echó a correr hacia la puerta. Daría la alarma. No había mucho tiempo.
Ajani se fijó en los controles de la prisión. Palancas y discos, cosas que daban vueltas y luces parpadeantes. No tenían sentido para él. Tampoco importaba.
Estampó la cabeza brillante del hacha en un pequeño hueco entre la puerta y la pared de la caja. Con un gruñido, hizo palanca utilizando todo su peso y empujó. Resuello a resuello, paso a paso, con los brazos y las piernas rígidos y temblando por el esfuerzo, dobló el metal chirriante.
La puerta saltó de los goznes con un crujido ensordecedor y una nube de humo verde se elevó hacia fuera.
Sentada junto a la puerta, una elfa de ojos esmeraldas acunaba a una joven pelirroja, inconsciente en su regazo.
—¿Dónde está la señora Pashiri? —le preguntó.
—Ahí —respondió ella señalando hacia el fondo de la prisión. La elfa levantó a la pelirroja como si no pesase nada y se apartó para dejarle entrar. Sus ojos verdes miraron al suelo—. He hecho... lo que he podido.
Abuela yacía con los ojos cerrados y apenas respiraba, pero tenía una expresión de calma, con las manos entrelazadas en el estómago. Como cualquier otra tarde, cuando la encontraba durmiendo la siesta en el sofá del salón. El crepúsculo de una vida plena.
Cuando salió de la cámara con ella en brazos, la pelirroja se movió en los brazos de la elfa. Tosió débilmente y pestañeó.
—Nissa... —graznó—. Déjame en el suelo.
Ajani tumbó a la señora Pashiri en el mármol y sus trenzas plateadas se esparcieron alrededor de la cabeza. Apoyó una mano en el estómago de Abuela y cerró los ojos. Un veneno salobre había inundado sus pulmones y arterias, coagulando la sangre y volviéndola seca como la ceniza. Ajani envió hilos de magia a través de ella, quemando la oscuridad e insuflando oxígeno limpio a la sangre.
Abuela movió los párpados y tosió. La ayudó a incorporarse.
—¿Te encuentras mejor? —le preguntó en voz baja.
—Ajani... —dijo con una sonrisa. Entreabrió los ojos y puso la mejor cara de enfado que pudo—. Estás muy flaco. —Le dio dos palmaditas en la mejilla—. Tienes que alimentarte bien.
A pesar del alivio, Ajani no pudo contener un ligero gruñido.
—Sí, Abuela...
La pelirroja respiraba con dificultad y entonces volvió a toser; era una tos seca y áspera. Ajani giró la cabeza y la vio aferrarse a los brazos de la elfa. La tos iba a peor y sus rodillas se contrajeron hasta que la humana casi se plegó en dos. Una gota de sangre asomó en la comisura de los labios. La elfa, Nissa, ahogó un grito al verlo y le frotó la espalda.
—Deberías sentarte —aconsejó, con aquellos extraños ojos llenos de preocupación—. Por favor, Chandra...
—Solo tengo la garganta seca —carraspeó la pelirroja—. Estaré bi... —Sufrió otro ataque de tos y salpicó de rojo el mármol del suelo—. Aj... Eso no es buena señal...
Ajani ayudó a la señora Pashiri a levantarse.
—Me necesitan, aguanta un poco —le pidió antes de volverse hacia las otras dos—. Sostenla en alto. —La elfa asintió e irguió a su compañera.
—Caray, gatito —dijo la humana, Chandra, con un hilo de voz. Su aliento olía a cobre—. Tienes los brazos como Gid.
Se preguntó qué sería el gid. Apoyó una mano en el hombro de ella y cerró el ojo.
El corazón de Chandra latía con unos truenos ensordecedores. Era fuerte, intenso. No le extrañaba que el veneno hubiera actuado tan rápido en su sangre. Los zarcillos plateados de magia sanadora actuaron de inmediato, limpiando las impurezas y aliviando un millar de hinchazones a punto de reventar. La respiración de la joven se calmó y se estabilizó.
—Tendrás que descansar un poco —recomendó abriendo el ojo—. He purgado el veneno, pero tus pulmones...
—Estarán bien —terminó ella, y retiró el hombro de debajo de su mano. Chandra se forzó a sonreír y limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano—. Gracias, de verdad.
Nissa no dijo nada, pero inclinó la cabeza hacia él con modesta gratitud. No había retirado la mano de la espalda de Chandra.
Se oyeron gritos resonando en los pasillos. Los guardias estaban reuniéndose.
—Tu turno —dijo Ajani a la elfa, aunque no parecía muy afectada por el veneno.
—Estoy bien por ahora —rechazó. Giró la cabeza hacia el retumbo que se aproximaba—. ¿Sabes por dónde salir?
Las orejas de Ajani vibraron con el zumbido de un tóptero que se aproximaba. En un extremo de la sala, una ventana reventó y provocó una lluvia de fragmentos de cristal. El pájaro sastre de latón entró revoloteando y haciendo píop sin parar, hasta posarse en su hombro. Nissa miró perpleja a la criatura mecánica; parecía dudar entre considerarla un milagro o una aberración.
—Esa es nuestra vía de escape —respondió él señalando la ventana, desde la que arrojaron una cuerda.
—Ajani, ¿ibas a dejar esto aquí tirado? —Abuela le regañó en voz alta desde otro lugar de la sala y se agachó para recoger los guanteletes que él había soltado—. Gan Ghaheer pasó semanas fabricándotelos.
Tendría que... explicárselo después.
El guardia que había derribado recuperó la consciencia y gimió en el suelo, apoyándose sobre las manos y las rodillas. Se quedó de piedra al ver las inmensas botas de Ajani y levantó la vista poco a poco, dubitativo.
—Vuelve a casa con tu familia —le dijo.
—¿No vas a matarme? —El hombre le miraba con los ojos llenos de terror y asombro.
—Yo no mato —respondió Ajani—. Ya no.